Ada Colau y la “operación élites”

  • Conscientes de una flagrante contradicción entre lo dicho y lo hecho, desde BeC se está apostando por dos líneas argumentales
  • La primera es tratar de blanquear a Manuel Valls para intentar que no chirríe su apoyo a Ada Colau

Ada Colau hizo el pasado sábado la primera rueda de prensa después de casi dos semanas de silencio, salvo por algunos vídeos colgados en Youtube. Mantiene su apuesta por optar a la alcaldía de Barcelona, y asume el “riesgo” de conservarla con el apoyo de Manuel Valls, mientras insiste en terminar con la “política de bloques” que ella interpreta que aplican independentistas e unionistas.

Las elecciones del día 26 de mayo fueron un mazazo para Barcelona en Comú (BeC). Estaban convencidos de ganarlas, a pesar de que las encuestas indicaban un resultado muy ajustado entre ellos y ERC. Finalmente, y por unos 5.000 votos, la victoria cayó del lado republicano e independenstista (con un empate a 10 concejales entre ambas formaciones). A pesar de que la participación creció en 6 puntos, BeC perdió 16.000 votos respecto a 2015 y 5 puntos porcentuales. La victoria histórica de ERC se produjo en el contexto de una victoria (también histórica) de este partido en las municipales en el conjunto de Catalunya.

Durante la noche electoral parecía bastante claro que Ernest Maragall iba a ser el futuro alcalde de Barcelona, habida cuenta de que, además de ser la lista más votada, eran necesarios acuerdos antinaturales para evitar ese escenario. Pero al lunes siguiente Miquel Iceta (PSC) abría fuego y apostaba por “hacer lo que sea” para evitar que un republicano independentista terminara ostentando la alcaldía de la capital catalana. El establishment de la ciudad había fracasado en su intento de aupar a Manuel Valls a la alcaldía, pero no podía, de ninguna de las maneras, permitir que la ciudad cayera en manos de ERC. Empezaba la “operación élites”.

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Tras Miquel Iceta, el segundo paso de la operación llegó cuando Valls ofreció sus votos “sin condiciones” para que Ada Colau fuera alcaldesa para evitar que los independenistas se hicieran con el mando de la ciudad. El mensaje era nítido: sin poder auparlo a él, las élites asumían a Colau como su candidata (como han dicho algunos tertulianos y editoriales de prensa de derechas, entre Maragall y Colau, escojamos el mal menor). Y el tercer paso de la operación fue la negativa de Jaume Collboni (PSC) a ni siquiera reunirse con Ernest Maragall para hablar de la ciudad. Este hecho enterraba la posibilidad de un tripartito de izquerdas ERC+BeC+PSC para gobernar la ciudad (la propuesta que mantiene todavía BeC, a pesar de la imposibilidad manifiesta de la misma).

Pero para que esta operación, que algunos han llamado “de Estado”, fructificara hacía falta un ingrediente esencial: que Ada Colau y BeC estuvieran dispuestos a entrar en este juego de alianzas para evitar que Ernest Maragall llegara a la alcaldía. La sorpresa para muchos llegó esta semana pasada, cuando Ada Colau y la dirección de BeC decidieron dar el paso.

Esa es la sensación, incluso de estupefacción, que recorre varios sectores progresistas de la ciudad, algo que no es de extrañar a tenor de las declaraciones que justo antes de las elecciones la misma Ada Colau hacía como respuesta a las preguntas del periodista Ferran Casas. En una entrevista, el subdirector de Nació Digital le preguntaba a la ahora alcaldesa si estaría dispuesta a aceptar los votos de Jaume Collboni y Manuel Valls para evitar que un independentista se quedara con la vara de alcalde; ella respondía que “yo no haré ningún acuerdo de gobierno ni de nombramiento con el señor Valls. El señor Valls tiene un modelo de ciudad opuesto al nuestro”, y mencionaba el término “operaciones extrañas”. Pues bien, transcurridas unas semanas parece que eso ya no tiene tanto de extraño.

Vaya por delante que Ada Colau está en todo su derecho de querer mantener la alcaldía de Barcelona, incluso si para ello requiere de los votos de Manuel Valls, pero no deja de ser sorprendente que una líder y una plataforma política (BeC) que han hecho bandera de la lucha contra los intereses del establishment como elemento central de su proyecto no tengan ningún reparo en aceptar los votos de dicho establishment para conservar el poder. Un movimiento como éste, como mínimo, provocará contradicciones obvias en BeC (sólo el 20,3% de los votantes de BeC apuestan por este escenario, por un 67,1% que prefieren un pacto Maragall-Colau, según una encuesta de Feedback) y supondrá, en mayor o menor medida, terminar con la credibilidad de su proyecto de transformación. Porque tras el día 15 Ada Colau tendrá que gobernar Barcelona sin mayoría (ya sea con un gobierno en solitario o con uno de coalición con el PSC), y tras prestarse a la “operación élite” el apoyo de ERC estaría más que descartado, con lo que ello dejaría a la alcaldesa del cambio en manos de C’s para sacar adelante sus políticas; los proyectos de cambio que se puedan impulsar con C’s son más que dudosos.

