‘Pies descalzos’, el manga de la bomba atómica, cómic del verano

CUARTOPODER | Publicado:

Juan Ángel Juristo

Cubierta de 'Pies descalzos'.
Cubierta de ‘Pies descalzos’.

Coincidiendo con el 70 aniversario de la explosión de la primera bomba atómica en Hiroshima, DeBolsillo recupera Pies descalzos, publicando el primer tomo de cuatro del que es uno de los grandes cómics del siglo XX y desde luego el manga más reconocido fuera de Japón. Recomendar este cómic como lectura del verano es como recomendar Ulises o Berlin Alexanderplatz o La montaña mágica en el mundo de la novela, algo así como una obviedad tan desorbitada que hasta suena a chiste.

Pero el desconocimiento que hay en España respecto a este manga clásico y el hecho de que haya sido editado por primera vez en formato de bolsillo sólo unos días antes de la conmemoración de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki, nos ha movido a recomendarlo como lectura del verano, una lectura nada proclive al relajo que se le supone a la estación, antes bien es lectura acongojante, terrible, pero no estaría mal recordar que fue precisamente en este mes cuando se hicieron explotar en ciudades las dos únicas bombas nucleares utilizadas por ahora en una guerra. La excelencia del libro lo merece, y eso que este año lo teníamos difícil, ya que la calidad de la edición del cómic y de la novela gráfica están adquiriendo en España unos niveles óptimos, en agudo contraste con el de la edición de narrativa y ensayo donde están desapareciendo hasta los correctores.

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Cuando el verano se convierte en el protagonista

CUARTOPODER | Publicado:

Juan Ángel Juristo

Leyendo las consabidas listas sobre los libros de diferentes géneros que hay que leer en verano se nos olvida que esta estación ha sido, desde la Antigüedad, motivo temático. Es la estación del pan y la recolección después de la canícula, es cuando la luz, Apolo, no abandona al hombre, parece bendecirlo, rociándolo de rayos y apartando las terribles sombras de la noche, que en invierno se antojan eternas, a la vez que amenazantes. El verano es estación propicia a encantamientos, a la irrupción de la realización de los deseos, es, por eso, estación llena de promesas que la literatura ha hecho suyas en temas como el amor, la sensación de plenitud, el goce campestre…

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Las cinco novelas históricas del verano

CUARTOPODER | Publicado:

Juan Ángel Juristo

Desengáñense. La novela histórica ya no es, ni de lejos, lo que fue. Y no me estoy refiriendo a Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, o la trilogía del emperador Claudio, de Robert Graves, que en cierto modo prefiguró lo que es la novela histórica actual, o en el ámbito de la lengua española, Bomarzo, de Manuel Mujica Lainez. No. Es que Sinuhé el egipcio y El etrusco, de Mika Waltari, por no hablar de Quo Vadis?, de Henryck Sienkiewicz o Los últimos días de Pompeya, de Edward Bullwer Lytton, nos parecen logros literarios si los comparamos con la mayoría de novelas que se presentan hoy día.

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Las 6 mejores novelas de serie negra del año

CUARTOPODER | Publicado:

Juan Ángel Juristo

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Cubierta de la última novela de Petros Márkaris editada por Alfaguara.

El thriller es, junto a la novela histórica, el género más vendido y editado en la producción narrativa en España, y no sólo entre nosotros, sino que podríamos generalizar a gran parte de los países europeos y Estados Unidos. El género conoce un auge sin igual y bien puede decirse que una buena parte de los escritores más dotados de la actual narrativa utilizan el thriller, a veces de modo esporádico, pero las más de las veces como su género de referencia, el único en el que escriben. Se da la circunstancia, además, de que muchas veces se combina la calidad excelente con un gran número de ventas, algo que no sucede en otros géneros, y que puede tener su razón de ser en que el thriller ha tomado el relevo de la novela realista y de denuncia social de otros tiempos. Ya nadie escribe Berlin Alexanderplatz, pero sí un thriller que da cuenta del infierno social del paro y de la marginación social. Este año, por otra parte, hemos asistido a la previsible exageración de los recursos del género con la llegada de lo más gore en la novela negra nórdica mientras en los autores de tradición latina el género sigue moviéndose en una combinación inteligente de la denuncia social, caso de Márkaris, con elementos tomados incluso de la novela psicológica, caso de la última novela de Marcelo Luján. A nuestro juicio seis han sido las mejores publicadas este año por motivos incluso antitéticos, seis que han dejado huella en la pasada Feria del Libro de Madrid. Leer más …

El poeta de Kalami

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Elvira Huelbes

La Casa Blanca de Lawrence Durrell en Kalami, localidad costera de la isla griega de Corfú. / lawrencedurrell.org

Alguien habrá estudiado las razones que empujan a ilustres británicos a escapar de su país y no desear volver a pisarlo en toda su vida. O casi. Le ocurrió a Gerald Brenan, don Geraldo, que adoptó la tierra de Málaga como residencia y quiso morir en ella, a pesar de la oposición de la familia. Le pasó a Lawrence Durrell, desde luego, quien ni siquiera tenía pasaporte británico. A lo largo de la historia moderna, montones de británicos han ido abandonando su patria con el pretexto de explorar nuevas regiones, particularmente, la región mediterránea que es la que más les gusta. Las gentes del turismo saben que las mejores playas del Mediterráneo, las costas más bellas, fueron descubiertas por británicos renegados que las habitaron y disfrutaron durante siglos, desde las primeras escaramuzas viajeras de los impertinentes del XVIII hasta nuestros días.

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Moshe Dayan o las dos caras de Israel

CUARTOPODER | Publicado:

Félix Bornstein

Imagen de archivo de Moshe Dayan. / Wikipedia

“Los sueños pueden ser agradables, pero uno tiene que vivir en la realidad”. Con esta sentencia cierra Moshe Dayan (Degania, 1915-Tel Aviv, 1981) el capítulo de su autobiografía dedicado a la Guerra del Yom Kippur (octubre-noviembre de 1973). El mayor sueño de Israel –su anhelo de seguridad y reconocimiento por sus vecinos–, en apariencia consumado después de su fulgurante victoria (junio de 1967) en la Guerra de los Seis Días, resultó efímero. La euforia de los israelíes terminó pocas semanas después del Día del Perdón de 1973, cuando fueron sorprendidos en los campos de batalla por los ejércitos de Egipto y Siria. A pesar de su arraigo definitivo en la vieja Palestina y de su balance exitoso en la cultura y la economía de la región, en el otoño de 1973 Israel despertó con amargura del sueño juvenil que le había donado la imagen de ser un pueblo conquistador de islas; la realidad doblegó el afán de los que, habiendo sido por mucho tiempo marionetas del Destino, enderezan su voluntad y por fin se valen por sí mismos –o eso creen- entre los muros fortificados de su ciudad. Israel y los otros

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Manguel: la apoteosis de la obviedad

CUARTOPODER | Publicado:

Juan Ángel Juristo

Cubierta del libro de Alberto Manguel.

