Lecciones del ‘caso Aquarius’: ni Salvini ni Macron

  • Negar el atraque en un puerto de un barco lleno de náufragos es ilegal y, sobre todo, es una violación de los principios más básicos de le ética humana
  • La UE ha creado las condiciones más propicias para los partidos xenófobos, algo que parecen olvidar algunos bienintencionados periodistas progresistas

El trágico episodio del barco Aquarius, abandonado con 600 náufragos a bordo por los gobiernos de Italia y Malta, y finalmente acogido por España, constituye un símbolo de la siniestra época que nos ha tocado vivir y del papel que pueden desempeñar las fuerzas progresistas y democráticas en este contexto.

Tras la negativa del gobierno italiano a cumplir su obligación legal de permitir el desembarco de los refugiados y migrantes del barco, expresada de forma provocativa por el viceprimer ministro ultraderechista Matteo Salvini, el alcalde valenciano Joan Ribó y la vicepresidenta de la Generalitat, Mónica Oltra, solicitaron al gobierno de Pedro Sánchez que autorizara la llegada del buque al puerto de Valencia, a lo que accedió el nuevo presidente.

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Analistas y políticos progresistas han coincidido en celebrar la decisión del gobierno español y criticar la del italiano, pero con distintos matices. Algunos se centran en subrayar el carácter inhumano y excepcional de la decisión de Salvini, que celebró como una victoria la reacción del gobierno español, mientras que otros insisten en el contexto: la Unión Europea lleva años desentendiéndose de la suerte de los cientos de miles de refugiados y migrantes que han llegado a Italia, Malta y Grecia, lo que ha provocado un incremento de la xenofobia de la sociedad italiana y, en última instancia, explicaría la decisión del nuevo gobierno de la Liga Norte y el Movimiento Cinco Estrellas de abandonar al barco Aquarius a su suerte.

Ambas posturas tienen parte de verdad, pero los matices son determinantes, por la importancia inmediata del ‘caso Aquarius’ (las vidas de 600 personas están en juego) y porque este episodio está destinado a pasar a la historia como un símbolo de una época en la que Unión Europea y la mayoría de sus gobiernos impidieron la entrada segura de cientos de miles de refugiados, condenando a la muerte a decenas de miles de ellos.

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Negar el atraque en un puerto de un barco lleno de náufragos (incluidas mujeres embarazadas y niños) es ilegal y, sobre todo, es una violación de los principios más básicos de le ética humana. El deber de auxiliar a los náufragos es tan antiguo como el Derecho marítimo y dentro de un siglo o dos, si sigue habiendo algo parecido a la civilización humana, seguirá existiendo el deber de auxilio.

Por eso, la primera reacción de cualquier persona con principios ante la decisión del Gobierno italiano de impedir el atraque de Aquarius debe ser la condena absoluta, sin ‘peros’, sin desviar inmediatamente la atención hacia las causas estructurales ni al contexto. El Gobierno italiano en su conjunto (no solo Salvini) ha tomado una decisión gravísima, que los convierte como mínimo en rivales políticos directos para cualquier fuerza política que se diga democrática.

No puede soslayarse la responsabilidad del Movimiento Cinco Estrellas: el partido fundado por Beppe Grillo es un fenómeno político complejo que merece ser analizado con detenimiento y no puede ser simplemente asimilado a la extrema derecha clásica de la Liga Norte, pero ahora mismo está manchado de fascismo hasta las cejas.

Digo ‘fascismo’ porque, aunque se puede tener una larga discusión conceptual sobre los parecidos y las diferencias entre la extrema derecha contemporánea y la de los años treinta, a primera vista el Gobierno italiano presenta características típicas del fascismo: una aparente preocupación por el bienestar social de su pueblo, combinada con políticas económicas que no amenazan los privilegios de las élites y la estigmatización de un enemigo exterior (en este caso, migrantes y refugiados).

Por desgracia, el Gobierno italiano no está solo en esta deriva inmoral. Es igual de grave la actuación del ejecutivo de Emmanuel Macron, que se presenta como progresista pero impide la entrada legal de refugiados desde Italia, exponiendo a quienes lo intentan al riesgo de morir congelados intentando cruzar los Alpes (el deshielo está haciendo aparecer cadáveres).