Conscientes de esta flagrante contradicción entre lo dicho y lo hecho, desde BeC se está apostando por dos líneas argumentales. La primera es tratar de blanquear a Manuel Valls para intentar que no chirríe su apoyo a Ada Colau. En esta línea, este mismo sábado el número 2 de Colau, Joan Subirats, apuntaba en una entrevista en Catalunya Ràdio que “Manuel Valls cogió una cierta distancia con la política oficial de Ciudadanos en la fotografía de la plaza Colón. Ahora parece que está intentando marcar distancias”. El objetivo está claro: que Manuel Valls sea percibido como un elemento ajeno a C’s y a las élites que representa, de manera que su apoyo pueda ser digerido por los que votaron a BeC. Ante todo, que se olviden de que Valls ganó sólo en el distrito más acomodado de la ciudad (Sarrià-Sant Gervasi) -ergo las élites lo apoyaron con fuerza-, y de que no hace tanto tiempo era denostado por BeC como lo que es, alguien que mientras gobernaba en Francia se prodigó en políticas contra la clase trabajadora y en acciones de tinte xenófobo y racista, incluido el arresto y deportación a Kosovo de una niña gitana de 15 años aprovechando que hacía una excursión con la escuela.

Por otro lado, la segunda línea argumental se orienta a culpar a ERC de esta situación por no querer entrar a formar parte de un gobierno tripartito ERC+BeC+PSC encabezado por Ada Colau. Que BeC perdiera las elecciones, que ERC las ganara, o que el PSC se haya negado a sentarse a hablar con Ernest Maragall son elementos secundarios que no pueden esconder la traición de ERC a las fuerzas progresistas de la ciudad. Obviamente se deja también de mencionar convenientemente que Ernest Maragall descartó gobernar con la antigua Convergència (JxCat), bestia negra de los comunes, y que ofreció un gobierno paritario a BeC, encabezado por él como alcalde y con Ada Colau en una suerte de papel de vicealcaldesa en base a un acuerdo programático progresista, republicano y en defensa de los derechos fundamentales. Dicho acuerdo parecía lo más fácil a nivel político, sobre todo si se tiene en cuenta que los programas políticos de ambas formaciones (ERC i BeC) son los que contienen más coincidencias, mucho más que el de BeC con el del PSC y no ya con el de C’s, tal como certificaron recientemente el digital Crític y StoryData. Ahora lo importante es tapar todo esto a ojos de los que confiaron en Ada Colau el pasado 26 de mayo.

Dicen que la política es el arte de transformar lo imposible en posible, pero aunque el papel lo aguanta todo sería conveniente que Ada Colau y su equipo no amagaran con tratar como poco lúcidos a sus votantes y a los barceloneses en general. Éstos son perfectamente capaces de observar que la estrategia de culpar a ERC de que Ada Colau tenga que aceptar los votos de Manuel Valls responde a la necesidad imperiosa de evitar que BeC se parta por dentro como resultado de una decisión que políticamente es difícil de justificar ante su propio electorado. Algunos dirán que Colau tiene el apoyo de las bases, que votaron mayoritariamente por esa opción el pasado viernes, pero lo cierto es que dicho apoyo no provino del conjunto de los inscritos (que en los estatutos de BeC representa el “Comú”), sino de un órgano mucho más limitado en número de miembros, el “Plenari”. Es cierto que no hace falta que BeC convoque el “Comú” si no hay algún pacto con otra fuerza política que deba ser ratificado, pero dicho órgano, en el que pueden participar el conjunto de los inscritos de BeC, también puede ser convocado para tratar “cualquier asunto que se considere de especial relevancia”. Pues bien, se ve que recibir o no los votos del candidato de las élites para conservar la alcaldía no ha sido considerado “de especial relevancia” por la dirección de BeC. Es imposible no intuir cierta preocupación de dicha equipo dirigente a una oposición bastante significativa (quién sabe si mayoritaria) de las bases a un escenario de pactos como el que se está configurando. Y esta es también la razón por la que Ada Colau no quiere llegar a ningún pacto con Jaume Collboni antes del día 15 de junio. Si ello sucediera, debería convocar al “Comú” para que el conjunto de inscritos de BeC se pronunciaran sobre dicho pacto y, de forma indirecta, sobre la necesidad de recibir los apoyos del Sr. Manuel Valls.

Pero más allá de ésto, las decisiones de Colau y su equipo ponen sobre la mesa otro aspecto más que inquietante: que antes que sus principios, está su necesidad de conservar el poder al precio que sea, ya que ante la imposibilidad de tener lo que desean (un gobierno de ERC+BeC+PSC), prefieren ser ellos los que mantengan la alcaldía aunque sea a costa de asumir una contradicción flagrante en términos políticos, cuando lo más coherente a nivel programático sería entrar a formar parte del pacto ofrecido por ERC o, si ello no es posible, pasar a la oposición de un gobierno de Ernest Maragall en minoría. Alguien podría decir que la política es así, pero no deja de ser chocante observar este tipo de comportamientos en una fuerza política que había hecho bandera de lo que se llamó “nueva política”. Parece ser que esta “nueva política” ya ha dejado de serlo y ahora es, sencillamente, la política de toda la vida.

Y una última derivada. Los comunes habían luchado por construir su espacio político en Catalunya al margen de lo que ellos denominan los bloques independentista (ERC, JxCat y CUP) y unionista (C’s, PSC y PP), y habían abanderado la superación de dichos bloques mediante pactos políticos. Ahora, con esta decisión de Ada Colau y BeC, los comunes se alinean definitivamente con uno de esos bloques, y entierran así su utilidad como puente entre ambos mundos (siempre desde su punto de vista). Quizás lo más coherente ante la imposibilidad de construir un gobierno tripartito hubiera sido retirarse a la oposición para salvaguardar su “equidistancia”, pero resulta que en las cosas del comer hay consideraciones que parece mejor dejar de lado. El tiempo dirá si el movimiento de Ada Colau en Barcelona terminará siendo una plasmación práctica del dicho “pan para hoy y hambre para mañana”.