Louise Bourgeois, salvada por el arte

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Retrato de Robert Mapplethrope a Luoise Bourgeois en 1981.

Louise Bourgeois estaba preparando su exposición de obras en tela, que se inaugura el 5 de junio en Venecia, cuando tuvo que ausentarse por su propia muerte, y dejarlo todo un poco empantanado; sólo un poco, ya que estaba casi todo listo.

A los 98 años, el pequeño cuerpo de la artista se las arreglaba para no dejarla en la estacada, hasta este fatídico pasado sábado de junio en que un ataque cardíaco ha zanjado la cuestión de la manera más abrupta.

A pesar de que había ambiente de artistas en su casa familiar de París, donde había nacido en la Navidad de 1911, Bourgeois aseguraba a quien quisiera escucharla que “las emociones me resultan difíciles de manejar, por eso las transformo en esculturas”, aunque antes había pintado una obra mucho menos conocida.

Algo en su infancia debió de impresionarle tanto que, según propia confesión, dedicó su vida entera a quitarse de encima ese muerto pegajoso y un tanto repulsivo. Hay que decir enseguida que no adoraba a su padre, precisamente. Un hombre que imponía su autoridad por las bravas y que era el amante de la niñera que vivía bajo el mismo techo.

Una de sus más importantes obras, La destrucción del padre, de 1974, es un inquietante espacio como de bóveda, útero, boca o cueva donde surgen redondeces rosadas, como de carne, que parecen lingam hinduistas: un falo dentro de una gran vagina, sólo que aquí, multiplicados. Según la propia artista, "la instalación nació cuando de niña se imaginó que destripaba a su padre y lo repartía como comida en la mesa familiar".

A su amigo Robert Mapplethorpe le gustó más otra de sus afamadas esculturas, Fillette, de 1968, un falo de aspecto terrible, enfermizo, bastante repugnante, que el fotógrafo pidió que tomara bajo su brazo, como si de una baguette se tratara, para inmortalizarla en 1982. Una fotografía con la que me habría encantado ilustrar esta entrada, si fuera de creative comons, pero como no es así, tendrán que buscarla en la red.

En España, conocemos sobre todo una de sus arañas gigantes, la que pasta junto al museo Guggenheim de Bilbao, a la que ella llamaba Mamá. Bourgeois encontraba en el dolor su tarea, su asunto, la razón de su trabajo, “para dar sentido a la frustración y al sufrimiento”. Para ella, no hay paliativo al dolor ni puede negarse bajo excusas o remedios. Curiosamente, afirmaba tener un temperamento religioso, a pesar de su ateísmo declarado, para explicar cómo volcaba en el trabajo toda su energía espiritual y emocional.

Se confesaba temerosa del poder: “su sola mención me pone nerviosa. En la vida me identifico con la víctima; por eso me decidí por el arte”.

Lo curioso es que se la conociera cuando ya había cumplido los 70 y llevaba un trabajo hecho impresionante. Así de caprichosa es la vida. A España llegó una exposición memorable, hace ocho años, en el Museo Reina Sofía de Madrid. Ese mismo año salió en español un libro recomendable.

Ni siquiera ahora es tarde para saber más de esta mujer fascinante que, a buen seguro, habría firmado como suya la frase atribuida a Nietzsche: “Se es artista al precio de que lo que los no artistas llaman forma se entienda como contenido, como la cosa misma. De este modo, pertenecemos a un mundo invertido pues, en adelante, todo contenido aparece como puramente formal, incluso nuestra propia vida”.

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1 Comment
  1. Mara9 says

    Deslumbrante artist, radiante artículo. La misma muerte parece un contratiempo soslayable por la tenacidad de la forma contenida, la cosa misma. A por el mundo invertido.

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