Alberto Manguel es un profesor canadiense de origen argentino que ha hecho de la indagación en el fenómeno de la lectura su particular modo de presentación, buscándose un hueco, en el mundo de la cultura mediática. Lo ha conseguido con creces. Su último libro, El sueño del rey Rojo. Lecturas y relecturas sobre las palabras y el mundo, publicado por Alianza Editorial, es una nueva andanada de razones de todo tipo en torno al fenómeno de la lectura. Para Manguel ésta nos hace mejores. Para mostrarlo ahonda en toda clase de razones a lo largo de más de quinientas páginas.

Manguel es, además, un autor que siempre ha tenido muy claro lo que significa el moderado ejercicio de la fascinación, núcleo primigenio de la propaganda moderna. Leyendo sus páginas, cargadas de buenas intenciones, uno no tiene más remedio que rendirse hacia aquello que nos promete: si leen serán mejores porque, además, leer nos cambia, y eso siempre es bueno. Decir esto, así, al desnudo, puede ser motivo de disputa, de discusión, es cuestionable a simple vista porque no deja de ser una afirmación que suena bien pero que la realidad nos demuestra de continuo que no es así, pero desplegarlo a lo largo de más de 500 páginas enmascara hasta el límite de lo permitido la falta de argumentos en que se sustenta.

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Alemania y Japón. El precio de la culpa

CUARTOPODER | Publicado:

Félix Bornstein

Portada de 'El precio de la culpa'. / duomoediciones.com

Los actos injustos contra la dignidad de los seres humanos no se desvanecen con el paso del tiempo. No sólo son una pieza de la crónica histórica y de la estadística de la barbarie. Siguen vivos. Porque, desgajándose de los inventarios sociales, la memoria personal de los sucesos que rompieron la vida de quien los narra escapa de su dominio privado hacia otro círculo más amplio, en un diálogo entre generaciones donde los crímenes de los verdugos y el sufrimiento de sus víctimas adquieren una dimensión que compromete, convirtiendo el pasado en instancia moral vigente, la conducta de toda persona de bien. La transmisión de algunos recuerdos puede alcanzar, incluso, la condición de emblema del sufrimiento humano que, aún renovado todos los días por la guerra, el hambre o las enfermedades evitables y actuales, debería ser desterrado del comportamiento político y social. De la actividad de todos nosotros.

Hace unos años recibí una de esas imágenes imborrables. Está recogida en el manuscrito “The Sovereings”, algunos de cuyos fragmentos fueron publicados en 2006 por el historiador Martin Gilbert. “The Sovereings” narra los recuerdos de adulto de Eric Lucas, un judío alemán de la aldea de Hoengen, que apenas era un adolescente el 10 de noviembre de 1938, fecha de la Kristallnacht. Poco después, como a tantos otros niños judíos, las autoridades nazis permitieron a Eric abandonar Alemania. Así cuenta la despedida de su familia antes de sonar el pitido del tren que le conduciría a Inglaterra: “Allí estaban mi padre y mi madre. Un hombre viejo, pesadamente apoyado en su bastón y con su mano entrelazada con la de su mujer. Era la primera y la última vez que les había visto llorar a los dos. De vez en cuando, mi madre extendía la mano, como para asir la mía, pero luego la dejaba caer, consciente de que no podría alcanzarme. ¿Podrá el mundo justificar alguna vez el dolor que ardía en los ojos de mi padre? Los ojos de mi padre eran amables y suaves, pero estaban inundados de lágrimas de soledad y miedo. Eran los ojos de un niño que busca la bondad del rostro de su madre y la protección de su padre. Cuando el tren salió de la estación para llevarme hasta lugar seguro, apoyé la cara contra el frío cristal de la ventana y lloré amargamente. Quienes han cruzado el Canal huyendo del miedo a la muerte y en busca de seguridad pueden comprender lo que significa esperar a quienes están al otro lado, anhelando cruzarlo, sabiendo que nunca llegarán a estos acantilados blancos que se ciernen sobre el agua”. Los padres de Eric fueron asesinados tres años más tarde.

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Los libros tienen su destino

CUARTOPODER | Publicado:

Juan Ángel Juristo

Portada del libro.

Hace unos cuatro años un amigo, Manuel Ortuño,  que es editor, me pidió que le trajera de Roma, Totta colpa di Tordelli, un libro que causó en su momento un cierto revuelo en Italia y que publicó una editorial de clara tendencia anarquista. El libro trataba del rechazo editorial y de los tejes y manejes, de la corrupción un tanto tonta y miserable, que afecta al mundillo de los libros. El autor había puesto varios señuelos al crítico más eminente de Italia y a muchos grandes editores y, finalmente, reprodujo las cartas que unos y otros le habían mandado, cartas en las que se transparentaba la mala fe y, sobre todo, el desprecio con que era tratado aquel que mandaba un manuscrito. Hay que decir que lo que impactó al mundillo cultural italiano no eran las consecuencias que tales rechazos pueden provocar, al fin y al cabo el mundo es así, ni siquiera la endogamia un tanto cochambrosa que de la cosa se colegía, no, lo que escandalizó fueron los cargos atribuidos al gran crítico y que dejaban transparentar sus chanchullos. En una palabra, lo que el libro quiso denunciar se convirtió, o tempora, o mores, en un arma arrojadiza sobre el afamado crítico, y poco más, pasando a mejor vida aquello a lo que se quería poner en solfa. Hay que decir que del libro ya no se acuerda nadie y si se le recuerda a alguien de la pomada romana, que es como decir la pomada de las pomadas, se limita a sonreír con cierta condescendencia y poco más, como diciendo, “con la que está cayendo en Italia y tú me vienes con estas”.

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Hay vida y hay Nueva York más allá de Paul Auster

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Anna Grau

Imagen de 'Éramos unos niños', de Patti Smith (Lumen).

Si hiciéramos una encuesta probablemente comprobaríamos que Paul Auster (junto con Federico García Lorca) es el autor más determinante en la idea de Nueva York que tienen más personas en nuestro vecindario. ¿Quién no se ha puesto a callejear como un poseso Manhattan arriba, Manhattan abajo, para sentirse como un personaje de Auster, elegantemente perdido y a la vez muy atento a una intensa subtrama de casualidades? ¿No nos propone este autor un estado de ánimo urbano a medio camino entre lo exótico y lo increíblemente familiar?

Los lectores más aplicados sin duda no habrán pasado por alto a autores como Philip Roth y Don DeLillo, que también llevan años extendiendo la alargada sombra de su visión neoyorquina por todas las librerías del mundo. Pero por lo que sea, estadísticamente se impone la Nueva York austeriana, el vago País de Nunca Jamás donde todo adquiere un ligero aire onírico, y a la vez reconocible de inmediato por cualquier turista ilustrado nada más asomar la cabeza fuera del subway.

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El ‘Diario’ de Hélène Berr

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Félix Bornstein

Portada de 'Diario'. (Ed. Anagrama)

Nunca había oído el nombre de Hélène Berr hasta una mañana en la que había quedado con mi amigo Álvaro T a compartir un café y unos minutos de conversación. Esa mañana, mediado el último mes de junio, Álvaro se presentó en la cafetería con un libro ilustrado en su portada con la fotografía de una muchacha de carita muy fina y sonrisa apacible enmarcada por un peinado “a la antigua”, de la época de nuestras madres. Mientras contemplaba ese retrato de estudio -un escorzo incompleto del rostro de Hélène Berr sobre un fondo sepia- escuché la voz de Álvaro: “Para ti. ¡Mira qué chica tan guapa! Escribe maravillosamente. Estoy seguro de que te gustará”.

