Miércoles, 30 de Junio de 2010

'Senyera' a media asta en la Diputación de Lleida, en protesta por el fallo del 'Estatut'. / Laurent Sansen (Efe)
No sólo estoy en Nueva York sino que estoy de vacaciones. Esa es la razón de que esta gata lleve unos cuantos días sin afilarse las zarpas en el teclado con la frecuencia que suele. Pero la llamada de la selva es poderosa y más cuando pasan cosas como esta de l’Estatut.
Bien, por fin habemus sentencia. Hay también una serie de reacciones que van desde el moderado éxtasis hasta el anonadamiento supremo, pasando por varias modalidades de cabreo, desolación y perplejidad. Personalmente he colgado en la puerta de mi nevera, junto a los magnets de sopas de Andy Warhol y de Hello Kitty, un cartel en letra gorda de palote donde pone: OS LO DIJE.
Odio echar vinagre en la herida, pero es así. Siempre he pensado –y dicho a quien quisiera escucharme– que toda esta peripecia estatutaria era peor que un paso en falso o un error. Era una inconmensurable estupidez.
Existía un precedente menor pero clarísimo: la Llei de Normalització Lingüística (para los profanos, ley del catalán) que un tardío conseller de Cultura de Jordi Pujol, Joan Maria Pujals, pactó como pudo y con quien pudo andado el año 1997. Su objetivo era mejorar una ley anterior sobre la misma materia aprobada unos cuantos años antes con un consenso enorme. Esa clase de consensos que se daban al borde del abismo de la Transición. Cuando el común de los políticos aún no se habían despegado la cara de acabar de salir del Pasaje del Terror y se les podía pedir que arrimaran el hombro para pactar los grandes asuntos de Estado. Y de lo que no es Estado.
Yo no sé quién mandó a Pujals a reabrir la caja de Pandora de la lengua porque nunca se lo pregunté. ¿Fue Pujol en un momento de acaloramiento con Madrid o con el PP? ¿Empujó alguien al joven y brillante conseller a volar hacia el sol al tiempo que le acercaba un mechero a las alas, a ver si se quemaba cuanto antes en la eventual carrera sucesoria de Pujol? (por aquel entonces, suceder a Pujol parecía algo muy importante).
La Historia o el psicoanálisis nos lo dirán. Lo único que sabemos seguro es qué ocurrió: por querer mejorar lo regular casi se consigue algo peor. La ley vieja del catalán tendría sus limitaciones, que las tenía. Pero tenía también un cómodo colchón de consenso y sobre todo de ambigüedad (lo segundo es casi requisito imprescindible para lo primero) que en la práctica daba mucho juego. Que permitía interpretaciones y aplicaciones bastante amplias sin necesidad de volver a empezar toda la discusión –es decir, toda la batalla política– desde el principio.
CiU aprendió allí una lección bien amarga: que si de verdad te interesa mejorar una ley, no la cambies. Aplícala ampliamente y sabiamente. Que sean los otros –que siempre los habrá, porque si no hay otros, no hay política– los que levanten la mano para parar el partido si no están de acuerdo. Tú chuta y calla.
Abreviando y simplificando –pero poco–, con l’Estatut ha pasado tres cuartos de lo mismo. Cuando en diciembre de 2003 Pasqual Maragall consigue formar el primer gobierno catalán tripartito la expectativa era enorme. Después de 23 años de pujolismo –que a la izquierda catalana se le habían hecho muy largos, tan largos como medio franquismo– se supone que tenían que estar ávidos de hacer y de cambiar cosas. De irrigar el país de nuevos estilos y constantes. De gobernar, en una palabra.
Y no. Lastrados por sus divisiones y sus contradicciones internas –contra Pujol vivíamos mejor–, desconfiando los unos de los otros y casi que odiándose desde el primer minuto, los tripartitos buscaron desesperadamente una tabla de salvación, un objetivo o en su defecto un enemigo común –y es que para acabar de ponérselo difícil, en casi nada ganó en Madrid Zapatero, privándoles del magnífico sparring que es un gobierno del PP– y les salió la inmensa parida de l’Estatut.
