Salvini, Dugin y Europa, los monstruos del empate catastrófico

  • Alexander Dugin, asesor de Vladimir Putin, hace unas semanas mostraba su afinidad con el proyecto político de la Liga Norte. ¿Cómo se puede explicar esta sintonía?
  • Dugin o Salvini no son otra cosa que los monstruos de ese famoso momento en el que “lo viejo no se va y lo nuevo no acaba de llegar”

Ismael de la Villa, investigador de la UCM y doctorando en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales

Primero fue Steve Bannon, el que hace no mucho, asesoró a Matteo Salvini en torno a la decisión de conformar gobierno con el Movimiento Cinco Estrellas. Hasta aquí nada fuera de lo esperado. No es de extrañar que una persona que viene de asesorar a partidos como el Frente Nacional, o a políticos como Donald Trump, haga lo propio con el ministro italiano. No obstante, hace unas escasas semanas, Alexander Dugin, asesor de Vladimir Putin en cuestiones geopolíticas y de seguridad nacional, visitaba Italia para presentar de su último libro. Aprovechando este evento, no desperdició la oportunidad de elogiar la labor del Gobierno del que Salvini forma parte.

No se puede asegurar que el filósofo ruso haya colaborado con el actual vicepresidente italiano; lo que sí está claro, es la afinidad de Dugin con el proyecto político de la Liga Norte, como ya ha manifestado en más de una ocasión.

Ahora bien, ¿cómo se puede explicar que una persona que en su día mantuvo un gran compromiso con el Partido Nacional Bolchevique de la Federación Rusa, para después colaborar con Putin, actualmente apoye a un vicepresidente, que en su pasado llegara a militar en el comunismo, y a día de hoy se encuentre a la cabeza de un partido como el de la Liga Norte?

Para Dugin esto tiene que ver con la geopolítica. Concretamente, con la teoría que él ha elaborado durante estas últimas décadas, y que habría aportado las líneas de acción estratégica para Rusia: la Cuarta Teoría Política.

Hay que decir que esta no tiene ningún carácter original, ya que bebe de otras fuentes de conocidos teóricos en la materia como Huntington, Brzezinski y Barnett. No obstante, a los modelos/teorías geopolíticas, no solo hay que valorarlas por la importancia que tengan dentro de la academia, que en este caso no es tanta, sino por el papel que tienen dentro de la esfera práctica, la esfera del Estado.

Podríamos pensar, de primeras, que el interés de Dugin (y del actual Gobierno ruso) en apoyar el proyecto de la Liga Norte, se basa en que su objetivo de salirse de la Unión Europea, o al menos desestabilizar el actual statu quo, podría suponer en beneficio para Rusia, en tanto que se disolvería un contrapeso político y económico, que proliferó bajo la idea de contención, creada por Kennan, tras la Segunda Guerra Mundial. Pero no, la Cuarta Teoría Política, justificaría el apoyo a un gobierno italiano por otras razones espaciales que van más allá.

Apoyándose en el llamado “fin de la historia”, propuesto por Fukuyama, Dugin entiende que se produce de esta manera la entrada en la posmodernidad. Las tres teorías políticas de la modernidad, como serían el liberalismo –que habría mutado de su versión nacional, a una supranacional, o sea, neoliberal–, el socialismo –casi extinto tras la caída del muro de Berlín– y el fascismo –destruido a través de la alianza de las dos primeras–, habrían desaparecido. Sobre el globo no quedarían ideologías, pero sí civilizaciones, que puestas en contacto a través del proceso de globalización, y debido a sus insalvables diferencias culturales, chocan, explicando así los distintos conflictos espaciales a nivel global, reafirmando así los postulados del ya mencionado Huntington. Dos de las siete civilizaciones, serían los atlantanistas , proclives a la difusión y consolidación de valores occidentales, y los continentalistas, donde se encontrarían englobados los rusos y los eslavos.

La Cuarta Teoría Política, lejos de ser un corpus ideológico homogéneo, con un desarrollo histórico común, agruparía a todos esos estados que se niegan a asimilar los valores atlantanistas/occidentales; se trataría de un conjunto de actores que se resisten al triunfo de la economía sobre la política, del mercado global frente a las soberanías locales. Para Dugin, estos serían los países islámicos, los que posean gobiernos de izquierda radical y los que ofrecen resistencias a ceder la poca soberanía nacional. Sin duda Italia se encuentra dentro de este último caso, al igual que ocurriría en Estados Unidos tras la llegada de Trump al poder. El filósofo asume que el repliegue de estos Estados-nación, supone un mayor debilitamiento de aquellos defensores de los valores atlantanistas, ya que estos quedarían retenidos así en sus lugares de origen. Su inhibiación, equivaldría al fortalecimiento de la civilización continentalista, catalizando el proceso de mayor unión entre los países de Eurasia, que defiende como necesaria Dugin.

El problema no es solo el componente reaccionario que tiene esta teoría geopolítica –que sería un correlato espacial de las transformaciones políticas que está experimentando Europa y el resto del mundo–, si no el hecho de que racionalice y justifique la dominación de determinados pueblos sobre otros, reviviendo así los tiempos de la geopolítica del imperialismo formal de inicios del pasado siglo.

Sin duda, Dugin o Salvini no son otra cosa que los monstruos de ese famoso momento en el que “lo viejo no se va y lo nuevo no acaba de llegar”. Lo importante, por tanto, ante este escenario, es construir una alternativa progresista y radicalmente democrática para evitar que lo nuevo no sea otra cosa que el retorno de los peores momentos de lo viejo.

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