A aquellos que piensan que la lectura es una actividad exclusivamente individual siempre les pongo el ejemplo, para sacarles de su error, de mi amigo Álvaro T, el zahorí de los libros, el rabdomante de mi placer más intenso, la lectura. Mejor dicho, el segundo placer más intenso, aunque el otro, el preferente…bueno, dejémoslo estar. Como Álvaro T, sea invierno o verano, siempre viste una gabardina (probablemente la misma de color gris con la que otra vez se presentó ante mí esa mañana), jamás puedo ver la varilla con la que –estoy convencido de ello- detecta los cambios electromagnéticos que se producen en mi flujo sanguíneo mientras hablamos de nuestros escritores favoritos. Pero él adivina esos cambios y como Álvaro se lo ha leído todo y además es muy buen amigo -es decir, sólo quiere ser generoso conmigo-, de vez en cuando aparece con un nuevo libro bajo el brazo, uno que le ha sugerido nuestra conversación anterior, y te lo regala. Álvaro siempre acierta y sus libros te parecen mejores cada vez.

Con el de Hélène Berr me ha sucedido lo mismo y en seguida les diré por qué. Pero antes déjenme que les diga que los poderes paranormales de Álvaro demuestran que la lectura no sólo no es la manifestación de un vicio delicioso de naturaleza estrictamente individual, como ya ha quedado sobradamente acreditado, sino, a mayor abundamiento, una actividad física susceptible de compensar la ausencia -e incluso de aventajar sus cualidades benéficas- de la actividad favorita a la que antes me refería cuando les confesaba mis gustos personales, tan comunes por lo demás, pero…bueno, dejémoslo así. La lectura quizás no sea sólo un acto sustitutorio de un bien llorado y perdido, sino una actividad primordial, un círculo que empieza y se encierra en sí mismo, una espiral…no lo sé. Sólo una apostilla: Álvaro T debe tener los mismos gustos, el literario…y el otro, que yo, pero su varilla oculta de radiestesista, de –como él mismo dice recordando sus años de profesor de literatura inglesa- “dowsers”, le debe servir también para, aparte de las literarias, detectar los cambios operados en otras fuerzas electromagnéticas, lo que hace de él, pese a sus no pocos años de cincuentón –como yo-, una especie de redivivo Conde de Saint Germain, convenientemente preservado en una bañera de formol durante la noche pero irresistible y seductor para las mujeres a horas de oficina, que, según dicen algunos, constituyen la ocasión más propicia al ligue. Bendito Álvaro, no cambies nunca si puedes permitírtelo y no haces daño a nadie.

De todos modos, en el caso de Hélène Berr la presciencia de mi amigo no le ha valido de mucho, pues su `Diario´ ha permanecido inédito hasta 2002, año en que su sobrina Mariette Job –autora del bello posfacio que cierra el libro- lo depositó en el Memorial del Holocausto de París. La primera versión en castellano ha sido publicada por Anagrama en marzo de 2009.

Hélène Berr era una joven estudiante de literatura inglesa en la Universidad de La Sorbona cuando el ejército alemán ocupó París en 1940. La vida le sonreía a sus veinte años y ella estaba dispuesta a bebérsela entera sin desperdiciar una sola gota. La invasión alemana no parecía preocuparle demasiado pese a su doble condición de vencida, la de ser una joven francesa y –lo que resulta mucho más sorprendente- una francesa de raza judía. Hélène, menuda y fuerte, está segura de sí misma, de su país, de su clase social y de su familia. Ni siquiera cuando los alemanes lanzan las primeras redadas sobre los judíos extranjeros refugiados en la zona ocupada de Francia y el régimen de Vichy les imita perdiendo el trasero y la decencia en el este y el sur del país, ni siquiera cuando empiezan a sonar los nombres terribles de Drancy o Pithiviers, los campos de concentración, las deportaciones, los trenes que salen hacia el Este desconocido y lejano…, ni siquiera en medio de ese trastorno lunático Hélène se muestra demasiado insegura por su abominable naturaleza de ser una muchacha de estirpe judía.

Hélène es el cuarto hijo del matrimonio formado por Raymond Berr y Antoinette Rodrigues-Ély, pertenecientes los dos a ricas familias judías asentadas de antiguo en Francia que han conseguido ascender hasta el penúltimo escaño de la alta burguesía del país, mucho más allá de su “articulación” como partes todavía reconocibles, con la fisonomía propia de los israelitas, en el cuerpo de la “gran sociedad” francesa. El último escalón lo subirán sus hijos si nada se interpone en el proceso natural que están recorriendo en esos momentos casi todos los judíos de Europa occidental hasta “su” estación de llegada, el punto fronterizo y sin retorno posible de la “asimilación” completa al medio en el que viven. Hélène, que es hija del director de una de las empresas químicas más importantes del país, vive rodeada de libros, frecuenta los salones musicales de París en compañía de sus distinguidos amigos –a los que suele invitar a alegres meriendas veraniegas en la villa familiar de Aubergenville, cercana a la capital-, estudia como lo que es, una alumna muy inteligente y sofisticada, y coquetea, coquetea constantemente con sus amigos y compañeros de La Sorbona hasta que conoce a Jean Morawiecki, un joven eslavo, hijo de diplomático, del que se enamora como una perdida hasta el centro más recóndito de su corazón, como les sucedía a las inocentes chicas de antes de la Guerra, sobre todo si eran de buena familia y de natural romántico.

Hélène Berr es, en definitiva, una “pija” adorable. Pero como “la vida es un vaso frágil de cristal”, según nos advierte la Biblia, algo ominoso –la cruz gamada- se interpone en el camino que -tal es la promesa que le han hecho sus padres- conducirá a la joven Hélène al futuro más risueño que quepa imaginar. Y lo que pierde esta delicada muchacha parisina –una vida rota y desgarrada por una horda de asesinos- lo gana, en forma de primicia inesperada (y desgraciadamente frustrada en su misma raíz), la literatura, la prosa de Hélène Berr, una maravilla que debe deletrearse con letras mayúsculas. La prohibición a los judíos de acceder al funcionariado (lo que en el caso de Hélène le impedirá realizar su sueño de convertirse en catedrático de Literatura Inglesa), las primeras redadas que afectan a su círculo judío y, como motivación fundamental, la conmoción que sufre por la deportación de su padre al centro de internamiento de Drancy, impulsarán a Hélène a anotar en su “Diario”, abierto el 7 de abril de 1942, el testimonio de lo que ve y siente en esas jornadas presididas por la catástrofe más asombrosa. Pero el asombro es aún superior en el lector de las páginas, delicadas, a veces coloreadas por una capacidad de abstracción y una profundidad psicológica impropias de la chiquilla de poco más de veinte años de edad que era la estudiante de La Sorbona Hélène Berr.