Por su parte, la Unión Europea ha creado las condiciones más propicias para los partidos xenófobos, algo que parecen olvidar algunos bienintencionados periodistas progresistas. El ‘acuerdo de la vergüenza’ con Turquía y el Reglamento de Dublín, que obliga a los refugiados a permanecer en el país de llegada (Italia, Grecia y algunos países del Este en la mayoría de los casos) hasta que se resuelva su solicitud de asilo son algunos de los elementos más flagrantes de la política de migración y refugio europea, basada en la militarización de las fronteras y la ausencia de mecanismos legales para la entrada de personas.

La sensación de abandono por parte de la UE ha calado en la sociedad italiana, favoreciendo que amplios sectores de la opinión pública aplaudan decisiones como el rechazo del barco Aquarius. Además, el sufrimiento provocado por las políticas de austeridad impuestas por la Comisión Europea y sus gobiernos títeres es el mejor combustible para los partidos que hacen negocio electoral promoviendo la guerra del penúltimo contra el último, como la Liga Norte y el Movimiento Cinco Estrellas.

Sin embargo, es necesario evitar el fatalismo de la opinión pública. Asumir como un dato invariable el carácter xenófobo de la mayoría de la sociedad italiana es un callejón sin salida para las fuerzas progresistas. Si la mayoría de los italianos son xenófobos y un gobierno no puede hacer más que seguir la opinión mayoritaria, el abandono de los náufragos de Aquarius parece casi inevitable.

Pero la opinión pública es mucho más flexible de lo que sugiere la apariencia matemática de las encuestas y los líderes políticos tienen una gran autonomía para influir sobre las actitudes de la sociedad, como muestra el caso español. Cuando Ada Colau ofreció Barcelona como ciudad refugio en 2015, consiguió trazar una división entre defensores y detractores de los Derechos Humanos que sigue vigente en la política española, como muestra la oleada de proposiciones de ayuda de ciudadanos anónimos recibida por la Generalitat valenciana tras el anuncio de la llegada del barco Aquarius.

Hasta Alberto Núñez Feijóo ha tenido que ofrecerse a acoger refugiados en Galicia, mientras que Xavier Albiol se ha quedado prácticamente solo en su rechazo. La firmeza mostrada por líderes como Ada Colau, Manuela Carmena, Mónica Oltra y Joan Ribó en la defensa de los derechos de los refugiados, junto al trabajo de ONGs y asociaciones durante años, explica en gran medida la decisión de Pedro Sánchez de autorizar el atraque del barco en Valencia, y la menor frecuencia de las actitudes xenófobas en la sociedad española que en otros países europeos.

Decía Mark Twain que “la historia no se repite, pero rima” y el escenario europeo post-crisis de 2008 parece darle la razón. Tras un esperanzador ciclo de movilizaciones progresistas entre 2011 y 2014, el actual ascenso de la extrema derecha tiene un desagradable olor de años treinta. En esa época, las fuerzas democráticas y progresistas entendieron que los fascismos habían elegido a los judíos como principal blanco de sus ataques, y que luchar contra el creciente antisemitismo era defender la democracia y mantener abierta la posibilidad de un cambio político progresista. En 2018, el chivo expiatorio elegido por la extrema derecha son los migrantes, refugiados y musulmanes. Por eso, las fuerzas democráticas tienen el papel histórico es combatir la xenofobia y la islamofobia con más firmeza que nunca.

Pero la condena moral no es suficiente. Tan importante es rechazar la decisión de Salvini de abandonar a 600 náufragos como analizar las razones del amplio apoyo que reciben las posiciones xenófobas de su gobierno, entre las que destaca el sentimiento de abandono de la sociedad italiana ante la inacción de la Unión Europea. No hay una crisis de refugiados en Europa, hay una crisis de gobernanza. Un bloque político y económico de 500 millones de habitantes y los mayores niveles de desarrollo del mundo tiene la capacidad de gestionar de forma humana y respetuosa con los Derechos Humanos la llegada de cientos de miles de refugiados, como lo han hecho muchos países en otras épocas, cuando los que huían eran europeos.

El ‘caso Aquarius’ es un doloroso símbolo de la deriva de Europa, en la que neoliberales y ultraderechistas se ponen de acuerdo en las mismas políticas inhumanas mientras fingen un enconado enfrentamiento. La fuerzas progresistas tienen la difícil tarea de empujar a Europa en el sentido contrario, promoviendo una política migratoria respetuosa del Derecho Internacional y combatiendo las políticas de austeridad que son el caldo de cultivo de la xenofobia. Esta Europa no la harán ni Macron ni Salvini, la construirán líderes como Ribó, Oltra y Colau, y, sobre todo, las miles de personas que llevan años ayudando discretamente a quienes vienen huyendo de la guerra o la pobreza, sin ocupar telediarios.