El “Alea Jacta est” de Pedro Sánchez

  • El líder socialista rompe hoy el tabú de permitir la entrada en La Moncloa de la izquierda no socialista
  • El presidente en funciones tenía decidido desde el principio de las negociaciones incluir en su Gabinete a dirigentes morados siempre que Iglesias se echase a un lado

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Hay que referirse a una parte relativamente desconocida de la joven democracia española (al menos para el gran público) para entender la transcendencia de lo que va a pasar hoy en el Debate de Investidura de Pedro Sánchez. Por convicción, quizás obligado por las circunstancias, o por ambas razones, el líder del PSOE ha decidido romper uno de los tabús más sagrados de los poderes fácticos del Occidente democrático, representados en las grandes instituciones internacionales de la Unión Europea y, por supuesto, de los Estados Unidos de América. Un pecado original, imborrable: el de que la izquierda comunista antes y ahora la nueva izquierda alternativa europea que representan las fuerzas ecosocialistas contrarias al sistema no puedan formar parte de los Consejos de Ministros de un Estado occidental “politicamente correcto” aunque si puedan hacerlo en nacionalidades, regiones o grandes ciudades.


En España, la Transición, desde el minuto uno, impuso ese criterio. Al principio, con Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo Sotelo, dio igual. Después, las sucesivas mayorías absolutas de Felipe González hicieron innecesario ponerlo en evidencia. Pero cuando los socialistas necesitaron al PCE o Izquierda Unida para gobernar el Estado, PP y PSOE optaron por apoyarse en los movimientos nacionalistas que, por sus características reivindicativas del reconocimiento de su nacionalidad, integraban desde la derecha más conservadora hasta socialdemócratas de corazón pasando por todo tipo de sectores de derecha, centro e incluso izquierda moderada.

En consecuencia, acabó siendo “lo normal” que los socialistas pactaran con el PCE, Izquierda Unida e incluso izquierdas nacionalistas que no se consideraban españolas pero respetaban las reglas de juego que querían cambiar democráticamente, los gobiernos autonómicos, las diputaciones y los ayuntamientos, sobre todo los grandes como Madrid o Barcelona. Pero incluir a sus representantes en el Gobierno central era lo dicho: un tabú.

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Pedro Sánchez ha asumido, según sus allegados (e incluso sus propias palabras cuando habló de la España plurinacional) que el bipartidismo ha muerto, por más que a muchos de los suyos (sobre todo los jacobinos de la vieja guardia que ocuparon el poder durante más de veinte años) les parezca que puede renacer. Y que el 15-M fue el germen de una nueva España que será plural o no será. Pero sobre todo, que deberá ser más democrática y abrirse a las nuevas fuerzas políticas que emanaron de su movimiento extendido por todo el Estado, atendiendo a nuevas necesidades de mayor libertad, de mayor reparto de la riqueza, de mayores atenciones sociales a la mayoría de la gente y de mayor sensibilidad ecológica. Porque, si no, tampoco será.

Sánchez, asegura su entorno, hubiera querido hacer en esta ocasión un Gobierno solitario en minoría que pudiera repartir las de cal y las de arena como él, en los tiempos y la profundidad, considera que hay que hacerlo. Pero supo, desde el resultado de las elecciones generales del 28 de abril, que le iba a resultar imposible. Y ello, dicen en broma, pese a seguir con la flor en el trasero y estar más que contento por ver cómo se valora su éxito tras haber recuperado al PSOE obteniendo 123 diputados y evitado a trancas y barrancas, y pese a las zancadillas de sus acomodaticios adversarios interiores, el sorpasso de Iglesias que ya intentó Julio Anguita contra González.

Por eso, en su primera reunión con Pablo Iglesias del 7 de mayo, tras las generales y antes de las autonómicas y municipales, tanteó la posibilidad de que el líder de Podemos siguiera colaborando con él como lo había hecho desde la moción de censura. Es decir, desde fuera. Con un pacto parlamentario sólido. Pero con nuevos matices especiales como por ejemplo darle la presidencia del Congreso a uno de los suyos. Iglesias, claro, dijo que no. Y fue a lo suyo. Tendría que hacer un Gobierno de coalición. O sea, que, como esperaba, había desacuerdo. Salvo en una cosa: tenían que seguir apoyándose en Comunidades Autónomas y grandes ayuntamientos. Y luego verían. De manera que el líder morado salió de allí diciendo que “si en algo nos hemos puesto de acuerdo es en que vamos a trabajar para ponernos de acuerdo”. Ni Groucho lo hubiera explicado mejor.

Y en eso estuvieron. Pero Sánchez ya lo tuvo claro. De hecho, a mediados de junio, un muy relevante barón socialista con experiencia de Gobierno comentó a un reducido grupo de periodistas, tomándose una copa en una celebración festiva de su Comunidad Autónoma, que la inclusión de miembros de Podemos en el futuro Ejecutivo estaba asegurada y que el acuerdo estaba hecho.

