Fresas salvajes y proteccionismo patriótico en la Europa nacionalista y chauvinista

  • La descalificación global de las fresas españolas no es algo de hoy, sino que se puede seguir su traza en la red

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Fernando Álvarez-Uría, catedrático de sociología en la UCM y coordinador con Julia Varela del libro recientemente publicado Conversaciones con Robert Castel

En la tarde del pasado lunes 29 de abril, un pequeño grupo de amigos franceses y españoles, predominantemente de izquierdas, bastante satisfechos con los resultados de las elecciones legislativas que habían tenido lugar en España el día anterior, decidimos escuchar las noticias y encendimos el televisor del apartamento en el que estábamos reunidos en el distrito XX de París, muy cerca de la antigua residencia de los saint-simonianos fundada por Próspero Enfantin.

Como de costumbre, esperábamos inútilmente que se prolongasen las informaciones sobre la situación política española que a nuestro juicio se clarificaba con el triunfo del centro izquierda. Con anterioridad a estas elecciones se temía, en casi toda Europa, que se produjese un empuje arrollador de la nueva derecha a quien los sondeos del CIS situaban en una horquilla que oscilaba entre los 29 y 37 diputados.

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Afortunadamente, los votos nacionalistas de VOX fueron sobrevalorados por las encuestas y, con una participación importante, se impuso el buen sentido de la mayoría de los electores, lo que pone bien de manifiesto una clara voluntad de la gran parte de la ciudadanía de avanzar con resolución en el proceso de democratización del país, un proceso acosado sobre todo por la crisis del trabajo, por el paro y la precarización del empleo, pero a la vez por los nostálgicos de la dictadura, por la saga criminal de ETA, que durante demasiados años mantuvo su cuartel general en el llamado santuario francés, y más recientemente por la deriva secesionista catalana.

A las 20 horas encendimos el televisor y conectamos con TF1 para seguir el téléjournal dirigido por el periodista Gilles Bouleau en uno de los canales de mayor audiencia, a una de las horas de mayor audiencia. En medio de la secuencia de noticias, para nuestra sorpresa, y a modo de un documental de investigación de rabiosa actualidad, la información pasó a centrarse en la producción española de fresas. El reportaje comenzaba con un largo travelling en el que, desde un cielo casi blanco de puro azul, se veían grandes extensiones de negros plásticos y más plásticos presuntamente filmados en los invernaderos de Murcia y Huelva, en donde se cultivan cada año miles de toneladas de fresas.

Se hablaba de pesticidas, herbicidas, cócteles químicos y contaminación por humos tóxicos de fábricas muy cercanas, todo ello para indicar que las fresas españolas, a pesar de estar sometidas a los controles sanitarios requeridos por la Unión Europea, resultan nocivas para la salud. Como una buena parte de las fresas que se producen en distintas regiones de España (Huelva, El Maresme, Lugo, Valencia, Manacor, Aranjuez…) llevan el sello ecológico, el reportaje pasaba a continuación a denunciar el carácter ilegal de la explotación de los acuíferos del Parque Nacional y Natural de Doñana, una de las principales reservas de aves de la biosfera. Las fresas españolas (sic) eran denunciadas globalmente, y sin matices, como la expresión visible de gravísimos delitos ecológicos. No faltaron tampoco las denuncias de la explotación de la fuerza de trabajo inmigrante, mal pagada y sin derechos. Y también se dedicó algún minuto a mostrar el rostro quemado de un emigrante africano que trabaja en uno de los invernaderos en donde se dejaba materialmente la piel.

El mensaje del diario informativo resultaba por tanto perfectamente claro para los miles de tele-espectadores que lo siguieron, incluso para los mas escépticos. Se podría resumir así: consumir fresas españolas constituye un atentado contra la salud, contra la ecología, contra los derechos laborales, contra los derechos humanos, constituye, en fin, un modo de reforzar el racismo y la xenofobia en la vieja Europa.