En su ‘Diario’, Hélène registra no sólo los acontecimientos de su íntima tragedia personal, cuantitativamente minúscula en el océano de fuego que abrasará los cuerpos y las almas de sesenta millones de seres humanos, sino lo que hoy, muchos años después de los hechos, nos acerca más a ella como lectores, como destinatarios innominados de su insólita confesión: la narración sublime de su vida que efectúa esta admirable muchacha, esa alternancia de la alegría y del espanto más incomprensible e insoportable para la razón a la que Hélène pone fin con las tres últimas palabras de la entrada, también la última, escrita el 15 de febrero de 1944, días antes de su detención y traslado a Auschwitz: “¡Horror!, ¡Horror! Horror!”.

Horror: una palabra que inspira una compasión que no lo explica todo. El lector no es un juez de conductas humanas, no es un moralista del pasado. El lector no debe olvidar, sin embargo, que la sinceridad de la literatura, como actividad humana, rara vez es absoluta. Hélène cuidaba de los niños huérfanos entregados a la UGIF, la organización impuesta a los judíos de la Francia ocupada para relacionarse con el agresor. Hélène insiste en su diario manuscrito que no le preocupa su suerte personal, que sólo está embargada por la piedad hacia el sufrimiento de los que poco después serán sus compañeros de destino. Lo cierto es, sin embargo, que su pertenencia a la UGIF pondrá entre sus manos un certificado especial, un posible talismán frente a la deportación y la muerte que los nazis han reservado a los judíos franceses en general, pero que puede admitir excepciones. No juzguemos a las víctimas forzosas del drama, pero tampoco seamos pacatos y obviemos el marco de la relación entre los judíos franceses y sus señores de raza aria. A quien desee información le recomiendo la lectura de Pierre Vidal-Naquet (“Los judíos, la memoria y el presente”. Fondo de Cultura Económica, primera edición en castellano de 1996), uno de los mejores conocedores de este asunto francés. Hélène Berr, en mi modesta opinión, no resulta completamente creíble aquí, es la única posible discordancia en un texto de una sinceridad abrumadora. ¿Qué motivo hay para el “disimulo” en las páginas íntimas de un diario? Además, ¿para qué o para quién se escribe un diario, cuál es su hermetismo “erga omnes” y más allá del conocimiento y la introspección de su autor? En este caso, lo único que sabemos con certeza es que el ‘Diario’ de Hélène llegó a las manos de su prometido Jean Morawiecki, que antes del final de su redacción había huido de París para alistarse en las filas de la Resistencia. Pero no hagamos más conjeturas que las estrictamente imprescindibles para ubicar el texto de Hélène en el planeta que le corresponde, el de la literatura vista en su proceso de creación subjetiva, nunca en el de las hipotéticas apreciaciones morales fuera de tono a cargo de un observador cómodamente instalado en su gabinete de lectura.

Hélène Berr murió en el campo de Bergen-Belsen, agotada, después de haber sido evacuada de Auschwitz en una de las siniestras “marchas de la muerte”. Pocos días después un grupo de soldados que hablaban la lengua extranjera más querida por Hélène liberaba el campo de Bergen-Belsen y levantaba entre sus muros la bandera del Imperio Británico. Hélène ya no pudo escuchar los versos de Shelley, uno de sus poetas románticos favoritos. Pero yo sí he podido escuchar este verano la voz de Hélène Berr, llevada aquí y allá por un viento sagrado que viene desde muy lejos para permanecer entre nosotros hasta la próxima locura que sobresalte a la especie y detenga otra vez el discurso –normal, ordinario- de la rueda del mundo. “Carpe diem”: disfrutemos de la vida mientras se nos conceda participar en su pequeño milagro cotidiano. Leer es vivir. Una vida que yo comparto con ustedes gracias a mi amigo Álvaro T.

‘In medio virtus’

CUARTOPODER | Publicado:

Félix Bornstein

El parecido de ambos retratos no parece casual, sino la voluntad hereditaria del señor que posa en la fotografía por entrar en la Historia de España ('Retrato de Gaspar Melchor Jovellanos', de Goya - Editorial Triacastela)

Todos hemos aprendido la lección que, a su pesar, nos enseñó el pobre e inexperto Narciso. Creernos los mejores del mundo, ofrecernos a los demás como modelos de inteligencia y rectitud, es una sensación muy placentera siempre que dibujemos nuestra imagen de manera prudente, al estilo de los mejores copistas. Narciso se ahogó en las aguas del estanque que reflejaban su bella efigie, en ese beso mortal de sí mismo que, exento de todo peligro, sólo está al alcance de los dioses. Los humanos, sin embargo, debemos andar con algo más de cuidado en pos de la ansiada inmortalidad y nuestra vanidad ha de ser, si se me permite la expresión, un “narcisismo de segundo grado”; una vanidad por mano interpuesta, algo así como una fotografía que sea la representación fiel del insigne antecesor -naturalmente ya desaparecido hace tiempo para que podamos fungir ante el mundo como sus herederos legítimos y no como rivales de tono menor- al que nos queremos parecer. Con esa etiqueta triunfaremos. Seguro. Incluso los pelmazos más irreductibles al sentido del ridículo, bien enfundados en esa escafandra aislante de la realidad que es una buena burbuja narcisista, pueden conseguirlo. Pondré un ejemplo de esta patología utilitaria detrás del breve recuerdo que sigue. Leer más …

‘La vida entera’

CUARTOPODER | Publicado:

Félix Bornstein

Portada del libro.

Cuando un judío europeo viaja a Israel siente una alegría específica, algo así como una felicidad vicaria que el viajero paladea en nombre de sus abuelos, a los que jamás se les dio la oportunidad de conocer el país. Ese viajero experimentará el sabor insólito de fundirse con la multitud de miembros de una comunidad a la que de alguna manera él también pertenece, aunque sea nacional de  otro Estado, y escuchará una voz interior, durante tanto tiempo reprimida, que le dirá: “aquí somos mayoría”. Esa voz no le sonará a una manifestación de poder, sino sólo de estricta libertad, pues el ángel de la Historia le habrá conducido a un lugar en el que, por fin, los judíos no tienen que dar explicaciones de por qué son lo que son ni pedir el permiso de nadie sobre la forma de organizar sus vidas.

Pero si ese viajero no es un necio ni un fanático, si se entiende a sí mismo como una cajita en la que han caído no una sino varias identidades, y que todas ellas pueden ser compartidas; en suma, si antes que judío sabe que es un ser humano, sentirá también que su felicidad es un cuerpo amputado, que a su dicha le falta un brazo o una pierna. Porque notará enseguida, como si fueran la sombra de esas presencias judías, los ecos apagados de otra justicia, el hueco dejado por los ausentes. Si sale de la llanura costera y viaja a Abu Gosh o a las colinas de la alta Galilea sentirá de lleno el pálpito tan poco parecido al judío de sus habitantes arabo-israelíes. Algo es algo, se dirá, pero mucho más difícil le resultará saber lo que ocurre en el “triángulo samaritano”, en poblaciones palestinas como Jenin o Nablús, o en ciudades cercanas al río Jordán, como Jericó, ocupadas por Israel, aunque tendrá más posibilidades de acceder a ellas que los propios israelíes, pues éstos lo tienen prohibido por su Gobierno para evitar que, si son secuestrados, se conviertan en lucrativas monedas de cambio. Y el sonido del diapasón cesará hasta convertirse en el silencio absoluto que, para el exterior, reina en la Franja de Gaza.