Aquello no encajaba con lo que sabíamos quienes hablábamos con él y mucho menos con lo que proclamaban otros dirigentes socialistas de que Sánchez sólo admitiría en su Gabinete independientes propuestos por Podemos. Cuando se lo dijimos, insistió. Estaba hecho. Y hasta ironizó, refiriéndose a la desconfianza entre Sánchez e Iglesias comentando y la no presencia en el Gabinete de fieles del líder de Podemos, diciendo que se podrían celebrar Consejos de Ministros sobre los temas políticos o de intendencia ya tratados previamente por los Secretarios de Estado y Subsecretarios y, una vez concluida, hacer otra reunión de los fieles para los asuntos de la estrategia secreta. Y ya estaba.

No le creímos. Y nos equivocamos. Estaba hecho y la tarea pendiente era venderlo bien, demostrando las contradicciones de los adversarios de la derecha (PP, Ciudadanos y Vox). Había que esperar hasta el último minuto. Y poder responder, como saldrá a relucir en el debate de investidura, que cómo se atreven a criticar su pacto con Podemos quienes al mismo tiempo han pactado con Vox y están dispuestos a gobernar España con su apoyo.

En eso, Iván Redondo, su asesor en La Moncloa, (al que los adversarios llaman despectivamente Rasputín pero quisieran tenerlo en sus filas como ya lo tuvieron entre otros el catalán Xavier Garcia Albiol o el ex presidente de Extremadura José Antonio Monago, del PP), ha sido decisivo con los tiempos y los medios de comunicación. De hecho, en esta operación ha sido, en realidad, “el Cazaratones” del que nadie sabrá jamás si es gato blanco o negro (¿recuerdan a Felipe González en China?).

Porque lo importante era que dos gallos no podían estar dentro del mismo gallinero y había que apartar a Iglesias como François Mitterrand apartó a George Marchais cuando socialistas y comunistas acordaron gobernar juntos. El prosoviético salvó el rostro diciendo que el líder de un partido como el PCF no podía comprometerse en un Gobierno liderado por el líder de otro partido, en ese caso el PSF. Pero la conclusión fue que, hablando de gatos viejos, Mitterrand se lo llevó al agua. Y, por cierto, toda Europa y EEUU hicieron lo posible y lo imposible para que fracasaran. Porque, después de todo, antes, como ahora, ¿cómo va la OTAN a trazar plan secreto alguno o qué va a pasar con lo que se decida de verdad con la política fiscal, o la emigración, o las guerras sucias contra el terrorismo, o la lucha contra los independentistas si está al tanto Podemos nada menos que desde dentro del Consejo de Ministros?

Otra razón más para hilar fino, debió decirle Sánchez a Redondo. De modo, que estaba claro. No había que dar ninguna puntada sin hebra.

Y así empezó el proceso de negociaciones. Hasta Macron colaboró contra Albert Rivera descalificando su colaboración con Vox. Incluso se consiguió dejar claro que los términos Rivera e ideales no conjugan. Y se ayudó a romper Ciudadanos desde las raíces ahogándolo con demasiada agua, un poder ofrecido que se despreciaba porque, para Rivera, lo importante era el poder. Pero no cualquiera. El del número uno.
En fin, que sólo el hecho de que se vaya a constituir por primera vez un Gobierno de unidad de la izquierda en la España democrática, en contra de todas las presiones y con el horizonte abierto a la celebración de una legislatura marcada por “el juego raso y la patada al cuello” del centro derecha, hace especialmente transcendente este debate. Porque será la primera investidura del periodo democrático postfranquista en que el candidato -en este caso Pedro Sánchez- saltará al semi ruedo del hemiciclo dispuesto a hacer Historia de la grande, con mayúscula, que tiende a decirse. Por eso, aunque no lo tenga todo atado y bien atado, como diría Franco, no acaba de creérselo del todo. ¿Por qué? Pues porque, sencillamente, va iniciar un periodo que romperá todos los esquemas, a lo José Tomás (y perdonen tanta alusión torera, pero es que la copla podría titularse “Romance de Valentía”, como la canción de la Piquer).

Pero es evidente que el líder del PSOE y presidente en funciones acude al Palacio de la Carrera de San Jerónimo menos tranquilo de lo que aparenta. Por más que sonría, sabe lo que se juega. Tanto que ya ha puesto su suerte en juego tirando el dado de la fortuna, ese acto lúdico al que se refirió Julio César, según Suetonio, cuando hizo célebre la frase “Alea iacta est” al cruzar el Rubicón hacia la Galia Transalpina desobedeciendo las órdenes del Senado y provocando la guerra civil contra Pompeyo y los “optimates”.

Con habilidad poco dicharachera, Sánchez nos ha hecho creer que iba a esperar a una segunda ronda de consultas en septiembre confiando en que, para entonces, las legumbres se habrían ablandado en el puchero por temor a que, si no cedían, volverían a repetirse la elecciones el 10 de noviembre, que es la fecha que él eligió desde que puso en marcha la operación diseñada junto a su maquiavélico asesor Iván Redondo.

