Marx imprescindible (2)

  • Lenin llegó a afirmar que para ser marxista no bastaba con la idea de que la lucha de clases es el motor de la historia, es necesario unirlo a la concepción marxista del Estado
  • La producción no se adapta a las necesidades de las personas, sino que fuerza a que las personas se adapten a las necesidades de la producción

A 200 años de su nacimiento

Alberto Arregui y Jordi Escuer

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La teoría del Estado de Marx y Engels es indisociable de su concepción de la lucha de clases. Hoy es un lugar común apelar a la “sociedad civil”, de forma abstracta, olvidando que la sociedad se divide en clases sociales y que el Estado es, en última instancia, “el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa2. Su teoría del Estado, impregna muchos de sus escritos, en solitario o con Engels: desde el propio Manifiesto Comunista a El 18 Brumario, La lucha de clases en Francia o La guerra civil en Francia, y debe incluir El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, de Engels. Una concepción que fue perfeccionada después de la experiencia de la Comuna de París pero que, por razón metodológica, la veremos vinculada a su concepción de la historia.

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Hemos vivido en el Reino de España unos acontecimientos que nos pueden ayudar a comprender hasta qué punto es certera la teoría marxista del Estado; no sólo el PP, también Cs y el propio PSOE se han unido, no para defender a un gobierno, sino para defender al Estado. Esa estructura de redes de poder que se ha puesto en funcionamiento y a ella se han sometido todas las fuerzas políticas que aceptan la sociedad tal y como es, pues ese statu quo es el que garantiza el dominio de los intereses de una minoría sobre la mayoría, de una clase social burguesa de millonarios privilegiados, sobre las demás clases sociales, sobre el pueblo trabajador.

Y para ello necesitan un ejército de burócratas, militares, policías, jueces, obispos, catedráticos… cuya función es defender los privilegios de la clase dominante. No se trata de que la gente sea mejor o peor, o de que sean políticos más o menos honestos, aunque esto tenga mucha importancia, de lo que se trata es de un sistema social que se preserva por la fuerza, la coacción y la represión. Las leyes, los derechos y las constituciones, llegan hasta el límite donde la clase dominante juzga que choca con sus intereses. Al llegar a ese punto se ve que la democracia burguesa tiene sus límites y cómo la clase dominante ejerce una verdadera dictadura para defenderse.

Y, si después de lo sucedido en Catalunya nos quedasen dudas para ver el papel del capital sobre la estructura de Estado, el espectáculo alrededor de la sentencia sobre el impuesto de Actos Jurídicos Documentados, termina de resolverlas.

La toma del poder político

Lenin llegó a afirmar que para ser marxista no bastaba con la idea de que la lucha de clases es el motor de la historia, es necesario unirlo a la concepción marxista del Estado. Esa lucha debe conducir a la toma del poder político y económico por un movimiento encabezado por la clase obrera, “expropiando a los expropiadores”, es decir aboliendo la propiedad privada de los medios de producción y estableciendo una “democracia socialista” que genere las condiciones para la progresiva extinción del Estado. Esa es la tarea del socialismo, algo muy alejado de las horrendas dictaduras de una casta burocrática de los fenecidos regímenes estalinistas. Marx se había basado en la experiencia de la Comuna de París de 1871.

Aquí debemos contestar a otra deformación de las ideas de Marx y Engels, ellos no tenían una concepción previa de la forma en que se desarrollaría la toma del poder político por parte de la clase obrera. Siempre la realidad de la lucha crea nuevas formas. Marx lo explicó de forma clara en algunas ocasiones, especialmente en un discurso que pronunció en el Congreso de La Haya en 1872:

En nuestros medios se ha formado un grupo que preconiza la abstención de los obreros en materia política. Hemos considerado nuestro deber declarar hasta qué punto son estos principios peligrosos y funestos para nuestra causa.

El obrero deberá conquistar un día la supremacía política para asentar la nueva organización del trabajo; deberá dar al traste con la vieja política que sostienen las viejas instituciones, so pena, como los antiguos cristianos —que despreciaron y rechazaron la política—, de no ver jamás su reino de este mundo.

Pero nosotros jamás hemos pretendido que para lograr este objetivo sea preciso emplear en todas partes, medios idénticos.

Sabemos que hay que tener en cuenta las instituciones, las costumbres y las tradiciones de los diferentes países; y nosotros no negamos que existan países como América, Inglaterra y, si yo conociera mejor vuestras instituciones, agregaría Holanda, en los que los trabajadores pueden llegar a su objetivo por medios pacíficos. Si bien esto es cierto, debemos reconocer también que en la mayoría de los países del continente será la fuerza la que deberá servir de palanca de nuestras revoluciones; es a la fuerza a la que habrá que recurrir por algún tiempo a fin de establecer el reino del trabajo.”

