
Me gusta el periodismo de baja intensidad. Esta confesión personal es en realidad el único dato relevante de mi biografía como periodista (una profesión que ejerzo de manera un tanto furtiva y sin grado académico). A quien me lea y quiera saber algo de mí, creo que le bastará retener esta información. Ser periodista de baja intensidad es, hoy, una elección consciente, una inclinación e incluso una necesidad que he comprendido a lo largo de los años –más de veinte- durante los que he desarrollado mi modesta contribución profesional a la prensa en diversos periódicos y revistas. Por ello, en CUARTOPODER continuaré haciendo periodismo de baja intensidad en una columna que tratará, como siempre, de asuntos económicos contemplados desde el ángulo tributario. Con predominio, dentro de este espacio, del enfoque jurídico, porque lo que verdaderamente me identifica hacia el exterior es mi otra profesión de abogado (aquí si dispongo de la pertinente concesión administrativa de grado académico). Ocasionalmente, cierta audacia de carácter me impulsará a escribir de asuntos lejanos a mi especialidad. En cualquier caso, mi cuarto a espadas por dicho tipo de periodismo sosegado es una promesa firme que de vez en cuando tendré la obligación, o el deseo, de traicionar. Hay momentos en los que el grito de Tarzán es algo saludable en medio de la selva.
El mundo contemporáneo es muy complejo. Esta boutade, sin embargo, es para mí una carta de presentación imprescindible porque, a despecho del viejo y buen Ortega, la decencia intelectual no puede abandonar con impunidad el camino de la monografía. La división del trabajo no es necesariamente la antesala de la barbarie cultural, como afirmaba don José en su conocido ensayo sobre la sociedad de masas. Por lo menos al día de hoy, en el que la especialización es una condición económica y técnica que, de manera irrestricta, nos sitúa a todos en el mundo y define nuestras relaciones sociales. Irrestricto es lo mismo que inevitable, pero no es lo mismo que determinado. No somos máquinas y el complemento o el matiz, más allá de nuestra forma diaria de ganarnos el pan, nos hace singulares y en cierta manera puede desmentir nuestra especialidad laboral, aunque ésta nos arrastra con su mayor peso cotidiano.
La especialidad es nuestra máscara. La mía –ahora hablo sólo de mi especialidad- es, como he dicho, el análisis tributario. Pero, como muchos otros, creo saber unas pocas cosas más y, cuando estime que mis conocimientos, fuera de la aridez del impuesto, puedan ser útiles a mi interlocutor, arriesgaré algo más de lo habitual y someteré mi trabajo a la consideración del lector de CUARTOPODER. Y, también como todos, lo haré con mi propio estilo de estar en el mundo, incluida mi relación con el problema social que son los impuestos. Así aguzaré mi perfil (ahora sólo hablo de mi máscara, es decir, del sonido auténtico de mi persona, como se hacía en la escena griega) utilizando la acústica: per sonare, la voz de la persona sonando detrás de la máscara que, según la situación, ensaya una sonrisa o una mueca de contrariedad e incluso a veces de dolor. Sólo las inocentes y bellas criaturas creen que la libertad es una aventura divina como la vida de los lirios del campo y los trinos de las avecillas del cielo, siempre vestidos y alimentados por la gracia y la generosidad de Dios. Yo, por el contrario, me conformo con el maná y las codornices, y a veces su sabor no es bueno ni siquiera cuando uno, huérfano de pan y vino, cruza el desierto.
¿Qué entiendo por periodismo de baja intensidad? Para explicarlo necesito expresar previamente mi opinión sobre el periodismo actual y para ello tomaré en préstamo algunas categorías analíticas que proceden de otra especialidad profesional, en este caso de la historiografía. En 1973, el historiador Hayden White (Metahistory. The Historical Imaginatio in Nineteenh-Century Europe. Baltimore, Johns Hopkins University Press) afirmaba: “ las narraciones históricas [son] ficciones verbales cuyos contenidos pueden ser tanto inventados como encontrados y cuyas formas están más cerca de la literatura que de la ciencia” (traducción de Almudena González de Cuenca de la cita hecha por Enzo Traverso en su libro El pasado, instrucciones de uso (versión española en Marcial Pons, 2007). La anterior es la mejor definición que conozco de la teoría del “giro lingüístico” o, lo que es lo mismo, de la muerte de la clásica historiografía liberal, empeñada, al parecer ingenuamente, en perseguir y encontrar de manera objetiva no sólo “la verdad” de los hechos históricos, sino una interpretación que les otorgue un significado convincente en un mundo influido por las ideas de justicia y razón. ¿Por quién doblan desde entonces las campanas? A lo que parece, no sólo por la validez del positivismo, sino por la de la propia conciencia humana como motor de la facultad de elegir y comprender en libertad, como algo sustancialmente distinto de tener, simplemente, conciencia de los “procesos” mentales que nos conducen a la imagen y a la representación que nos hacemos del mundo sensible.