Mira que se podían hacer cosas. Relanzar la cultura catalana en el extranjero y en la misma España, donde hace mucha, mucha falta, que la cultura catalana sea asumida como propia. Relanzar el diálogo social. Buscar soluciones imaginativas a los retos de la inmigración y de la dependencia. Preguntarse por qué las multinacionales se instalan cada vez menos en Barcelona y más en Madrid. Aprovechar las nuevas y casi infinitas posibilidades de complicidad entre gobiernos del mismo signo en España y en Cataluña para aprobar asignaturas pendientes como la financiación autonómica, sin necesidad de marcar paquete para volverse a casa envuelto en un halo de gloria… y con las manos vacías, que es lo que suele suceder.
Muchas cosas eran posibles que ni siquiera se intentaron. O lo intentó Maragall un rato hasta que su misma gente le puso la zancadilla. Eran tantos a pelearse y a diferenciarse, encima cuando te despistabas se iba Carod-Rovira a ver a ETA… un desastre, vamos, del que sólo se les ocurrió tratar de salir poniendo a todo el mundo en tensión patriótica. Vamos a hacer un Estatut.
Entre todos hicieron lo que se le vendió a la gente como el paso del Estatut a pedales al Estatut 2.0. Como el definitivo arrinconamiento de todos los miedos y complejos. Por desgracia si te sentabas a leerlo la realidad era muy otra. Les había salido un texto kafkiano, un Estatut de Frankenstein. En las junturas se veían unos puntos muy negros y muy feos. Aquí decimos que Catalunya es una nació y que ay quien nos lo discuta. Allí que esto era broma porque sólo consta en el preámbulo, y que en el fondo ya sabemos que somos España, pero no nos gusta que nos lo recuerden. Más adelante que somos la primera y única autoridad en esto y en lo otro. Luego admitimos que eso habrá que retocarlo en el marco constitucional vigente. Etc.
Fundamentalmente era un texto sin pies ni cabeza que por un lado pretendía refundar la relación entre Cataluña y España y por otro lado reconocía que no tenía la potestad de hacerlo. En lugar de explorar posibilidades se hacía inventario de imposibilidades. Los fogonazos aislados de saludables impulsos legislativos, los intentos de proponer algo concreto y nuevo, quedaban flotando como islotes trágicamente incomunicados en un mar de agravios y de mala leche. En conjunto, una obra de magna esterilidad. Un ejercicio de autoderrota.
Suerte tuvieron de que la mayoría de la gente nunca se lee los Estatuts. A la gente le dicen que es un Estatut que está muy bien y que por eso en Madrid no les gusta y la gente va y se lo cree. Más al ver que CiU, asustada de quedarse sola con el PP, se apuntaba al carro. Y ya estamos todos cantando gospel de oído, sabiéndonos la música pero no la letra.
En el fondo lo que intentaban era una versión más actual de la tradicional détente de Pujol en Madrid, cuando Pujol sorteaba los impedimentos y los frenos constitucionales a su pasión de autogobierno a base de pactar esto y regatear aquello. Todo el mundo sabe que siempre hay cierto margen para lo prohibido. Pujol aprovechó sus respectivas épocas de influencia en los gobiernos de Felipe González y José María Aznar para pillar cachos que moralmente le correspondían, o eso creía él, aunque la Constitución pudiera decir lo contrario. No basta con que algo sea inconstitucional para que te lo tumben, hace falta además que alguien te lo quiera tumbar y haga el esfuerzo concreto… Ahí están esos artículos de otros Estatutos idénticos a los que se han impugnado del catalán, tan vigentes y campantes de momento.
El fallo de los tripartitos y de sus cómplices en este asunto es que la détente es como la marea: sube y baja, y la interpretación que hoy te sale bien y es generosa, mañana será restrictiva. Ya es triste que eso te pase con una ley de bases o una partida presupuestaria. Pero correr el riesgo de que te pase con todo un Estatut, poner toda una carta fundacional en la balanza, es de locos si no lo tienes todo muy claro. Si no eres mucho más capaz y más fuerte.