Sobre este triple silencio, más o menos acusado, ha construido David Grossman (Jerusalén, 1954) su última novela –La vida entera–, publicada entre nosotros por Lumen (1ª edición, marzo de 2010). Sobre esos silencios y el mucho más doloroso que ha sido para Grossman la muerte en combate de su hijo Uri, abatido en El Líbano el 12 de agosto de 2006, ha erigido el autor la presencia judía de los protagonistas de su novela, la vida entera de una familia corriente de Israel desquiciada por la desgracia inevitable, por el suceso previsible que es la muerte brutal en un país asolado constantemente por la violencia y la guerra.

Grossman es israelí y por tanto es parte, y no juez, en el ya demasiado antiguo litigio que sufre su minúsculo país. Pero la honradez, literaria y personal, de este extraordinario narrador de ficción (Véase: amor, una novela juvenil sobre la “Shoah”), y cronista (El viento amarillo, sobre la primera Intifada palestina, o Presencias Ausentes, sobre la desposesión de la tierra sufrida por muchos árabes israelíes), es el más sólido puente de contacto con los otros. Grossman no ha caído en la hipocresía, paulina, jesuítica y en el fondo tan etnocéntrica y occidental de ser la voz impostada del otro, una boca más de los profesionales del ideal (en interés propio, claro), que se están ganando el Cielo a pulso. Grossman no habla de lo que no puede conocer a fondo y hasta la médula, como es el sufrimiento ajeno. Grossman sólo habla de su sufrimiento, pero ni impugna ni pone sordina al de los demás, aunque sean los enemigos de su Estado.

La vida entera no es, sin embargo, una novela política o una crónica periodística sobre la violencia que ha desgarrado a un país del Oriente Cercano y que ha saturado ya demasiado la retina y los oídos de numerosos lectores. Es cierto que el silencio de la pérdida y la muerte es, paradójicamente, la caja de resonancia sobre la que Grossman tiende su argumento, la historia de una familia de tantas, feliz a ratos, desdichada casi siempre, por los méritos y desventuras de sus miembros. Al lector de cualquier geografía no le costará ningún esfuerzo reconocer a los personajes, tampoco en verse como un testigo incómodo y conmovido de la desnudez íntima de los actores de la novela, de la credibilidad humana de unos padres y sus dos hijos, quizás tan comunes y vulgares, y también tan heroicos y soñadores, como ese testigo.

Porque sobre la realidad pública y específica de Israel que encarnan personajes como Sami, el taxista árabe israelí, o los palestinos sin nombre que reciben auxilio clandestino de sus compatriotas en una escuela de Jaffa, se levanta la voz privada de Ora, la mujer abandonada por su marido y el mayor de sus hijos que intenta proteger de la muerte a su hijo pequeño, Ofer, en una partida que ella misma sabe que está perdida de antemano. Ora, un personaje inolvidable destinado a entrar con pleno derecho en las mejores antologías de la literatura moderna, es la consagración definitiva del David Grossman más “femenino” en su ya dilatada carrera en busca de la compasión y la piedad. La “femineidad” de Grossman no es un recurso manido, ni un alarde publicitario para captar más lectores. Es, según yo lo veo, un atributo inquietante sobre la capacidad de indagación de la voz literaria, sobre el enigma sexual de la potencia y profundidad del relato de ficción según el género, y sobre “la posible comunicación” de esta virtud literaria desde lo femenino hacia lo masculino. Me gustaría que alguien me ilustrara al respecto, please. Le estaré muy agradecido si me ayuda a salir de mi desconcierto.

Finalizo: David Grossman nos ha dado el mejor argumento, la mejor justificación de los últimos tiempos del oficio de escribir. Nos lo donó en forma de artículo periodístico en la revista mexicana Letras Libres, en uno de sus números del año 2008. Si tienen ocasión, les aconsejo que no se lo pierdan. Lleva por título, precisamente, “Yo escribo”. Entre sus líneas se cuelan otra vez, de manera inevitable, la presencia y la vida de Uri, el hijo muerto cuando apenas tenía veinte años.

Cinco libros de poesía para acabar el verano

CUARTOPODER | Publicado:

Juan Ángel Juristo

Con la poesía entramos en territorio de alto riesgo. Se publican tantos libros, las editoriales son tan pequeñas en cuanto a volumen de producción y presencia que no es nada fácil estar al día, son tan celosos los poetas de su propia obra, y hacen bien, que si a eso añadimos las banderías, las marcas de cada tribu, realizar una selección, y encima reducida, de los mejores libros para este verano se hace opinión de alto riesgo.

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‘Ven y pon un centinela’, la otra literatura de desecho

CUARTOPODER | Publicado:

Juan Ángel Juristo

Cubierta de la obra de Harper Lee.Con esta denominación no apelamos a la literatura que hay que desechar sino a la que desechan sus propios autores por innumerables motivos. Y aquí cabría hablar desde la obra de Kafka, que felizmente Max Brod, haciendo caso omiso a los deseos del propio escritor, publicó, a Lolita, de Nabokov, cuyo manuscrito ,Vera, su mujer, rescató de la chimenea en chamuscadas fichas cuando el escritor, desesperado, creía haber parido algo que no terminaba de convencerle, y estoy rememorando a botepronto porque los ejemplos son muchos, algunos tremendos. Pero en realidad la cosa a la que me estoy refiriendo no alcanza tan altas cumbres sino que, más modesta, se refiere a esas novelas que sus autores dejan dormir durante decenios en sus escritorios y algún familiar, aprovechando su estado de salud o, más fácil, que el escritor lleva muerto ya algún tiempo, publica con ánimo manifiestamente crematístico, aprovechando antiguas famas y calidades contrastadas por público, crítica y tiempo.

Este verano, por ejemplo, nos ha llegado desde Estados Unidos la buena nueva de que Harper Lee, la escritora que ganó un Pulitzer con Matar a un ruiseñor, y que llevó al cine Robert Mulligan en 1962 en sonada interpretación de Gregory Peck y Mary Badham, un Attichus Finch al que nadie osaría quitarle el rostro del actor y sus suaves y decididas maneras, se había casi estrenado de nuevo como escritora con la publicación de Ven y pon un centinela, Go Set a Watchman, segunda parte de aquella legendaria novela, o mejor, primera versión de la que luego llegaría al lector con el título de Matar a un ruiseñor, y que llevaba cincuenta años en el secreter de la escritora.

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Grey, la apoteosis de la literatura de desecho

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Juan Ángel Juristo

Portada de 'Grey'.
Portada de ‘Grey’.

