Francisco Ayala, el escritor cansado de su nombre

JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado:

Carolyn Richmond, viuda de Francisco Ayala, posa junto a un cartel de la cubierta del primer tomo de las Obras Completas de su marido. / Facebook de Galaxia Gutemberg

El pasado 13 de marzo, cuando Carolyn Richmond, junto a José Manuel Blecua, director de la Real Academia Española; Lydia Díaz, directora editorial de Círculo de Lectores,  y Antoni Munné, encargado de la edición del libro,  presentaba el tomo primero de la Obra Completa de Francisco Ayala, que ha editado Galaxia Gutenberg-Circulo de Lectores, recordé el impacto que me produjo la lectura de Historias de macacos y de Muertes de perro, creo que el ejemplar, de tapas duras, azulencas, era de Ediciones del Mirasol, una editorial argentina de la que guardo algún que otro ejemplar en algún rincón perdido de la biblioteca, un impacto que si bien lo achaqué luego a la impronta duradera que dejan los descubrimientos no lo es menos que reflejaba lo que de genuino poseían estas obras, su enorme intensidad narrativa. Más tarde,  Ayala vivía ya en Madrid, en su casa de la calle del Marqués de Cubas, cuando iba a visitarle, Carolyn Richmond siempre por allí, solícita, hablábamos de otras cosas, de María Zambrano, de la que decía en tono pícaro y jocoso que tenía las piernas más bonitas de la tertulia de Revista de Occidente, del conocimiento que tuvo de la revolución sexual, que no fue en el 68 en los Estados Unidos, aseveraba, sino enla Alemania de la República de Weimar que él llegó  a conocer becado por el reciente Gobierno dela República Española, “Imagínese” repetía, aún fascinado en el recuerdo, “un joven recién salido de la Granada de aquellos años…”, pero nunca de su vocación literaria, de su obra narrativa, primando siempre el detalle político, social.

Ese dejar de lado su obra narrativa, aunque curiosamente todo el mundo aludía a él como “escritor” era, desde luego, chocante, pero había motivos, no justificados, para que así fuera. Desde luego su figura principal de la España del exilio, que representó en una serie de ensayos que le dieron fama; también su vocación profesoral como sociólogo, hay un  manual de la materia felizmente escrito por él, y, por supuesto, cierto abandono en la persistencia de la ficción a favor del ensayo, que cultivó desde su posición liberal. Otro aspecto de su versatilidad intelectual, la de la traducción, gracias a él existe una magnífica edición de Carlota en Weimar, de Thomas Mann, ni se aludía. Tendríamos, así, la paradoja de un escritor a quién se le trata como eminente ensayista, y a quien se le reconoce cierta importancia en la participación española de la literatura de vanguardia pero siempre tomada de soslayo.

De ahí que me parezca un buen augurio que este primer tomo de las Obras Completas, de Francisco Ayala, contenga en exclusiva su obra narrativa, como si las nuevas generaciones, al conocer su obra, tengan como referente primero y principal sus relatos y novelas. En cierto sentido, pues, Ayala fue un escritor secreto. Así, todo el mundo se hace mientes, cuando se habla de la literatura de vanguardia de los años treinta, como representantes de ese arte deshumanizado a que se refería Ortega y Gasset, de escritores como Botín Polanco y, sobre todo, Benjamín Jarnés y, sin embargo, se cuidan mucho de referirse a obras como El boxeador y un ángel  o Cazador en el alba, del mismo jaez que las producidas por esos autores. Son relatos donde Ayala aborda un género un tanto imposible y devastado: la prosa de vanguardia siguiendo los dictados de la poesía que se llevaba a cabo por esos mismos años. Algo que vemos ahora como una curiosidad intelectual, demasiado teórica, y sin el empuje y la certeza de los grandes renovadores de la ficción del momento, los Joyce, los Proust, los Faulkner, los Döblin

Esa curiosidad intelectual, muy en la línea orteguiana, quedó felizmente superada por una literatura, la que se produjo después de la guerra, con un contenido más acorde con la razón moral y social. No es extrañar que lo mejor de la prosa narrativa de Francisco Ayala se diera en aquellos años en fecha tan temprana como 1944, que es cuando publicó El hechizado, novela histórica ambienta en los tiempos de Carlos II, y que formó parte, más tarde, de Los usurpadores, libro que consta de siete narraciones con el poder como tema principal. Luego vinieron obras de más calado, como la mencionada Muertes de perro que sigue la tradición en las letras latinoamericanas del género del dictador, una excelente novela que abordaba, de paso, la degradación humana cuando  desaparecen los valores, y que tuvo su continuación en El fondo del vaso, en un imaginativo tour de force narrativo presentando los comentarios que de ella hacen los personajes. Años antes, con La cabeza del cordero, Ayala nos dio su visión de la guerra civil española, pero con todo este libro no alcanza las cotas intensas de Muertes de perro que, creo, sigue siendo un hito narrativo en su obra.

Mantengo un especial cariño, por el goce que me deparó, a El jardín de las delicias, esas diferencias entre las dos partes de que consta la narración, ese contraste entre la ironía y la ternura, la descripción objetivizada y la extensión lírica, pero creo que en el último Ayala, si es que puede llamarse último a la fase en que escribió obras veinte años antes de su fallecimiento, donde se da la conjunción exacta de la excelencia de su prosa, es en el ejercicio de las memorias: Recuerdos y olvidos es un libro delicioso porque es la crónica de un siglo a través de la visión de un intelectual de tradición apestosa en España, la del liberalismo entendido al modo en que siempre se entendió la palabra, degradada ahora a la condición de voracidad neocon. Ayala, hombre que llegó a la condición de Matusalén, que, remedando a Juan Ramón Jiménez, llegó  a decir que estaba cansado de su nombre, por esa condición de longevidad, estaba condenado a darnos una obra mayor en el género de los que traspasan ciertos umbrales de la edad, el género memorístico. Todo esto me fue dado entender el día en que se presentaron sus Obras Completas, a los tres años de su muerte. Tres años que han sido un lapso. Seguimos hablando de él…

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