Los desafíos de Lula y el PT en la era Bolsonaro

  • Muchos petistas admiten, con desesperanza, que mientras Bolsonaro u otro presidente de derecha esté en el poder, Lula no saldrá de la prisión, porque su juicio es político

Después de siete meses de litigio, finalmente el Tribunal Supremo de Brasil accedió a que Lula da Silva concediese entrevistas desde la cárcel de Curitiba donde está preso hace un año. Periodistas del español El País y el brasileño Folha de São Paulo tuvieron el privilegio de escuchar a Lula durante dos horas el día 27 de abril. Un Lula audaz, fuerte y bien humorado. Un Lula, que, a pesar de tener 73 años y haber enfrentado la muerte de su mujer, su hermano y su nieto estos últimos años, está más decidido que nunca. Dos cuestiones no dejan de resonar a partir de las palabras del ex presidente: ¿Cuál es el futuro de Lula? ¿Cuál es el futuro del PT?

Una de las cosas que más repitió Lula en la entrevista es que quiere salir de entre los barrotes de Curitiba para probar su dignidad e inocencia y desenmascarar a los que le metieron en la cárcel, el ahora ministro de Justicia, y anterior juez principal de la Operación Lava Jato, Sérgio Moro y el fiscal federal Deltan Dallagnol, unos de los principales artífices de su prisión. Pero salir de la cárcel no será fácil. El Tribunal Superior de Justicia acaba de rebajar su pena a ocho años y diez meses y Lula podría pedir prisión domiciliar o régimen semi-abierto en septiembre.

El problema es que pesan contra él otros ocho procesos, relacionados con corrupción pasiva, tráfico de influencias, blanqueo de capitales. Muchos petistas admiten, con desesperanza, que mientras Bolsonaro u otro presidente de derecha esté en el poder, Lula no saldrá de la prisión, porque su juicio es político y tiene como propósito retirar al ex presidente de la circulación electoral.  Este es un momento de intensa fragilidad del gobierno Bolsonaro, con enormes dificultades de formar una base aliada que garantice su gobernabilidad, con una caída estrepitosa de su popularidad (sólo 30% evalúan positivamente los 100 primeros días su gobierno, el peor resultado de la historia de la democracia brasileña) Si Lula saliese de la cárcel en este momento, con su carisma y fuerte liderazgo, haría rápidamente sombra a Bolsonaro y se colocaría como a única alternativa a este gobierno desastroso. Eso, dicen los petistas, nunca lo van a permitir.

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Pero, ¿y el PT? Numéricamente el PT no ha salido derrotado de esta elección. Fernando Haddad obtuvo el 44.87% de los votos, con 56 diputados los petistas consiguieron el mayor grupo parlamentario del Congreso y además el PT continua hegemónico en el nordeste, donde, por ejemplo, ya en el primer turno, Rui Costa consiguió el gobierno del importantísimo Estado de Bahía.

Sin embargo, el antipetismo ha sido el gran vencedor del pleito, antipetismo que viene forjándose desde 2016, el año de la destitución de la presidente Dilma Rousseff. Bolsonaro sabía de esta gran baza y construyó su campaña en la demonización del PT. Las razones de este sentimiento de rechazo al PT, que se propagó como la pólvora por la sociedad brasileña, son las siguientes:

1) Los brasileños culpan al PT por la crisis económica que comenzó en el segundo gobierno Dilma

2) En 2012 la operación Mensalão colocó a altos cuadros petistas en la cárcel. Años después la Lava Jato vuelve a poner el centro de las atenciones en el PT. Ante gran parte de la prensa y la sociedad brasileña, estaba claro, los petistas eran el mayor grupo corrupto del país. Traición es la palabra que más repiten aquellos que hoy votan a Bolsonaro pero habían votado al PT durante años

