Confesiones de vida y muerte

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Marcos Giralt Torrente/MB

Acabo de leer Tiempo de vida (Anagrama), de Marcos Giralt Torrente y, a pesar de haberlo mencionado ya en una entrada pasada, a propósito de cómo pensar en la muerte, debo dejar aquí, aunque sea brevemente, constancia del libro. Ya habrá leído unos cuantos artículos, si lee usted prensa escrita, el último, de Francisco Calvo Serraller, seguramente animado por su amistad con el padre del autor, Juan Giralt, un pintor muerto antes de tiempo, a manos del cáncer.

El autor duda mucho, según confesión propia, antes de meterse en la empresa de escribir sobre su padre, los sentimientos que le unían a él y las reticencias, los tira y afloja, las negaciones, mezquindades, sustracciones de afecto, de tiempo, de atención, que se produjeron entre ellos. Esta vida que vivimos sin recordar, aparentemente, que la muerte arrebata a tu interlocutor un buen día sin que pueda nadie remediarlo. Y te quedas sin decirle aquello tan importante.

Le ha salido al nieto de Torrente Ballester un libro soberbio de bueno, de valiente, de conmovedor, es verdad. Bien escrito, bien narrado, con las repeticiones necesarias, rítmicas, no recurrentes sino sinceras. Una forma poética de dar noticia de las cosas que suceden entre un padre y un hijo, separados por un divorcio que enreda los ritmos de vida y aleja los lugares en los que antes todo eran coincidencias. Convierte el pasillo de los encuentros cotidianos en una senda oscura de pasos perdidos.

El autor ha leído las más ilustres confesiones y a autores clásicos y coetáneos que trataban de cosas parecidas, pensaba él. Pero no hay nada parecido cuando se trata de la propia vida, por mucho que parezca que se le parece. Desde fuera, claro que se parece, pero desde dentro es otra cosa.

De modo que Marcos Giralt Torrente tira por la calle de en medio, se pone, un buen día, harto quizá de tanta duda y tanto temor, a escribir en presente, urgentemente, con las prisas de quien tiene sobre su nuca el cierre del periódico y la bronca del jefe. Con la ansiosa prisa de quien sabe que ya no hay que correr para coger el tren que hace mucho que partió pero, aun sabiéndolo, arrecia la carrera con un sprint suicida, de todos modos.

Como si de notas tomadas al vuelo se tratara, de esas que te prometes revisar un día para darle buena forma, y de pronto las ves ordenadas, coherentes, intachables; incorregibles, hay que decir.

Habrá que estar más al tanto de su próximo libro, de ahora en adelante. Este no parece un golpe de suerte e inspiración. Un cambio se ha producido en este autor.

Y le animo, amigo lector, si ha llegado hasta aquí, a que aproveche este fin de semana la Feria del Libro de Madrid, por ejemplo, para hacerse con Tiempo de vida y leerlo en algún banco del Retiro, cerca de ese fragante mirto que está a punto de florecer.

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