Hayden White, como el lingüista Roland Barthes –por citar sólo a dos de los principales fundadores de esta corriente, cuya pujanza intelectual es indudable en estos momentos-, han desalojado a la búsqueda de la verdad, real o supuesta, de su hogar tradicional, la casa de la escritura. Este inmueble hoy ruinoso, que ha sido a lo largo del tiempo el albergue común de la historia y el periodismo, parece condenado en su precariedad actual a encerrar entre sus muros sólo a una de las grandes posibilidades del lenguaje, la de la ficción literaria. Sin embargo, los partidarios del “giro lingüístico” nos han regalado a los que podríamos clasificarnos como conservadores naturales e instintivos tanto de la historiografía como del periodismo liberal la oportunidad de aprender de ellos y de redimirnos de un viejo pecado que hemos recibido de nuestra tradición cultural: el del supuesto sacerdocio de quien compone un texto escrito, sobre todo si el texto sagrado va en un soporte de papel. Pero, como no creo en la transmisión de la culpa, me imputo dicho vicio religioso a título de sucesor de la cultura de mis mayores (y ciertamente de muchos coetáneos de quien les habla), no de heredero forzoso del legado justamente rechazado por White, si bien no comparto tampoco la repudiación íntegra del caudal relicto. Acepto la herencia exclusivamente a beneficio de inventario, como se verá enseguida.
Hace mucho que deje de prestar atención a la figura del periodista insobornable que, en nombre de la verdad y como paladín de la libertad, se enfrenta a tumba abierta al Poder. Yo no soy ese “periodista de raza” que escribe siempre con letras mayúsculas. Estoy condicionado por mis intereses y mi “ideología”, por el entramado multiforme de mi propia realidad sociológica, aunque prefiera no adentrarme demasiado en ese tipo de examen íntimo que generalmente conduce a la neurosis obsesiva. No me apetece seguir el método de Dèrrida y “deconstruir” las diversas capas de las ideas que me han conformado hasta llegar a ser lo que hoy soy para comprenderme a mí mismo y, al levantar las diversas capas superpuestas de la cebolla que es mi yo más o menos consciente, enterarme de dónde procedo. Me basta una vaga sospecha sobre las intenciones de ese yo que lleva mi nombre, a la que, sin embargo, pongo también un contrapunto que considero evidente por sí mismo: 1) que existe la categoría hechos; 2) que dichos hechos pueden probarse, por lo que son, o pueden ser, irrefutables; 3) que la posibilidad real de la prueba excluye la función del periodismo como un mero juego del lenguaje y que, por tanto, el periodista no es un literato, sino más bien un abogado que debe aportar al proceso –el texto escrito que sale de su corazón y de su cabeza- las pruebas que acreditan sus afirmaciones; 4) y, por último, que existe un agente externo a los hechos y los datos –el periodista- que incluye en el propio texto que utiliza para narrarlos y describirlos un discurso o argumento que es la finalidad última que conecta todas las partes del proceso en que consiste escribir un artículo de opinión: encontrar a los hechos un sentido o bien confesarse a sí mismo (y reconocerlo ante sus interlocutores) que no tienen ninguno. Se trata de comprender las cosas, o al menos de intentarlo, valiéndose de un discurso narrativo que es un fin en si mismo y que, al agotarse y pasar quien escribe –el periodista en este caso- el testigo al interlocutor que desee recibirlo, no pretende ser el juez de la vida que describe, valora y critica desde la atalaya inexpugnable de la Verdad, y mucho menos de inventar las cosas que relata.
El periodismo, a mi juicio, debe trazar sus fronteras respecto a la política, la judicatura y la novela. El periodista no dicta leyes, ni pronuncia sentencias. No es un sacerdote que sermonea a sus feligreses. Tampoco el periodista debe oponerse por sistema al poder, ni goza de la máxima libertad, la del autor de ficciones, para sacar de la chistera algo que siempre se encuentra potencialmente a la vista de todos: la realidad sensible del mundo exterior y el pegamento que ensambla las moléculas de esa realidad hasta conformar con ellas un argumento que fracasará si no interesa o no sorprende a su destinatario. Nadie escribe para sí mismo.
