De la niebla espesa a la luz cegadora

100219_f_shutterisland1Pocas carreras cinematográficas han sido tan prolíficas y dignas como la de Martin Scorsese, uno de los grandes directores estadounidenses, algunas de cuyas películas son pilares de la historia del cine.

Haciendo un repaso a su filmografía se puede afirmar que entre sus temas recurrentes se encuentran Nueva York, la música y la neurosis y que en el principio y el final dos actores de ascendencia italiana como él han marcado su cine.

El Scorsese de De Niro (Malas calles, Taxi Driver, Toro salvaje y New York, New York) es mucho más interesante que el de DiCaprio (Gangs of New York, El aviador o Los infiltrados), a pesar del tardío Oscar a la dirección por esta última, pero Shutter Island, la gran película de género recién presentada en Berlín y que hoy se estrena en España, nos hace dudar de este axioma. 

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Años cincuenta. Dos policías llegan a una isla de Boston, donde hay una penitenciaría psiquiátrica, para buscar a una presa muy peligrosa que se ha escapado. Una vez allí descubren que las terapias que se emplean parecen no ser demasiado ortodoxas, que han desaparecido más presos y que algo oculto se esconde detrás de los responsables.

Shutter Island es genuino cine negro dirigido por un maestro, basado en un relato complicadísimo e intenso de Dennis Lehane, el mismo que escribió Mystic River, e interpretado por unos actores inmejorables (Ruffalo, Kingsley, Von Sydow) pero lastrado por la presencia en el papel protagonista de DiCaprio, cuyo físico de adolescente imberbe modelo de Armani hace que cada gesto de sufrimiento, amenaza o desprecio nos parezca impostado a pesar de las arrugas incipientes de su rostro angelical, su entrega manifiesta en un papel difícil y su brillante interpretación.

La gabardina de Teddy Daniels nos recuerda a la de otros personajes atormentados y duros de la historia del cine como Jeff Bailey de Retorno al pasado. Pero las comparaciones resultan odiosas: DiCaprio jamás será Mitchum; ni Douglas, ni Bogart, ni.... La mirada más turbia de DiCaprio siempre será menos temible que un guiño de Mitchum, aspirar el humo por la nariz después de arrojarlo por la boca nunca resultará tan sórdido como lanzar la colilla con la punta de los dedos y jamás encenderá una cerilla con la misma soberbia.

Por eso creemos que Scorsese se ha equivocado eligiendo a DiCaprio para esta película en la que la música, la fotografía y el manejo de la luz desempeñan un papel medular y en la que el faro estropeado, la noche, la niebla, la tormenta y el fuego en este páramo tormentoso e inaccesible que es la isla de Boston donde suceden los hechos son a la vez protagonistas y acertadas metáforas narrativas.

Una trama compleja como un ovillo lleno de nudos que se va deshaciendo despacio entre posibilidades, revelaciones y sospechas hasta un final desolador en el que el sol aparece por primera vez para iluminar una verdad incomodísima. Un lóbrego corredor de espejos, fantasmas y mentiras. Una montaña rusa entre niebla espesa que nos bandea por curvas y pendientes narrativas. Un tren acelerado que atraviesa un túnel del miedo hacia la locura. Un salto hacia un abismo diseñado por Scorsese empujados por Hitchcock, Preminger y Lang. Todo esto es Shutter Island a pesar de su protagonista. Imagínense qué hubiera sido con De Niro.