Bienintencionado almíbar lacrimoso

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Una parte fundamental del éxito de una película radica en la elección de su reparto, el casting. No han elegido bien los productores de Medidas Extraordinarias a sus dos protagonistas. Bueno, uno de ellos, Harrison Ford, es productor ejecutivo, con lo que es normal que se haya elegido a sí mismo. Así la cosa sale más barata.

En su larga y prolífica carrera este carpintero que ahora defiende los bosques en sus fundaciones ha ganado mucho dinero y sólo ha interpretado bien dos películas, Único testigo y El fugitivo. Lejos quedan sus fugaces primeras intervenciones en American Graffiti y en esa maravilla de Coppola, La conversación; después Lucas le dio Hans Solo y más tarde llegó Spielberg, todo lo demás es conocido: taquillazos impresionantes y alguna que otra joya para recordar, no por su interpretación precisamente (Blade Runner).

El peor actor de Hollywood con el permiso de Tom Cruise, ese tipo al que los directores han de quitarle el tiro de cámara para que dé réplica su compañero de plano cada vez que tiene que emocionarse, ese joven aventurero devenido en hombre maduro respetable que actúa como es, que no mueve un músculo de la cara ante ninguna congoja y que sólo sabe reírse de lado, ese actor que cree que Stanislavsky es una marca de Vodka, ese Resines de Chicago, es imposible que haga bien un melodrama. Ni siquiera interpretando a un científico excéntrico y brillante que estudia desde su universidad unas enzimas que detengan la enfermedad de Pompe, una deficiencia en la metabolización de la glucosa que provoca atrofia muscular y que en su versión infantil sólo ofrece nueve años de esperanza de vida.

Para colmo al simpático de Brendan Fraser le hacen hacer de padre apesadumbrado y luchador que consigue la implicación del científico y la financiación de unos laboratorios para desarrollar la investigación y producir un medicamento contra esta enfermedad incurable que padecen dos de sus hijos. Lo sentimos, pero sólo nos lo creemos haciendo el tonto (George de la jungla) o luchando contra fantasmas (en alguna de las versiones modernas de La momia) y fenómenos extraños (Viaje al centro de la tierra) a pesar de sus intervenciones en Dioses y Mostruos y Crash.

Por eso es difícil que nos adentremos sin resguardo emocional en la historia de este pastel de crema de cacahuete lacrimoso que es Medidas Extraordinarias. Un melodrama académico en su estructura, con unos buenos actores secundarios y con un objetivo noble pero con un guión demasiado flojo y un planteamiento dramático poco original.

Otra película de sobremesa de domingo invernal con todos los tópicos del melodrama televisivo: niña enferma lista y repipi, papás luchadores cuyo amor les redime de la desgracia en la que viven y que dejan su vida acomodada por luchar contra la enfermedad, bromas de sabor genuinamente americano y encima basada en hechos reales -recogidos en la novela La cura, de Geeta Anands-, tan reales que el padre original interviene en un pequeño papel como directivo de uno de los laboratorios.

Los que tengan hijos pequeños sufrirán mucho, los cinéfilos bostezarán y el resto, si no son muy exigentes, puede que pasen un rato entretenido con este drama de final…, imagínense.

La verdad es que Harrison Ford es mucho mejor persona que actor y es comprensible que, teniendo en cuenta que su primera mujer, de la que no se ha desvinculado, padece esclerosis múltiple, decida invertir su dinero en una película como ésta, en la que lo mejor de ella es la denuncia social sobre el abandono de los enfermos con enfermedades raras y sus familias por unos laboratorios farmacéuticos que sólo investigan lo rentable. Lo que pasa es que esta conclusión casi hay que sacarla con fórceps, pues todo queda demasiado diluido entre el drama personal y los planteamientos excesivamente sensibleros.

Como el pasado 28 de febrero se celebró el Día Mundial de la Enfermedades Raras, queremos dejar claro que en España una enfermedad se considera rara cuando afecta a menos de 1 de cada 2.000 personas y en EEUU a menos de 1 de cada 200.000, pero que como allí son muy prácticos, la “Orphan Drug Act” (Ley de Medicamentos para Enfermedades Raras) introdujo el matiz de que también se considera rara aquella enfermedad que afecte a más de 1 de cada 200.000 personas pero para la que no exista una esperanza razonable de que el coste de desarrollo y fabricación de la medicina para ella sea recuperado por las ventas internas, por lo que se inventaron exclusivas de siete años, desgravaciones fiscales, etc. Ahí es nada.

Para finalizar queremos recordar que hay 9.000 patologías que se pueden considerar enfermedades raras, que en el mundo hay alrededor de 30 millones de afectados por una de ellas y que nos imaginamos la soledad y el desamparo que deben sentir estos enfermos y sus familias. Por eso Medidas extraordinarias tiene ese valor de denuncia que hemos referido antes, a pesar de su limitada calidad cinematográfica.

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