Y no, no lo eran. Y ahora estamos en el peor de los infiernos posibles. El Tribunal Constitucional ha tumbado varios artículos de l’Estatut y lo peor es que en muchos casos tiene razón. Son artículos inconstitucionales. ¿Que no deberían serlo, que a lo mejor habría que reformar la Constitución? Puede, pero entonces alguien ha empezado la casa por el tejado. ¿Que en Madrid se podían haber “enrollado” más y haber hecho la vista más gorda? Puede también, pero no les ha salido de. Y al parecer no hay manera de obligarles.
Fracaso sin paliativos, pues, y en mi opinión, fracaso anunciado. No sólo l’Estatut no ha mejorado en la práctica el autogobierno catalán sino que lo ha complicado mucho, poniendo a Cataluña más en la picota que nunca, ahondando la brecha de la incomprensión de (y hacia) España y por tanto encareciendo cualquier apoyo político que reciba en Madrid. Cualquier presidente español que quiera “dar” más a Cataluña tendrá un desgaste electoral mayor por ese motivo. ¿Lo asumirá?
Mientras en Barcelona los promotores de este desastre se presentarán como héroes incomprendidos, como campeones a los que se les ha robado el partido, y jugarán con la dignidad y con los sentimientos y con la amargura de mucha buena gente a la que engañaron, haciéndole creer que era posible lo que no lo era. Sobre todo si tenía que depender de ellos. De la profunda desorientación e incapacidad de la mayoría de los actuales dirigentes políticos catalanes. “Nosotros decidimos”, gritarán ahora. Cuando eso no es ni ha sido nunca verdad. Simplemente Cataluña no es una unidad política independiente. Ni lleva camino de serlo. Y toda política planteada sobre ese falso supuesto es un castillo de naipes que se puede venir abajo en cualquier momento.
El problema no es que a los catalanes “no nos dejen” hacer nuestro Estatut. El problema es que se ha llevado a Madrid un Estatut muy innecesario, muy confuso y muy malo.
Y lo peor es que no hay repuesto.
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Algunas cosas que se ha dicho en el Parlament de Cataluña y no saldrá por TV3.
Sencillamente miente vd. salió por TV3, tenemos un canal en Cataluña que se llama canal parlamente.cat, y se ven TODAS las intervenciones de los diputados, pero como vd. es un demagogo/a, y encima mentiroso no sabe, lo que no da TV3 es como Telemadrid (peones negros) que hacen una pelicula con actores y lo da como un reportage de investigación, infórmese y no mienta
Parlament de Catalunya – Canal Parlament.
Cuanta clarividencia. ¿Será verdad aquello de que, para ver las cosas bien, hay que salir fuera?. Se está llorando tanta tinta en los medios (controlados o no por la Generalitat) con el tema de la sentencia, que leer a Anna te hace quedar en paz contigo mismo y pensar que los pensamientos paralelos se encuentran de vez en cuando.
Se manifiestan “por la dignidad de Cataluña”, pero, ¿de qué demonios están hablando? Los independentistas, con Montilla como pendón, son los que ponen en ridículo a esta región, antaño seria y responsable. ¡Menudo fraude para los catalanes de bien!
El enlace hay que quitar los huecos en blanco.
http://www.youtube.com/watch? v=zjIKbLDwBAA
(unir en una sola línea)
merece la pena verlo
(Disculpad, el enlace del vídeo ha de ponerse sin espacios en blancos.)
Algunas cosas que se ha dicho y hecho en el Parlament de Cataluña y NO SALDRÁ POR LA tv3 .
El vídeo te aclarará algunas cosas.
http://www.youtube.com/watch?v=zjIKbLDwBAA
Montilla sabe lo que hace. No a la censura, Pásalo
Recordemos que Montilla si sabía que era un Estatut con artículos AJENOS a un Estado de Derecho y Democrático, como en una república bananera
Algunas cosas que se ha dicho y hecho en el Parlament de Cataluña y NO SALDRÁ POR LA tv3 .
El vídeo te aclarará algunas cosas.
http://www.youtube.com/watch? v=zjIKbLDwBAA
Montilla sabe lo que hace. No a la censura, Pásalo
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