El comienzo del libro es espectacular, quiero decir, espectacularmente malo, y uno estaría dispuesto a creer que es una broma, al estilo de los desmadres de Ubu Roi, de Alfred Jarry, si no supiera que está escrito en serio: “Tengo tres coches. Van muy rápido por el suelo. Muy, muy rápido. Uno es rojo. Otro es verde. Otro es amarillo. Me gusta el verde. Es el mejor. A mami también le gustan. A mí me gusta cuando mami juega con los coches y conmigo…” Así comienza el libro, escrito en cursiva. Enseguida nos damos cuenta de que nos cuenta un sueño que tiene Christian Grey y que se le aparece su fantasma de niño, al modo de una especie de Rosebud wellesiano, de ahí ese lenguaje deliberadamente infantil del comienzo. Veamos cómo se despierta este ciudadano, en este momento dejamos la cursiva: “ Abro los ojos y mi sueño se desvanece en la luz de primera hora de la mañana. ¿De qué narices iba todo eso? Intento atrapar algunos fragmentos, antes de que desaparezcan pero todos se me escapan. Me olvido del sueño, como hago casi todas las mañanas, salgo de la cama y busco unos pantalones de chándal recién lavados en el vestidor. Fuera, un cielo plomizo augura lluvia, y hoy no estoy de humor para mojarme. Decido ir al gimnasio de la planta de arriba, enciendo el televisor para ver las noticias de economía de la edición matinal y me subo a la cinta de correr”.

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Las cinco mejores biografías españolas de escritores

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Juan Ángel Juristo

Aquellos_años_del_boom_biografías
Cubierta del libro de Xavi Ayén.

El género biográfico está de moda entre nosotros. Ya era hora. Hasta hace pocos años uno tenía que conformarse con las famosas, legendarias, que nos venían sobre todo de la espléndida tradición anglosajona del género o de las francesas, también pero en menor medida las alemanas. Los ejemplos podían darnos para rellenar páginas, pero convendría recordar a botepronto la de Henri Troyat sobre Tolstoi, dos tomazos en Bruguera, la de Richard Hellmann sobre Joyce, en Anagrama, la de Georges Painter sobre Proust, dos tomos en Alianza, o la de Joseph Blotner sobre Faulkner, otros dos enormes tomazos en Destino, o la de Brian Boyd sobre Vladimir Nabokov, en Anagrama, otros dos volúmenes donde es requisito necesario ser un apasionado del escritor ruso norteamericano, o la de Hermann Kurtzke sobre Thomas Mann en Galaxia Gutenberg Círculo de Lectores, o las que de Shopenhauer, Heidegger o Goethe ha escrito Rüdiger Safranski, todas publicadas en Tusquets. Pero siguiendo este ejemplo son cada vez más los biógrafos españoles que, tras años de investigación rigurosa, publican obras del género que no tienen nada que envidiar a las de sus colegas americanos y europeos. Como el verano es propicio a indagar en vidas ajenas, damos a continuación una lista de las mejores biografías aparecidas en nuestro país sobre escritores españoles y foráneos. Es la globalización. Leer más …

Los cuerpos viles del cine

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Juan Ángel Juristo

Cubierta del libro.

Es este un libro insólito por lo que tiene de añadidura dramática en un género inusual: el ensayo. Pero, por otro lado, define con acierto la concepción y el destino mismo que el autor tenía  de que lo  debe ser un ensayista actual, como si en buena parte los deseos más íntimos y la prosa razonada se hubiesen dado la mano en una simbiosis no por querida y buscada menos hallada: la feliz conjunción entre ensayo y narrativa. Doménech Font llevaba tiempo queriendo hacer un libro sobre sus directores y películas favoritas siguiendo la estela del tratamiento del cuerpo en el cine. Del encuentro con el editor de Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores salió la idea de escribir el libro que ahora es motivo de estas líneas. Pocos días después al autor se le diagnosticó un cáncer y durante años, mientras seguía el tratamiento de quimioterapia, escribió el libro. Cuando estaba a punto de rematarlo, murió. Gracias a la labor de Carlos Losilla, que se ha encargado de la edición, ha sido posible, sin embargo, reconstruir con los materiales e instrucciones dejados la última parte del volumen. El resultado es este Cuerpo  a cuerpo. Radiografías del arte contemporáneo, recientemente publicado por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, un libro que puede ser calificado como el testamento intelectual de Doménech Font, un estudioso sagaz del fenómeno del cine y a quién se deben libros como Cine europeo 1960-1980, amén de un estudio sobre Michelangelo Antonioni y un bello ensayo La noche del cazador, sobre la inquietante película de Charles Laughton.

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Mohamed Chukri: Tánger no era una fiesta

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Juan Ángel Juristo

Cubierta del libro de Mohamed Chukri.

Se acaba de publicar Paul Bowles , el recluso de Tánger, con prólogo de Juan Goytisolo, libro que forma parte de la trilogía de Mohamed Chukri consagrada a sus experiencias con escritores famosos y que fueron amigos y amantes suyos, por parte de la Editorial Cabaret Voltaire, casa que ha llegado a un acuerdo entre la traductora Rajael Boumediane el Mentí y el hermano de Chukri, Abdelaziz, para publicar gran parte de la obra del autor de El pan desnudo, novela que causó un considerable escándalo cuando se publicó, en Marruecos hubo que esperar al 2000 para que la obra se viera editada, y que volverá  a ser publicada este octubre en castellano con el título de El pan, por haberlo querido así Goytisolo, autor que vivió en Tánger unos años, fue allí donde pergeñó La reivindicación del conde don Julián, y conocedor de primera mano de todo ese mundillo del que habla Chukri en el libro.

El libro causó cierta sensación cuando fue publicado, se trata de una recopilación de pareceres que data de 1996, igual que los otros tomos que completan la trilogía, el dedicado a Tennessee Williams y el correspondiente a Jean Genet, y le costó al escritor marroquí no sólo la amistad de Paul Bowles sino cierto ostracismo por parte de ese grupo, extenso y, por lo tanto, peligroso, no tanto por el número de componentes que lo formaban sino por la influencia sobre el entorno cultural, del momento, tan determinante que bien podría decirse que ese entono cultural era ellos mismos. La cosa llegó  a tal extremo que el mismo Chukri consideró que había matado  a su segundo padre, ya que la colaboración entre el autor de El cielo protector y Chukri llegó a  extremos de una intimidad muy intensa, veinticinco años de amistad, y fue el mismo Paul Bowles el que le tradujo Por un trozo de pan, título inicial de la autobiografía de Chukri que más tarde se publicaría con el membrete de El pan desnudo.

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‘Hic sunt leones’

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Juan Ángel Juristo

Cubierta del libro de Reverte.

En el imaginario europeo, África siempre representó la oscura matriz de nuestros orígenes. Poco importa que los distintas épocas cambien el interés de lo que allí se cobraron, animales salvajes y esclavos en la Roma Imperial; animales salvajes y esclavos y materias primas a partir de los siglos XVII y XVIII, explotación de materias primas, caza masiva de animales salvajes, ocupación territorial y exterminio de la población sobrante, ese horror de que hablaba Joseph Conrad, en el siglo XIX, explotación de materias primas y guerras interminables en el siglo XX, explotación sistemática de materias primas con la entrada de nuevos inquilinos, los chinos, en el siglo XXI… el caso es que África sigue fascinándonos por su máscara de madera, su tótem incomprensible, sus arenas rojas, la crueldad de su naturaleza y, sobre todo, su carácter mágico, animista

Ese carácter nos puede porque el racionalismo se siente impelido gracias a su existencia a la contemplación del abismo: nada más tentador, en principio. De esa fascinación, además, se aprovechó bien sir Vidia Naipaul en su último libro, La máscara de África donde daba cuenta de un continente sin remedio que iba directo al abismo. Como era previsible, levantó ampollas. De aquello dimos cuenta sobrada en cuartopoder.es en su momento.