Ahora que acabamos de vivir el centenario de la Revolución Rusa, debemos decir que la forma más democrática de organización que jamás se ha dado a pesar de que sólo durasen unos años, los Soviets, no estaban en el programa de ningún partido político. Fueron producto de la revolución de 1905.

Así, destruyamos dos prejuicios, no sólo el marxismo es partidario de la extinción del Estado desde el día siguiente a la toma del poder, sino que también preveía la posibilidad de llegar al poder a través de los mecanismos de la democracia burguesa. La diferencia cualitativa es que, como demuestran ejemplos como el de Chile, no puedes pensar que el Estado burgués se va a transformar en un instrumento en manos de la democracia socialista. No es transformable, es necesario deshacerse de él de manera revolucionaria y democrática, ambas inseparables, y crear nuevos mecanismos que rijan la vida en la sociedad. El mismo Marx, y Lenin, consideraban imprescindible el control democrático por parte de la clase trabajadora del nuevo Estado socialista o la limitación salarial de los representantes electos a lo percibido por un obrero cualificado y, por eso, defendían medidas como la reducción de la jornada laboral, condiciones imprescindibles para abrir este proceso, pues sin tiempo para ello no hay posible participación política.

La ley del valor: la economía y las clases sociales

El marxismo, siguiendo a Engels, nos muestra que la economía “no expresa relaciones entre cosas, sino entre clases sociales”, con todas las implicaciones que de ello se derivan al interpretar esas relaciones a la luz de la lucha de clases. Se trata de una interrelación de grandes consecuencias que llevaría a decir a Marx que “la producción no sólo crea un objeto para el sujeto, sino un sujeto para el objeto”.

La producción no se adapta a las necesidades de las personas, sino que fuerza a que las personas se adapten a las necesidades de la producción o, para ser más precisos, a las necesidades del capital. En el terreno de la vivienda, no es la atención de la necesidad de alojamiento el condicionante decisivo, sino la rentabilidad —la vivienda como un bien de inversión— y la consecuencia son “casas sin gente y gente sin casas”. Lo mismo podríamos ver en la producción energética, en la movilidad y hasta en la alimentación: son las necesidades de producción rentable las que acaban condicionando qué se produce y cómo, más allá de las propias necesidades de las personas. Lo mismo sucede con el empleo, que se quiere adaptar a las necesidades de “la producción”, es decir, de la rentabiidad capitalista: la expresión más rotunda son los contratos cero horas, donde el empresario decide a diario cuándo el empleado trabaja y por cuánto tiempo.

Porque el capitalismo ha convertido el “capital” en algo aceptado, que no se puede discutir en su bondad. Las empresas privadas son “la fuente de la riqueza” nos enseñan. Pero la realidad es que la fuente de la riqueza primera es la naturaleza, y la segunda, el trabajo humano, que transforma las materias primas de la naturaleza en bienes útiles para atender necesidades humanas. Y el trabajo humano, en última instancia, sólo se puede cuantificar en tiempo de trabajo. Eso es lo que permite que surja el fenómeno histórico del intercambio, lo que permite que productos de naturaleza muy distintas puedan intercambiarse: su valor de cambio. Esa es la base de la teoría del valor.

La producción capitalista tiene una célula vital: la mercancía. En una sociedad capitalista, la mayoría de lo que se produce es producción para el mercado, para vender. El movimiento Dinero-Mercancía-Dinero, revela su impulso interno, al devolver una cantidad de Dinero, superior a la que entró en el ciclo. A ese “crecimiento” del dinero es a lo que le damos el nombre de “plusvalía” (o plusvalor). En las palabras de Marx: “Se valoriza, y ese movimiento lo convierte en capital”.

El propietario de los medios de producción ha de contar con una mercancía que aumenta el valor de los componentes del proceso de producción con su intervención: la fuerza de trabajo. Pues como señaló acertadamente Engels: “De la nada no surge nada y señaladamente no surge beneficio3.

La explotación capitalista exige la propiedad privada de los medios de producción, a un lado, y la existencia de una amplia masa de personas que no tengan otra cosa que vender que su fuera de trabajo, al otro. Por eso el capitalismo rechaza la existencia de un sector público que les haga la competencia o de sistemas de desempleo o pensiones demasiado “generosos” que “desincentiven” la búsqueda de empleo.

