Un año de la victoria de Sánchez: del “no es no” a ser socio leal de Rajoy en Cataluña

El 21 de mayo de 2017, el PSOE recuperó un relato épico que hacía tiempo que los socialistas no manejaban: el candidato Pedro Sánchez había vencido en las primeras socialistas enfrentándose al establishment, al aparato, representado por la andaluza Susana Díaz. Esa victoria generó expectativas dentro y fuera del partido que, un año después, parecen difuminadas. A la luz de las encuestas, el 'efecto Sánchez' se ha diluido y el socialista, por obra y gracia del 155, se encuentra cercano al que se supone que sería su máximo rival, el impertérrito presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Es más, en los últimos días ha protagonizado un viraje. De reformar la Constitución para encontrar un encaje de Cataluña en este marco, han pasado a pedir la modificación del Código Penal para adaptar el delito de rebelión.

Pese a que Sánchez prometió en su discurso de victoria que haría "lo indecible para acabar con la corrupción del PP", lo cierto es que el jefe del Ejecutivo y el líder de la oposición están hoy más cerca que hace un año. El socialista le ha añadido a su camisa blanca una corbata, acorde con el traje de Estado que ahora pretende ponerse. Del 'no es no' al apoyo al Gobierno sin fisuras. Nada mejor que un 'enemigo' común: el independentismo catalán. Por el momento, PNV y Ciudadanos han logrado darle un balón de oxígeno a un ahogado PP en medio de una legislatura caracterizada por la parálisis. Sánchez y Rajoy tienen una relación fluida.

Otro de los retos pendientes de Pedro Sánchez era coser la fractura interna del PSOE. No es que el madrileño sea un maestro político de la costura pero, por el momento, hay menos jirones que hace un año. La calma de los barones quizá tenga más que ver con la victoria incontestable de Sánchez en las primarias y con la proximidad de las elecciones autonómicas y municipales de 2019 que con la capacidad de seducción del líder. En este momento, a ningún barón le conviene remover las aguas. Su máxima rival, Susana Díaz, se replegó tras la derrota a Andalucía sin plantear grandes afrentas y Patxi López, que también le disputó la secretaría general, permanece en la Ejecutiva del PSOE, pero en un segundo plano.

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Aún así Sánchez se aseguró el pasado febrero de blindarse en el reglamento para que no se volviese a repetir la situación del trágico 1 de octubre de 2016, cuando dimitió la mitad de su Ejecutiva para forzar la caída del secretario general. Ahora, para echarlo hay que pasar dos filtros: que más del 50% del Comité Federal quiera revocar al líder y que, posteriormente, la militancia lo avale.

Su relación con Podemos también ha sido cambiante. Aunque Sánchez pidió la dimisión de Rajoy por la corrupción, nunca aceptó la moción de censura que piden periódicamente los morados. Si Sánchez estableció a Podemos como "socio preferente" en los primeros meses, en octubre ya renegaba de esta relación con el partido. La mesa de coordinación parlamentaria que ambas formaciones anunciaron en junio nunca echó a andar. El resultado es que la izquierda se estanca ante unas encuestas que predicen el ensanche de los partidos de centro-derecha político.

El efecto Sánchez, diluido

Desde el verano pasado, en Ferraz dan por ganada la batalla por la hegemonía por la izquierda. Sin embargo, pese al optimismo del PSOE, en las encuestas está estancado. Las primeras elecciones relevantes a las que se enfrentó Sánchez fueron las catalanas, que se saldaron con un resultado frío para el PSC con 17 diputados en el Parlament.

El último CIS tampoco es alentador. Ciudadanos (22,4%) arrebata al PSOE (22%) la segunda posición, aunque el PP sigue el primero (24%). A pesar de la debacle que sufre el partido de Gobierno, los socialistas no arrancan votos, mientras los naranjas se inflan en las encuestas. De cumplirse los sondeos, el PSOE perdería el liderazgo de la oposición, aunque en Ferraz prefieren ser optimistas y ver un triple empate.

La figura del líder PSOE genera entre los encuestados poca confianza (44%) o ninguna confianza (41,5%), a un 10,1 le genera bastante confianza y 1,5 mucha confianza. Mayoritariamente, los españoles calificaron su labor de oposición de mala (35,4%), regular (31,1%) o muy mala (24,9%). Los militantes y los votantes serán los que finalmente le pongan nota al liderazgo de Sánchez.