El periodista no debe tener simpatías ni antipatías conscientes por los personajes que recorren sus columnas, ni mucho menos ser el protagonista de sus propios relatos. En mi opinión, y si se me permite esta contradicción lógica, el periodista es un historiador del tiempo presente, pero, al uso de las viejas crónicas y gacetas, sin la solemnidad y la pretenciosidad de buscar la captura del sentido definitivo de la época y sólo con la modestia del que considera un milagro retener entre sus manos, en el texto que escribe, un jirón del tiempo del que es testigo y poder entregarlo a los demás, y recibir su eco, antes de que la sombra que otros hechos y otros individuos proyecten sobre nosotros y nuestros días borre las huellas de nuestros pasos.
Mi credo profesional –al que, dentro de mis fuerzas, intento ajustarme cuando pongo manos a la obra-, se opone radicalmente y es el reverso de dos defectos de los que adolece la prensa escrita –y mucho más la audiovisual- en la España de nuestros días, una prensa que, por lo demás y en sus principales cabeceras, me parece de una calidad estimable. No avanza lo que debiera, sin embargo (y dejo aquí al margen su precaria situación económica, el estado de las empresas que la hacen posible), por un lastre a dos bandas que amenaza el desarrollo de su función propia: su exceso de vinculación con la realidad que describe, a menudo tan grandilocuente (los personajes de la política, la economía y los sucesos impactantes) y la pérdida de credibilidad y significado de la palabra escrita. El primero alude a la agenda que los medios imponen como espectáculo a sus lectores/consumidores. El segundo devalúa, se quiera o no, la función del periodista como intermediario entre las diversas instancias de una realidad cada vez más huidiza y compleja, y una opinión pública gradualmente más inerme debido a su proceso acelerado de fragmentación, lo que impone al periodista el deber previo de identificar a cuál, de las diversas opiniones, ha de remitir su texto; o, lo que es lo mismo, le obliga a indagar a qué comunidad sentimental pertenece.
El antiguo complejo militar-industrial que, según el presidente Einsenhower, condicionaba la toma y la transparencia de las decisiones políticas ha sido sustituido hoy por el entramado que forman la empresa (especialmente las grandes corporaciones financieras), el sistema de partidos y la prensa escrita, que en sus alianzas más o menos duraderas determinan la alineación ideológica de los medios, prescriben el contenido y las formas impactantes de la opinión publicada, y crean la noticia que deben conocer y debatir el consumidor y su entorno. El periodista individual es un engranaje subalterno de una agenda previamente impuesta desde el vértice superior de ese entramado –algo no muy lejano, aunque obviamente con otros objetivos, del centralismo democrático de corte leninista-, si bien cuenta con la ventaja de la porosidad actual de las tecnologías de la información, que protegen la alternativa imprescindible de informar en libertad en la sociedad democrática desde cualquier resquicio posible y sobre cualquier asunto de interés público, que hoy ya pocas veces suele ser un “scoop” periodístico y sí, por el contrario, estar más cerca del suelo que todos nos vemos obligados a pisar un día tras otro. Un cursi diría que, a medios como CUARTOPODER, se les presenta ahora un nicho de oportunidad. Yo prefiero decir que los redactores, colaboradores y lectores-participantes de CUARTOPODER lo podemos pasar divinamente.
Respecto a la segunda cuestión –la pérdida de significado, hoy, de la palabra escrita-, creo que, además de no poder llevarnos a la idealización de un supuesto pasado en el que el lenguaje valía socialmente porque correspondía a los actos del que estaba en el uso de la palabra (siempre un privilegiado), nos ofrece la posibilidad de darle la vuelta al argumento y de plantearnos seriamente la siguiente duda: la ética escasea, es cierto, ¿pero no es esta época un poco más dorada de lo que parece, dado el pesimismo-narcisismo imperante que no aprecia como se merece el proceso de demolición y de sospecha generalizada de los relatos fraudulentos, no muy distintos de los que se escribían en los viejos y buenos tiempos? Es verdad que esa sospecha generalizada proyecta su sombra sobre todos los relatos. Sin embargo, creo que el ambiente de desorganización/desmoralización actual nos invita a tomar la iniciativa antes enunciada al comentar los intereses subterráneos de la prensa escrita. En mi caso, esa iniciativa persigue que LUZ DE CRUCE , en toda su humildad, pueda delimitar un espacio de comunicación para el homo ludens. Una especie realmente seria. Que así sea.