La forma capitalista no es la manera natural de producir, sólo es un fenómeno histórico determinado, que consiste en apropiarse de una parte de ese tiempo de trabajo de una forma determinada: el sistema de trabajo asalariado. La explotación de la naturaleza y del trabajo humano, es la esencia del capitalismo y debemos a Marx la comprensión de cómo sucede.

La plusvalía o cómo nos explota el capitalismo

El concepto de plusvalía es la llave que abre la puerta para comprender la esencia interna del sistema capitalista descorre el velo de la explotación de la mayor parte de la humanidad por una minoría, en un proceso en el que las tijeras entre la opulencia y la miseria se abren cada vez más, al tiempo que la naturaleza sufre una degradación que amenaza con ser irreversible.

Marx comprendió que lo que compra el empresario con el salario no es el trabajo, sino la capacidad de trabajar: la fuerza de trabajo. Al transformar con el trabajo humano la materia prima en mercancía se crea un valor nuevo dividido en dos partes diferenciadas: por un lado, la que será atribuida al trabajador y que expresará el salario (el trabajo necesario), por otro lado, aquella de la que se apropiará el propietario de los medios de producción expresada en la plusvalía (el trabajo excedente). Pues la plusvalía es el trabajo no pagado.

Esa es la clave, no sólo para entender la fuente del beneficio, sino la existencia de la desigualdad social y de las malas condiciones de empleo, incluido el aumento alarmante de la precariedad que va unida a la pérdida de derechos laborales, porque hay una tendencia inmanente al capitalismo a tratar de lograr cada vez más trabajo a cambio de menos o, en otras palabras, a explotar con más intensidad.

Actualmente, en la izquierda domina la idea de que puede separarse cómo se produce de cómo se distribuye, que la cuestión es regular el capitalismo, obligándole a pagar mejores salarios, a invertir de otra forma… Jospin, el veterano dirigente del Partido Socialista Francés, acuñó un aforismo clásico que expresa muy bien qué se pretende con esto: “economía de mercado sí, sociedad de mercado no”. Es un viejo debate, Marx escribía: “La organización de la distribución está totalmente determinada por la organización de la producción” (…) “Una vez más se evidencia la tontería de los economistas, que presentan la producción como una verdad eterna y relegan la Historia al campo de la distribución” (…) “No es que la producción, la distribución, el cambio y el consumo sean idénticos, sino que constituyen las articulaciones de una totalidad, diferenciaciones dentro de la unidad”. La desigualdad social nace de la desigualdad en la producción, donde una minoría es propietaria de los grandes medios de producción sociales, y la mayoría está obligada a vender su fuerza de trabajo. El empeño en explotar más intensamente no es el producto de la codicia ni de una estafa, ni de una obsesión ideológica neoliberal, sino de la dinámica íntima del sistema. A Marx le debemos la compresión de ese fenómeno.

De hecho, su concepción respecto a la labor sindical conserva una plena vigencia en nuestra época, y es imprescindible para cambiar la actual política de los sindicatos:

No debe olvidar que lucha contra los efectos, pero no contra las causas de estos efectos; que lo que hace es contener el movimiento descendente, pero no cambiar su dirección; que aplica paliativos, pero no cura la enfermedad. No debe, por tanto, entregarse por entero a esta inevitable lucha guerrillera, continuamente provocada por los abusos incesantes del capital o por las fluctuaciones del mercado. Debe comprender que el sistema actual, aun con todas las miserias que vuelca sobre ella, engendra simultáneamente las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para la reconstrucción económica de la sociedad. En vez del lema conservador de “¡Un salario justo por una jornada de trabajo justa!”, deberá inscribir en su bandera esta consigna revolucionaria: “¡Abolición del sistema del trabajo asalariado!4

La comprensión de la imposibilidad de modificar sustancialmente el capitalismo, establece la diferencia cualitativa entre el reformismo acomodaticio al sistema y el programa revolucionario; el primero sólo le “exige” al sistema lo que este puede dar, las migajas de las que se puede desprender, la actitud de Marx es la exigencia de lo que nos corresponde, de nuestros derechos que, precisamente esa es la clave, no caben dentro de este sistema.

1 Alberto Arregui es miembro de la Coordinadora Federal de IU, y Jordi Escuer de la Coordinadora de IU Madrid. Ambos son promotores del Manifiesto por el socialismo, www.porelsocialismo.net

2 Manifiesto del Partido Comunista, Karl Marx y Frederich Engels, 1848.

3 Anti-Dühring, Federico Engels, 1878.

4 Salario, precio y ganancia, Carlos Marx, 1865.