Muere Georges Moustaki, la voz del mayo francés

JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado:
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Georges Moustaki, en una imagen de 2004 en Festival Paleo de Nyon (Suiza). / Sandro Campardo (Efe)

Daba la noticia la agencia de noticias AFP. Georges Moustaki había muerto este jueves a los 79 años después de una larga enfermedad de las vías respiratorias que le habían imposibilitado cantar hacía ya muchos años. Era, dicen, el residente más distinguido de la isla de San Luis parisina, olvidando que allí vivía hasta hace dos días, en que se murió a los 97 años, Henri Boutilleux, el decano de la música sinfónica francesa, el amigo de Pierre Boulez y de Olivier Messiaen, el heredero directo de Claude Debussy y Maurice Ravel. Tiene gracia, sin embargo, que estos dos habitantes ilustres del distinguido barrio murieran casi al mismo tiempo que se celebraba el bicentenario del nacimiento de Richard Wagner y que, para mayor abundamiento, uno de ellos fuera un autor secreto de obras maestras de una trascendencia enorme pero cuyo nombre estaba restringido a unos pocos y el otro fuera, gracias a una canción, Le Météque, elevado a  categoría de símbolo de las revueltas del mayo francés. Tuvo una suerte enorme: era la primera obra compuesta por él  que cantaba en solitario.

Georges Moustaki es el representante genuino de los hombres de su generación abocados a un destino de clara progresión cosmopolita. Marcel Proust, en un pasaje de alta lucidez y afirmación espléndida, reflexiona a la vista de una fotografía donde aparece de joven que a la larga en estas instantáneas el espíritu del tiempo prevalece sobre la personalidad propia. De modo menos sutil cualquier lector de Karl Marx ha sabido desde siempre que somos hijos de nuestro tiempo y que ese tiempo está formado por un imaginario que actúa como una telaraña fuertemente tejida. Georges Moustaki es uno de los símbolos del mayo del 68, y si no entró allí por casualidad ni fue el único, diversos avatares hicieron que esa canción, Le Météque, se convirtiera en la canción de la rebelión. Le Météque, en realidad, estaba dedicada a él mismo. Si había alguien que había probado en carne propia que era un extranjero era él, y sólo él. Esa sinceridad, que trasciende en el arte, se vio compensada hasta convertirse en el emblema de una generación. Muchos no aguantan tamaña losa. Moustaki, en realidad, comenzó ahí.

Su pedigrí es errante, cosmopolita, lleno de un imaginario literario novelesco. Nacido en Alejandría, su padre tenía una librería en Corfú y emigraron a la ciudad egipcia, la del espíritu de Kavafis. Allí, este joven griego tuvo que habérselas con cuatro idiomas, francés, árabe, griego e italiano: un resumen del Mediterráneo. Aquello le sirvió para convertirse en un extranjero, cierto, y tener una visión del mundo muy abierta, cierto, pero también para justificar cierta vuelta a una tierra desconocida, a la añoranza. De esa combinación nació ese equilibrio y templanza sentimental que impregnan sus canciones y que forjaron el gusto de la generación de los setenta. Moustaki, el cantautor del discurso amoroso. Como definición no está nada mal pues aúna a Roland Barthes con cierto espíritu de revuelta y amor libre. París, l´amour, Moustaki… un imaginario que marcó a muchos que miraban aún a la capital francesa y no a Londres que era donde se cocían otras cosas que son las que  gobiernan ahora el imaginario sentimental.

En 1951, Moustaki se fue a París porque era la única ciudad del mundo donde un chico nacido en el Mediterráneo y con ínfulas culturales tenía cabida. En un momento determinado ejerció la labor de camarero y en una de esas noches locas, en Les Trois Baudets, conoció a Georges Brassens, con el que colaboró en el negocio de la música, hasta que en 1958 conoció a Edith Piaf, el gorrión de París, la diminuta mujer desencantada y desgarrada, a la que hizo su amante. Para ella compuso Milord, una bellísima canción, desgarradora, claro.

En los sesenta Georges Moustaki comienza  a parecerse  a la imagen que tenemos de Georges Moustaki, hombre barbado, de mucho pelo, y aspecto viril. Son los años en que comienza a labrarse un nombre como compositor, haciendo música para gentes como Barbara –hizo un dúo con ella, La Dame Brune,  en la que la cantante prácticamente lo anula, tal era su potencia como voz–, Yves Montand y Serge Regíani, y esos dúos,  a pesar de todo, funcionaron hasta que, en el 68, Le Mètéque le convierte de la noche  a la mañana en una estrella en solitario.

Es, entonces, cuando aparece el Moustaki que todos tenemos en la cabeza, ese hombre de aspecto viril de maneras pausadas, exquisitas y de marcado perfil pleno de sensibilidad. Es una mezcla de la tradición del chansonnier y del susurrro salmódico de Leonard Cohen y triunfa, vaya que si triunfa, y ahí están canciones como Ma liberté, que es también banderín de unos años reivindicativos.

En total, 47 discos de variada fortuna y galas por medio mundo afecto a  este tipo de canciones, que le llevaron, entre nosotros, a cantar con Maria del Mar Bonet, por poner un caso, y con Ángela Molina, con la que protagonizó un dúo, Muertos de amor, de claro componente sexual. Hay que decir que al contrario de Barbara, que se comió a Moustaki nada más comenzar el dueto, Ángel Molina se portó mejor.

Su último concierto lo dio en Barcelona en 2009. Apartir d entonces dejó de cantar pero siguió pintando, escribiendo, componiendo. En 2012 publicó Pequeño abecedario de un amoroso de la Canción. Es su testamento, en parte, y le define.

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Comentarios |1 Comentario »

Camino | Sábado, 25 de mayo de 2013 |2:26 AM| puntuación:1
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MI felicitación a Juan Ángel Juristo, porque su ártículo con motivo de la muerte de Georges Moustaki es lo mejor que he leído, lo más completo y lo más culto e informado. Tuve la suerte de conocerlo personalmente, de entrevistarle y de estar a su lado en su primera actuación ante el público griego, en la Atenas de principios de los 90. Fué una fiesta de amor, libertad y alegría para el público, en un anfiteatro al aire libre atestado de seguidores que sabían de pe a pa casi todas sus canciones. Él, ciertamente exquisito, atento y delicado, es uno de mis mejores recuerdos de aquel viaje a Atenas. Ahora, muerto, se hacen más cercanas que nunca sus palabras “il est déjà demain, il n’ y en a plus pour très longtemps. Il est trop tard…”

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