¿Hacia un 15-M feminista?

Hace siete mayos, las plazas de todo el Estado se llenaron de acampadas espontáneas que cuestionaban buena parte de los cimientos políticos de la Transición. El movimiento 15-M supuso, en aquel entonces, un cuestionamiento radical del panorama político y daría lugar, con el paso del tiempo, a nuevas expresiones electorales, la llamada “nueva política”, cuya mayor expresión sería Podemos, las candidaturas municipalistas “del cambio” que ganaron los principales ayuntamientos en 2015 y las distintas confluencias. El bipartidismo quedaba tocado, sino hundido, como reflejo de la representación de la voluntad de la ciudadanía en las instituciones. La derecha pronto se reorganizaría ante surgimiento de Podemos y un partido catalán, Ciudadanos, se expandiría como la espuma por todo el territorio español con la promesa de la regeneración de la política, pero manteniendo un programa económico neoliberal. “Un Podemos de derechas”, que dijo el banquero.

Siete mayos hace del 15-M, expresión social que, en buena medida, cambiaría el rumbo político del país. La crisis económica y sus nefastas consecuencias sociales, sobre todo para la juventud, indignaron a grandes capas de población que veían cómo la corrupción afloraba, como setas, en los grandes partidos políticos: “No hay pan para tanto chorizo”. El bipartidismo era el principal mal: “PSOE, PP, la misma mierda es”. Pero lo que de fondo se estaba poniendo en cuestión era la representatividad de los partidos tradicionales: “No nos representan”. La desafección de la política. Se exigía una democracia más participativa: “Nuestros sueños no caben en vuestras urnas”. Se pusieron en el centro luchas que, hasta el momento, no tenían tanta capacidad de movilizar de una forma transversal a la población española: el derecho a la vivienda, Stop Desahucios, la PAH. La crisis económica hizo despertar la reivindicación social, frente a la lentitud de sindicatos y organizaciones tradicionales de izquierdas, ligándola a las exigencias de regeneración democrática.

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El 20 de mayo de 2011, la Puerta del Sol era un hervidero, un mentidero. Al día siguiente se desarrollaría una jornada de reflexión previa a unas municipales y autonómicas que expandirían el mayor control institucional del PP de la historia de la democracia española. La Junta Electoral se negaba a que el 15-M, que había ocupado las plazas acampando en ellas y organizaba concentraciones y asambleas masivas en muchas ciudades, se reuniera por ser, precisamente, jornada de reflexión. Aquel día 21 de mayo, el movimiento llamó a reflexionar en conjunto, en las plazas: “El pueblo declara ilegal la Junta Electoral”.

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Pero volvamos al 20 de mayo, al día previo a la jornada de reflexión. La Puerta del Sol, abarrotada. Y un colectivo feminista colgó una inmensa pancarta en uno de los edificios que aseguraba: “La revolución será feminista o no será”. Una gran parte de la concentración abucheó la iniciativa. Silbidos. “La revolución es de todos, hombres y mujeres”. Alguien retiró aquella pancarta del edificio. Simbólicamente, el feminismo dejó de presidir la plaza, el epicentro del movimiento. Siete años más tarde, este movimiento se ha convertido en la punta de lanza de cualquier proceso de cambio político y de ruptura con lo establecido. Lo vimos el 8-M, lo estamos viendo en estos días de indignación ante la sentencia de ‘La Manada’. La revolución será feminista o no será.

El 15-M fue el cuestionamiento radical de la representatividad política en el Estado español y los partidos tradicionales y los grandes grupos mediáticos no tardaron en estigmatizar y desacreditar a aquel movimiento. “Que funden un partido y se presenten a las elecciones”, decía, entonces, Esperanza Aguirre. Los medios tildaban de radicales y perroflautas a las personas acampadas. El poder se vio atacado y se defendía, contraatacaba. Tres años más tarde, la desafección política se ejemplificó con los resultados de las elecciones europeas: una formación surgida, según dicen sus fundadores, del 15-M, Podemos, entraba contra todo pronóstico con cinco diputados en el Europarlamento. La Monarquía, en descrédito también, se apresuraba a cambiar: Juan Carlos I abdicaba, llegaba Felipe VI. Instinto de supervivencia ante la incerteza política y social, ante un momento nuevo, imprevisto.

Siete años más tarde. 2018. El pasado 1 de mayo, el color rojo característico de las centrales sindicales perdió protagonismo frente al morado. Los secretarios generales de las federaciones madrileñas de CCOO y UGT cedieron sus turnos de palabras en el escenario a sus responsables de igualdad. “No es no” y “No es abuso, es violación” fueron algunas de las consignas más repetidas en la manifestación de Madrid que terminaba en la Puerta del Sol.

En la misma plaza, ayer se celebraban los actos oficiales del Día de la Comunidad de Madrid. Una numerosa concentración feminista llenó de morado buena parte de la céntrica plaza, contrastando con la infinidad de rojigualdas que decoran el palacio, la sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid, desde los momentos más tensos del conflicto catalán, el pasado otoño. “Aquí estamos las feministas”. Silbatos y cacerolas que, en muchos momentos, se escuchaban más fuerte que las múltiples reproducciones del Himno de España que sonaron durante el acto cívico-militar que conmemora la batalla del año 1808.

Desde que se conoció la sentencia del conocido caso de ‘La Manada’, las movilizaciones masivas se han sucedido a lo largo y ancho de todo el Estado: Pamplona, Barcelona, Valencia, Albacete, Madrid… La crítica a la decisión de los jueces se ha hecho masiva y transversal. El feminismo ha terminado con el acatamiento masivo y silencioso de las decisiones judiciales. Hasta el PSOE ha criticado unaa sentencia judicial. Hasta el ministro de Justicia se ha atrevido a poner en duda las condiciones de un magistrado para su ejercicio, levantando una polémica entre Ejecutivo y Judicial de extrañas consecuencias. Cuando el protagonismo político de los tribunales está en el punto más álgido, véase el conflicto catalán, habló el ministro Rafael Catalá.

Y el poder siempre se defiende, y saca las uñas, como hizo en el 15-M. El presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Lesmes, advertía en una misiva que los representantes públicos no deben comprometer, con sus declaraciones, la confianza en el Poder Judicial. Joaquín Galve, presidente del Tribunal Superior de Justicia de Navarra, no dudó en tildar las manifestaciones feministas contra la famosa sentencia de “turba enfurecida”. ¿Se está resquebrajando algo? Si en 2011, el 15-M fue capaz de poner en duda el sistema político bipartidista español surgido de la Transición y de desgastar su credibilidad mediante una crítica radical, ¿está el movimiento feminista poniendo en tela de juicio nada más y nada menos que al Judicial?

Las leyes se pueden cambiar y son los representantes políticos en los parlamentos quienes tienen esta obligación, pero, ¿se pone en duda la imparcialidad, independencia y la competencia de los jueces de una manera masiva y transversal? ¿Qué consecuencias tendrá esto? ¿Llega la desafección a la Justicia? El movimiento feminista mantiene una agenda caliente de movilizaciones por todo el Estado durante este mes. Las instituciones se tambalean cuando la confianza ciudadana en las mismas retrocede. Cuando esto ocurre, el poder se encierra en sí mismo, saca las uñas y se defiende. El feminismo mantiene el pulso y lanza una crítica integral al poder, una crítica cultural, sexual, económica, política, social, jurídica… Todo lo cuestiona, convierte al todo en sujeto de la crítica. Ha llegado el turno de la judicatura. ¿Hacia un 15-M feminista? “La revolución será feminista o no será”.