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Tolstói forever

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Juan Ángel Juristo

León Tolstói en 1908 / Wikipedia

Cualquier novela de León Tolstói que se publica ahora, sin tan siquiera la mayor parte de las veces con la excusa de una nueva traducción, es motivo de encendidos elogios por parte de muchos lectores y desde luego, críticos, hasta el punto de caer en una suerte de sugestión colectiva, algo que pasa en contadas ocasiones, tan pocas, que salvo Shakespeare, Dante, Goethe, Cervantes o Víctor Hugo, se cuentan con los dedos de la mano los autores que han conseguido tamaña condición. En noviembre del  pasado año se celebró el centenario de su muerte y aquello dio motivo a que muchas editoriales volvieran a desenterrar sus viejas tiradas del escritor ruso que, bien o mal, tenían una salida lenta pero continua. Tolstói, es verdad, y al contrario de muchos clásicos, nunca ha dejado de leerse. Así que durante ese pasado año muchos lectores tuvieron la oportunidad de descubrir o volver a toparse con la gigantesca creación de uno de los grandes de la novela. De Guerra y Paz se desempolvaron ediciones no muy viejas, porque de un tiempo a esta parte han surgido traducciones nuevas, algunas nada del otro mundo pero muy bien publicitadas; de Ana Karenina, al fin y al cabo en el imaginario popular pasa por ser una de las grandes historias de amor de todos los tiempos, ¿cómo negarlo?, se publicaron excelentes versiones aparte de las estupendas que ya existían, y de algunas narraciones como Hadjid Murat, aprovechando el conflicto checheno, se llegaron a establecer comparaciones que hacían de Tolsói uno de los escritores más complejos de los últimos tiempos.

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A vueltas con la cuestión judía

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Elvira Huelbes

Portada de la obra de Roudinescu. / anagrama-ed.es

Se propone la autora de este libro, historiadora y psicoanalista francesa, responder a la pregunta de quién es antisemita y quién no, recurriendo a la literatura crítica e histórica francesa sobre la identidad de los judíos. Estudiar y comentar desapasionadamente esos textos para desterrar del debate intelectual las insensateces y los insultos que están a la orden del día. Una empresa ambiciosa.

Parte Elisabeth Roudinesco de que el laicismo de las instituciones francesas hizo creer al mundo que las amargas acusaciones contra los judíos en otras partes no iban a darse en suelo francés. Sin embargo, admite que las primeras tesis antisemitas surgieron en Francia hacia 1850, tesis que ella considera han sido el “motor de una revolución de la conciencia judía”. Claramente: si se meten contigo porque eres de un grupo determinado, acabas desarrollando un radical sentido de grupo.

Diez años más tarde, en 1860, el adjetivo “antisemita” lo usó por vez primera un eminente judío orientalista de Bohemia, Moritz Steinschneider, del que confieso no haber oído nada jamás. Con ese epíteto, quiso referirse al prejuicio que se iba extendiendo contra los hijos de Sem, que, entre otras lindezas insistía en las taras culturales y raciales que padecían estos pueblos.

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Autores, libros, aventuras

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Elvira Huelbes

Portada del libro.

Para los amantes de la literatura en lengua alemana de los años que rodean la primera guerra mundial, este librito de Kurt Wolff, subtitulado: Observaciones y recuerdos de un editor, seguidos de la correspondencia del autor con Franz Kafka, es una golosina. Es el editor de Kafka, Max BrodGeorg TraklRobert WalserFranz WerfelKarl Kraus… judíos de la actual Chequia, si exceptuamos a Trakl, que  nació en la capital del imperio, Viena, y a Walser, un suizo peculiar. Y de otros nombres, famosos en su época, que no han trascendido en español, como Karl Sternheim, autor del ciclo dramáticoDe la vida heroica burguesa.

También imagino el placer que habrá supuesto publicarlo para la ejemplar editorial Acantilado ya que supone un espaldarazo a  las editoriales pequeñas y genuinas en su lucha en favor de la literatura, en medio del marasmo editorial de “productos” lucrativos que invaden todo.

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Trabajar cansa

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Portada de 'Los cuentos' (Ed. Lumen)

Un 26 de agosto de hace sesenta años, un hombre joven, un poeta italiano, romántico y obsesionado por el fracaso al que considera acompañante infalible casi desde su tierna infancia, se quitó la vida. Dicen que en la mesilla de noche de la habitación del hotel Roma de Turín, junto a su cadáver, dejó su libro Diálogos con Leucó (1947).

Esos pocos datos fueron suficientes para adentrarme en los escritos de Cesare Pavese, en aquel entonces cuando la vida era más sencilla y las horas, elásticas. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos/ -esta muerte que nos acompaña/ de la mañana a la noche, insomne,/ sorda, como un viejo remordimiento/ o un vicio absurdo-.

Llegué a Pavese, como suele suceder en la tardía adolescencia, por consejo de un amigo, y me aficioné a él por la lectura de sus escritos ensayísticos, El oficio de vivir (1952), La literatura americana y otros ensayos (1951), que en español llegó como El oficio de poeta (1957) y la Correspondencia. Me parecía un escritor muy acertado en los títulos: Lavorare stanca (1936), qué buena idea titular así un libro de poesía.

La editorial Lumen ha sacado los cuentos de Pavese, todos juntos, en una traducción impecable y bellísima de la gran Esther Benítez, desaparecida hace ya nueve años. Son cuentos escritos en su estilo estricto, donde sólo hay lenguaje, como él mismo afirmaba de la literatura buena. La creación de todo un mundo por las palabras, sin trucos, como en la breve descripción de mañana fresca, en la que “una gran luz fría llenaba los cristales”, de Fidelidad, uno de los magníficos cuentos recogidos en este volumen.

Abundan en CP los títulos de una sola palabra, como si no quisiera revelar mas detalles, aunque resulta que son tan acertadas que lo revelan casi todo en un solo golpe: Insomnio, Despertar, Años, Suicidios, Vocación, Amigos

CP había aprendido a escribir leyendo a los grandes de la literatura norteamericana a los que luego tradujo largamente. Sus amados Steinbeck, Faulkner, Hemingway le aclararon el camino del oficio de escribir. Su amistad con Giulio Einaudi y con Leone Ginzburg, que moriría años después, en 1944, a manos de los nazis, fraguó en la fundación de la editorial Einaudi, en 1937, que era más que una editorial.

Si bien es cierto que la misoginia practicada en sus cuentos y novelas me tiró para atrás al principio, pronto me dí cuenta de que se trataba de una treta para defenderse de su soledad, proteger a su desamado corazón, huir de su fátum despiadado. La misoginia de CP es casi un acto de amor que, lejos de ofender, llena de lágrimas los ojos de la lectora atenta y compasiva. Otra cosa es lo que él mismo dice de Dostoievsky, autor en cuyas novelas las mujeres nunca son protagonistas, sino que aparecen vistas por otros. Dejemos esto.