Una operación que le permitirá ser presidente y evitar al tiempo el ascenso de su gran rival, Pablo Iglesias, a quien anula en gran parte. Y sobre todo, a quien le impedirá ser el líder oculto de un bloque que podría hacerle daño de verdad en su terreno de la izquierda, formado con ERC y otros grupos de la izquierda independentista.

Es un temor de Sánchez no solo fundamentado en lo que pueda pasar tras la sentencia del procés, como han señalado destacados dirigentes socialistas. Sobre todo porque el presidente piensa que la sociedad catalana, más allá de la posibilidad de una convocatoria electoral inmediata del tándem Puigdemont-Torra, (la famosa “respuesta de país”, que descarta), no irá más allá de un par de días de huelgas generales y movilizaciones perfectamente asumibles, incluida la del Once de Septiembre si la sentencia es anterior.

Lo que Sánchez teme y quiere evitar, atrayéndolos a su lado, es que Podemos forme un bloque parlamentario de 61 diputados (42 de Podemos, 15 de ERC y 4 de Bildu), al que pueden sumarse diputados sueltos como el valenciano Joan Baldoví, que actúe conjuntamente en el futuro inmediato. Y no sólo sobre el debate  de la reforma constitucional y el derecho a decidir de las comunidades históricas (e incluso las no históricas si así lo desean), sino de cara a los Presupuestos, la derogación de la Reforma Laboral, la Ley Mordaza y un puñado de asuntos decisivos más como el cambio climático, por ejemplo, algo que le complicaría seriamente la gobernabilidad si a ello se le suma al acoso coordinado de PP, Ciudadanos y Vox. Por eso quiere atar corto a Iglesias dejándolo fuera de La Moncloa pero teniendo dentro a algunos de sus segundos, que no es lo mismo.

De hecho, cuando empezó a tantear la investidura, el presidente en funciones sabía que ERC apostaría por una abstención que le permitiera salir elegido el día 25 en segunda vuelta y que lo haría dejando el debate sobre el referéndum de autodeterminación para discutirlo en una Mesa Política posterior (incluso sin relator). Una Mesa como la que ya pudo haberse constituido cuyo punto de partida era la Declaración de Pedralbes, que fue donde se quedaron las cosas cuando se convocaron las generales por la no aprobación de los Presupuestos de este año. Pero también sabía que, a cambio, ERC quería que el PSOE pactase el Ejecutivo con Podemos acordando medidas sociales –y de infraestructuras- que pudieran justificar la abstención porque podrían ser aplicadas también en Catalunya, algo que podrían vender a sus seguidores como una salida aceptable frente a la posibilidad del retorno de la derecha. Esa conjunción de intereses le llevó a dar el enorme paso que va a dar en la historia de la España democrática.

La solución que ha adoptado no le gusta tanto como tener un Gobierno en solitario, por supuesto. Vamos, que no quiere que, como le pasó a Adolfo Suárez, haya en el Consejo Franciscos Fernández Ordoñez que salgan corriendo de La Moncloa para darle el parte con lujo de detalles a Felipe González (Iglesias en este caso). Pero es lo que hay. Y apuesta fuerte. Se arriesga.

De hecho, lo ocurrido hasta ahora ha obedecido a un plan. No es un proceso resultante de cómo se han ido produciendo las negociaciones. Sánchez ya eligió desde el primer día amenazar con la repetición de elecciones. Decidió que su investidura se votase el 23 porque es martes y, si no sale su elección (la ley no hace referencia a la segunda vuelta), empieza la cuenta atrás de las elecciones para que se celebren el domingo, 10 de noviembre. Y ha tenido en cuenta, escrupulosamente, los dos meses estipulados por la Constitución más los 47 (en lugar de los 54 señalados inicialmente), lo que ahora se permite en caso de repetición electoral. El resultado da justo para que la convocatoria fuese una semana después del puente de Difuntos.

Es más, aunque no parece que estuviese nunca en sus planes, la Constitución permite que se repitan elecciones sólo para el Congreso y, en consecuencia, podría reservarse la mayoría absoluta que el PSOE tiene en el Senado, imprescindible para aprobar o rechazar la aplicación del 155. Lo cierto es que Sánchez, en cualquier caso, pondrá sus dados en juego desde las 12 del mediodía de hoy, la hora en que se inicia el debate. Y que PP, Ciudadanos y Vox no cederán. Le roban su máxima más famosa. El “no” seguirá siendo “no”.

Por su parte, Sánchez confía en que su atrevimiento cale en la gente y que su política acabe llevándole a una mayoría más cómoda que le permita seguir siendo presidente otros cuatro años más en el futuro. Después de todo, adulado por su entorno y por los Hados, dicen los suyos, sigue confiando, a tope, en la flor que le orea el trasero. Y el valor, como ha demostrado, no sólo se le supone. Hoy lo volverá a demostrar contra todos los que temían que fuera capaz de hacer lo que va a hacer.

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