Entre los amigos franceses y españoles se produjo una cierta consternación, seguida de un breve silencio, muy pronto acompañado de expresiones de incredulidad. Casi todo el mundo sabe, por ejemplo, que en París, la ciudad de la elegancia y de la alta costura, existen talleres en el centro mismo del barrio histórico de Le Marais en donde, de día y de noche, miles de trabajadores emigrantes, varones y mujeres, se ven sometidos a turnos brutales de trabajo, en condiciones sanitariamente penosas, y en donde reciben a cambio salarios de miseria. En los mercados locales que se realizan en múltiples calles y plazas de París, en donde se venden verduras y frutas de todos los países, y también fresas (francesas, marroquíes, españolas, portuguesas…), todo un colectivo de personas pobres, generalmente emigrantes, viven de lo que queda tirado en los puestos de la calle cuando se recoge la mercancía, especialmente cartones, cajas de madera y frutas desechadas.

En todo caso el reportaje del telediario tuvo sus efectos, como pudimos comprobar al día siguiente: en los supermercados, en las grandes superficies de la zona, en el mismo lugar en el que durante unos quince días antes se ofertaban fresas exportadas desde España, había ahora paquetes de fresas de origen francés, muchos de ellos con la bandera tricolor impresa ostentosamente en los envoltorios de plástico que las protegían. El precio del nuevo producto, presuntamente cultivado en los invernaderos franceses, había prácticamente doblado al de las fresas españolas, sin duda, en razón de la elevada calidad que implícitamente  les atribuía el mencionado reportaje.

Bien, se dirá, una nueva guerra comercial entre otras muchas, alimentada por los medios de comunicación. Sin embargo el fenómeno no es nuevo. La descalificación global de las fresas españolas no es algo de hoy, sino que se puede seguir su traza en la red. Estamos ante una vieja y larga historia, una denuncia, orquestada sobre todo por agricultores franceses, con la ayuda de los medios, desde hace más de ocho años. Si, por ejemplo, en Francia buscamos información en internet, a partir de la genérica rúbrica en francés de fresas españolas, nos encontramos con que los servidores nos proporcionan todo un enjambre de informaciones siempre negativas bajo los siguientes títulos y fechas: ¿Cómo se producen las fresas en España? (2018);  Fresas españolas. La calidad en cuestión (hace 5 días); Fresas de España, el escándalo (publicado por el periódico Midi insoumis, Populaire et Citoyen (30-IV- 2019); La fresa española, nociva para su salud (2018); Fresas de España. ¿Paramos la masacre? (2013); Fresas españolas al gasoil (2008), etc. La escalada comercial reciente llueve por tanto sobre mojado, es una más de múltiples campañas orquestadas, y casi todas ellas reposan en premisas muy elementales e interesadas que responden a mecanismos  afectivos e ideológicos, a un chauvinismo exacerbado contra todo lo que viene de fuera.

Somos muchos los españoles francófonos que hemos estudiado en Francia y estamos en deuda con la cultura francesa y con su buena gente. Francia ha sido y sigue siendo a pesar del Frente Nacional una tierra de asilo, y regaló a Europa y al mundo un tiempo nuevo de libertad y solidaridad. Sobre esas bases se construyó la Europa social, el gran modelo social europeo, que hoy se ve acosado por los nacionalismos y la insolidaridad de los winners de la globalización, por la lógica de un capitalismo salvaje, devastador, que destruye los vínculos sociales.

Un fantasma recorre Europa y el mundo: el de la bipolaridad norte/sur, el de la separación entre los ricos y los pobres, el de la dialéctica  entre el capital y el trabajo. En el marco del nuevo capitalismo financiero internacional asistimos de nuevo al retorno de la cuestión social. En la resolución de la cuestión social,  se juega la Europa del futuro.

Albert Camus decía en las Cartas a un amigo alemán que España, Francia e Italia son una nación, pero aun queda mucho terreno para avanzar hacia la Europa política, hacia la unidad política europea vertebrada por los derechos humanos. El domingo 26 de mayo se celebrarán las elecciones europeas que nos brindan la oportunidad de optar por una Europa unida y solidaria. No deberíamos dejar pasar la ocasión para construir con nuestro voto la Europa abierta la mundo que queremos.

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