Porque a lo que yo iba es a la prosa de Pavese, la limpia traza de su literatura, que le hace ver una historia precisa en lo que otros –según recuerda Italo Calvino, quien le comentó bien- solamente ven “casas, campos, fábricas y humo de cigarrillos”. Como les pasa a los que son ajenos a las labores diarias del campo, que no ven más que las cestas llenas de fruta o las fiestas del pueblo en agosto. “Solamente un campesino ve en los surcos recién abiertos el trigo del año siguiente”.

Un cortísimo cuento, Trabajar es un placer, el último de los reunidos, escrito en invierno de 1946, retrata su maestría de escritor. Los ojos de un niño que escucha las conversaciones de los mayores y que repite, aunque no a lo loco, las conclusiones que oye. Esto da pie a los adultos no a reírse del pequeño, sino a cavilar otros aspectos de la realidad que viven.

La literatura de Pavese pervive enredada en las dudas de los trabajadores, las soledades de las gentes del campo, los desamores de las mujeres. Tan actual y valiosa como hace sesenta años, cuando decidió cortar por lo sano.

Me complace comprobar que releer a Pavese en un placer y que puedo brindárselo a usted lector que ha llegado, generosamente, hasta aquí.

Preguntando entre lágrimas

CUARTOPODER | Publicado:

Elvira Huelbes

Creo que es de rigor ocuparse de la existencia de este libro (Preguntando entre lágrimas, Peter Handke; Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2010) traducido e introducido por Cecilia Dreymüller, que ha tenido que atravesar el Atlántico para ver la luz en español, ante la falta de interés que ha suscitado en los editores de España.

El libro contiene varios escritos del autor austríaco: Anotaciones posteriores a dos travesías yugoslavas durante la guerra (marzo y abril de 1999), Alrededor del Gran Tribunal (2003), Las tablas de Daimiel (2006) y Hablar por fin de Yugoslavia (2006), además de un par de apéndices y una bibliografía esencial. Todo inédito en nuestro país.

Desde el principio de la guerra contra Serbia, PH ha tratado de indagar desde lo más profundo, qué es lo que pasaba, sin prejuicios adversos a los contendientes. Eso le ha colocado, desde el principio, también, en el bando de los serbios, de los malhechores, de los asesinos, con lo que su voz ha tratado de ser silenciada a toda costa y su persona, descalificada, insultada y ridiculizada en los medios de comunicación de todo el mundo, especialmente, los franceses, país donde vive el escritor.

Los seguidores de Handke saben que esta militancia serbia no es partidista, pues sólo hay que tomarse la molestia de leer sus libros, de escuchar sus argumentos sin prejuicios. Es una operación sencilla pero que toma tiempo y esfuerzo y, en esta sociedad mediática de pensamiento automático y de atención sometida al zapping, se ha convertido en una tarea hercúlea que sólo unos pocos freakies se atreven a hacer.

PH simplemente se ha puesto en el lugar de los machacados por la historia y por los bombardeos recomendados por su odiado Mr. Pesc, Javier Solana. Es cierto, su actitud ha sido altamente provocativa, porque ha escrito sin entrar en cifras ni competición de muertos y fechorías, sin pedir perdón por opinar que los serbios también han sufrido mucho y muy injustamente.

En Anotaciones posteriores… Handke clarifica con sus observaciones “poco periodísticas”, poéticas, las miríadas de agujeros negros que los medios de comunicación internacionales han ido sembrando en la opinión pública. Refiriéndose a esa región europea como “el avispero de los Balcanes” se invita a renunciar a  entender algo.  ¿Para qué molestarse en averiguar la verdad –en la muy intrincada maraña de falsas evidencias y verdades a medias- y luego explicarla? Demonizando sólo a una parte de sus pobladores, los serbios, la corriente predominante de opinión permitía aplicar en una plantilla imaginaria, las pegatinas correspondientes según  fuera la etnia o la procedencia de las víctimas; por supuesto, nunca serbias. No hay que explicar que esa opinión omnipotente se fabrica en los centros de las potencias con grandes intereses irrenunciables en esa región castigada de Europa.

PH se vale de una voz interior que le avisa de sus “errores” de percepción en este conflicto infernal: “¡No dramatices!”, o bien: “Ojo, paranoia”, cuando contempla y recoge los paisajes desolados, las expresiones de los serbios refugiados que tuvieron que abandonar sus casas en Bosnia, Croacia, Eslovenia, Kosovo. Edificios enteros, aparentemente útiles, en los que sólo al acercarse a ellos, queda en evidencia una herida mortal, limpia, que los atraviesa de arriba a abajo, dejando su apariencia fantasmal como souvenir de la guerra organizada por lo que llama el autor la Joint Criminal Enterprise.

Estas páginas, así como las de Alrededor del Gran Tribunal y las siguientes producen al lector la impresión de que hay mucho relato perdido entre las mentiras y los ocultamientos de la guerra; que haría falta mucha dedicación, tiempo y entusiasmo para dilucidar un resquicio de autenticidad, que esa empresa queda fuera de la capacidad humana y que sólo resta esperar a que el olvido, como la yedra, oculte ese edificio de la infamia creada por los intereses de Occidente.

Reconstruir la verdad de lo ocurrido en esos diez largos años de guerra sería como reconstruir las tablas de Daimiel, esa maravilla natural despojada para siempre por la codicia de los terratenientes, deseosos de sacar más provecho de la sobreexplotación de la tierra.

A Daimiel va PH un buen día, para admirar la belleza prometida en un folleto turístico. Y se topa con la realidad: no hay agua, ni ojos del Guadiana, ni arroz ni cabañas campesinas ni nada de nada. Por no haber, ni fauna de la que vivía en el acuífero.

Quizás recompongan Daimiel, como se ha dicho, artificialmente. También vamos asistiendo a cómo se suceden los comunicados de rectificación de las noticias falsas durante la guerra. El Plan de Herradura, por ejemplo, esa supuesta estrategia serbia para la eliminación étnica de los albano-kosovares por la que el gobierno alemán justificó el bombardeo sobre Kosovo, en 1999, resultó ser un invento de los servicios secretos austríacos y alemanes.

O las matanzas que perpetraron los musulmanes en los pueblos que rodean a Srebrenica en los tres años anteriores a la caída de la ciudad.  Matanzas que provocaron la terrible venganza de los serbo-bosnios contra los musulmanes, en 1995. Los musulmanes que huyeron de Bosnia a Serbia –donde, recordemos, gobernaba el diablo Milosevic- no sufrieron daño alguno. De esto nunca se habló.

PH no elude afrontar algunas de sus frases más polémicas como que “los serbios son todavía más víctimas que los judíos”. Rectificar de inmediato, admitiendo su error, no le sirvió para librarse de los ataques mediáticos que volvían a esa frase para descalificarlo.

Este volumen, en suma, está escrito con compasión y con un deseo de encontrar un lugar común en el que coincidan los enemigos, esa utopía deseable. Es un homenaje a los serbios irredentos, los que han soportado y siguen en la pelea diaria por la supervivencia y los que han muerto. Una invitación a abandonar los clichés y a acercarse a ese trozo europeo doliente para tratar de averiguar algo, preguntando con o sin lágrimas.

“Venid a visitarnos alguna vez, nuestra canción es un hermoso grito”,  ha escrito Miodrag Pavlovic.

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