La emigración desesperada, indicador de colapso

  • La emigración simplemente “civil” se presenta como un avance indicativo del poliédrico colapso que viene
  • El incremento del PIB africano no alivia sensiblemente la suerte de las masas hambrientas y desarraigadas: más bien es un indicador de su pérdida de esperanza

Dejando aparte la generada por guerras y persecuciones políticas, la emigración simplemente “civil” se presenta como un avance indicativo del poliédrico colapso que viene. La inmigración africana a Europa se explica principalmente por una demografía desbocada, que obliga, u obligará, a millones de seres humanos a intentar el asalto, inerme pero tenaz, a una Europa que atrae y encandila, cuyo bienestar se debe en buena medida a su pobreza y ausencia de horizontes. No es sólo el cambio climático –con el creciente calentamiento de la biosfera y la alteración que conlleva tanto del régimen atmosférico como de la cadencia y migración de los cultivos– lo que anuncia el colapso de sociedades, instituciones y territorios; se trata, en el fondo y concretamente en el caso africano, del fatal desequilibrio entre presiones y capacidades, que aunque se detecta activo en el planeta desde los años de 1960, resulta especialmente demoledor desde hace medio siglo en el inmenso espacio de los países subdesarrollados.

Pero Europa, que no quiere afrontar el problema de verdad, se repite a sí misma que el problema migratorio es cosa de mafias, de políticas comunitarias ambiciosas o de “actuar en los propios países emisores”.

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Recordemos, aunque esto desasosiegue, que África vivía en equilibrio hasta que llegaron los europeos y se dedicaron a destruir todas sus estructuras básicas, ya fueran culturales, religiosas o socioeconómicas; y que esto ha sido especialmente constatable desde que se iniciara el siglo XIX y el continente entero se convirtiera en objeto de dominio y explotación imperialistas. África ha sido desintegrada en sus vínculos más estructurales y elementales, hasta hundirse en la desesperación, en gran medida debido a que se la ha forzado a someterse al modelo de desarrollo europeo-liberal. E incluso esa demografía africana, ahora galopante, tiene que ver con el desamparo y la incertidumbre frente al futuro: la inseguridad íntima y social creciente es causa reconocida de que las familias tengan tan alto número de hijos.

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Con incrementos anuales de población de entre el 2 y el 4 por 100 en la mayoría de los países africanos, situándose los subsaharianos en el nivel más alto, una población que en 2018 quedará muy poco por debajo de los 1.300 millones alcanzará los 2.500 millones en 2050; es decir, que el continente dobla su población cada 35 años. Estos datos, de índole material y objetiva, además de imparables, está claro que escapan radicalmente a cualquier política de contención basada en atacar el tráfico ilegal, financiar a los países de la orilla sur del Mediterráneo para que los contengan o programar inversiones, por gigantescas que pudieran ser, en los países de origen.

Por lo que respecta a este última “propuesta”, la de estimular el desarrollo económico in situ, asentando la población, en definitiva, por vía del empleo, Europa no parece dispuesta a reconocer que esta intervención económica en África, consistente en contribuir, mediante inversiones y ayudas, en fijar la población, no resolverá el problema, sino que lo agravará si, como parece inevitable, ha de reflejar el modelo liberal-productivista. Difícilmente se va a reconocer que África necesita salirse del círculo infernal de la economía que se le ha impuesto, progresivamente y con verdadero ensañamiento desde que se produjeran las independencias a partir de 1960, consistente esencialmente en seleccionar e imponer los cultivos de mayor interés para las economías occidentales. Pero no hay solución que no pase por permitir –y, mejor aún, estimular– a los países subsaharianos, grandes emisores de jóvenes desesperados, volver a las prioridades agrarias, la autosuficiencia y el respeto tradicional por los recursos naturales y los ecosistemas de los que dependen. Por lo que al espacio de la negritud se refiere, es el modelo productivista, impuesto de forma implacable al agro, lo que ha sumido a millones de personas en la impotencia y la necesidad, fundamentalmente a partir del desempleo galopante y la degradación de tierras de subsistencia, que se han acabado destinando a la agricultura intensiva de exportación. Por eso, el incremento sostenido de los últimos años del PIB africano no alivia sensiblemente la suerte de las masas hambrientas y desarraigadas: más bien es un indicador de su pérdida de esperanza.

Es decir, que con la ayuda europea África no tiene salvación, y por eso no debe esperar nada positivo de ayudas o inversiones destinadas a “fijar la población y frenar la emigración”. Ni tampoco Europa logrará así frenar la esta marea humana.

Con todo, Europa quisiera seguir defendiéndose ante la inmigración africana con actuaciones en las fronteras, a ambos lados, pese a la constatación del fracaso. Acostumbrados como estamos a eludir el análisis directo y leal de los grandes problemas, preferimos desligar el avance de estos desafíos pavorosos derivados de la insostenibilidad del planea –cambio climático, demografía galopante…– de las realidades sociopolíticos como reflejo de ellos mismos. Pero el problema migratorio supera el análisis sociopolítico y se instala en el material y objetivo, de naturaleza más bien ecológico-ambiental: los desequilibrios, resultado de los abusos seculares, ponen –o debieran poner– a nuestra civilización en un brete, sacándole los colores y situándola ante situaciones sin salida aparente: el colapso era esto.

El colapso –es decir, la incapacidad global de hacer frente con éxito mínimo a un problema de envergadura– se perfila en el caso migratorio acompañado de un autoritarismo rampante, tanto en los países emisores como en los receptores. En los receptores, caso de Europa, se anuncia con la proliferación –vigorosa, creciente– de líderes, partidos y hasta regímenes de ultraderecha. El ascenso y extensión de la ultraderecha es un fenómeno típicamente europeo, ya que el egoísmo, la intransigencia y la hipocresía están presentes en nuestra historia. No tiene demasiada gracia que sigamos apelando a los “valores europeos” incluso en este asunto, que deja en evidencia la inmoralidad europea, actual y pasada.

Y nos escandalizamos ante la actitud de ciertos gobernantes ante la presión migratoria, una postura que afecta, curiosamente, a los países más declaradamente católicos: húngaros y polacos, austriacos, italianos… y en la Alemania actual, decisiva también en este problema, son los socios socialcristianos bávaros (católicos, se supone) de la luterana Merkel los que la obligan a una posición mucho más dura de la que ella misma promueve. No se pierdan La edad de la penumbra (2018), de Catherine Nixey, como alimento crítico, bien fundado, hacia los “valores europeos”, que suelen atribuirse al cristianismo de forma pretenciosa, como si fuera posible ignorar el ataque implacable contra la cultura grecolatina, tan eficazmente llevado a cabo por Constantino y sucesores, al alimón con los jerarcas de la Iglesia.

El colapso traerá, en sus diversas formas, mortandades necesarias, o más bien inevitables, que no podrán ser solo “naturales” (plagas, hambrunas…) ya que el mundo rico se apresta a actuar, en favor de su situación privilegiada, por todos los medios a su alcance, incluyendo los militares.