Los afectos de la globalización

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Lukas Moodysson, quien tiene la aureola de haber sido considerado un día como un genio por el Dios del cine sueco, Ingmar Bergman, nos sorprendió amablemente hace una década con la entrañable Fucking Amal, un poco más tarde lo volvió a hacer con la divertida Juntos y después nos dejó turbados con la dura Lilya forever. Luego le perdimos la pista. Ahora vuelve con Mamut, un drama social de gran presupuesto con un aroma inevitable a Babel, el último gran producto de la fructífera y nunca suficientemente añorada relación de Iñárritu y Arriaga (Amores perros y 21 gramos).

Mamut nos cuenta la vida de tres familias separadas por miles de kilómetros y varios ceros en la cuenta corriente, a las que sin embargo les unen esperanzas y frustraciones semejantes. Leo y Ellen (Gael García Bernal y Michelle Williams) son una pareja de neoyorquinos de cierto éxito profesional -ella es cirujana en turno de noche y él ha creado una empresa de internet muy rentable- que tienen una hija de siete años a la que por falta de tiempo cuida una filipina que ha dejado en su país a sus dos hijos de una edad similar bajo la tutela de su madre. Cookie es prostituta en Tailandia y conocerá a Leo cuando éste viaje por unos días a su país para firmar un suculento contrato.

Este es el planteamiento de Mamut y ésta es esencialmente la película. Lo cual podría parecer terrorífico a cualquier espectador, pero hete aquí que el director sueco sabe estirar con acierto esta tesis por el terreno de los sentimientos para contarnos la infelicidad a través de la negación de los afectos o la protección hacia los hijos de unos padres que apuestan su presente por un futuro mejor. El acierto de Moodysson es lograr conectar las historias de familias de contextos tan distintos en una película sobria como un menú de cuaresma.

Moodysson deja que su cámara retrate con pinceladas suaves las vidas de estas madres demediadas entre su deseo y la realidad y deja que vayamos intuyendo la desolación que les abruma por el alejamiento (físico o moral) de sus hijos y la soledad que sienten éstos. El papel masculino es dramáticamente poco relevante en esta historia de pérdidas y está al servicio de la forma y de una trama secundaria en un guión brillante por lo poco que le sobra a pesar de su sencillez.

Los actores se han dejado llevar por las directrices del sueco y han conseguido desarrollar buenas y valientes interpretaciones, basadas muchas veces en primeros planos y apoyadas en una banda sonora con música de hoy que acentúa la actualidad y la intencionada falta de pasión que transmite la película.

Mamut no es panfletaria o tramposa, es una película áspera, triste y amarga que sólo ha pretendido retratar con objetividad la infelicidad y el precio del porvenir. Un porvenir que a veces no llega nunca y cuya espera se nutre de renuncias y pérdidas afectivas. Es simplemente la realidad sentimental globalizada.

Por cierto, el título es por una pluma hecha de marfil de mamut que el socio de Leo le regala para firmar el contrato: lo último, más caro y más cool para unos, una simple pluma para otros. Una metáfora sobre el tiempo y la inutilidad de ciertos artilugios, estrategias o planes. En el fondo, la tesis de la película.

2 Comments
  1. krollian says

    Me encantó Fucking Amal y Lilya 4-ever.
    Realmente no puede verse una película de Moodysson y no removerse de la butaca. Salvo que estés muerto…

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