3) El antipetismo tiene otro factor explicativo, una de las herencias más terribles que Brasil carga sobre sus hombros, la desigualdad. La mayoría de los votantes de Bolsonaro son de clase media y alta. Según el Instituto Datafolha, Bolsonaro obtuvo  hasta 75% de los votos en los municipios brasileños con renda media y alta, pero no llegó al 25% en las localidades más pobres. Fernando Haddad prevaleció en 9 de los 10 municipios más pobres. La diferencia de voto definida por la clase económica se repite cuando nos fijamos en el marcador racial. En 9 de cada 10 ciudades con mayoría blanca ganó Bolsonaro. En 7 de cada 10 con mayoría no blanca ganó Haddad. Existe una cuestión social muy nítida en un país tan desigual como Brasil y sin la cual no podemos entender prácticamente nada: el desprecio por el pobre.

La marca por la que todo el mundo reconoce los gobiernos petistas fueron las políticas públicas de complementación de renta, como la famosa Bolsa Familia,  y las acciones afirmativas, que permitieron que más de 30 millones de brasileños salieran de la miseria, compraran una lavadora, un frigorífico, frecuentaran centros comerciales, aeropuertos y universidades, los lugares que los habitantes de las periferias y favelas nunca habían ocupado.

El porcentaje de negros en las universidades federales, que forman gran parte de la élite del país, dobló de 5,5% en 2005 a 12,8% en 2015, gracias a los programas de cuotas raciales en la enseñanza superior pública. Muchos no perdonaron. La misma clase media que había votado a Lula porque pensaba que podría mejorar el país, se dio cuenta de que las políticas de ascensión social para los más pobres, que también enriquecían a los más ricos, atacaban su posición. En tiempos de crisis económica, cuando el tamaño del pastel se hace cada vez menor, el resentimiento de clase surge a raudales. Lo más curioso es que aquellos que habían sido beneficiados por las políticas petistas y consiguieron mejorar de vida hasta llegar a integrar las llamadas nuevas clases medias, adoptaron el mismo discurso de las clases medias tradicionales. El Partido de los Trabajadores esperaba de ellos fidelidad. No la obtuvo. En el imaginario colectivo el PT pasó a ser el partido de los pobres que gobernaba contra las clases medias y nuevas clases medias.

4) El PT perdió la clase media pero también hubo sectores de las clases populares que votaron a Bolsonaro, y esto supone algo dramático para un partido que construyó su base política entre los más pobres. Para entender esto, debemos fijarnos en el papel de las iglesias evangélicas, especialmente pentecostales y neopentecostales, que tienen en los más pobres su público favorito. Desde 2014, el discurso de los pastores dentro de muchas iglesias fue de fuerte crítica moralista al PT, construyendo la idea de que este atacaba la familia tradicional, la religión y los valores cristianos.

Para atacar todos estos problemas, el Partido de los Trabajadores debería pasar por una refundación intensa. Volver a las periferias de donde salió cuando llegó al poder, apostar por cuadros nuevos que no estén enfangados en denuncias de corrupción, renovar su programa y su comunicación en un Brasil que ya no es el mismo que el que llevó a Lula a la presidencia en 2002. Pero el PT está en un callejón sin salida. Lula repitió por activa y por pasiva en la entrevista que él seguía siendo el líder del petismo y que incluso se volvería a presentar a las elecciones.

Está claro que él es el mayor activo político de Brasil, pero si Lula no va dejando espacio a los futuros líderes, la renovación es imposible y el PT estará limitado a depender permanentemente de Lula sin oxigenarse y poder mirar al futuro. Por otro lado, el PT tampoco puede abandonar a su mayor líder, preso por un proceso judicial absolutamente político e injusto. Sería considerado como una traición por una buena parte de la base petista.  Parece que el PT fue preso con Lula y está en su misma cárcel en Curitiba.

El momento para el PT es propicio porque el desastre del gobierno Bolsonaro es incluso mayor que lo imaginado, pero el Partido de los Trabajadores debe solucionar primero sus problemas internos. Sin resolver su propio callejón sin salida el PT podrá continuar siendo un partido con millones de votos, pero lejos de la enorme base social que llevó, por primera vez, un trabajador pobre y sindicalista al poder.