Lo que queda de Radio 3

La salida de Diego A. Manrique de Radio 3 después de que le pusieran difícil, digamos, el continuar ha despertado en mí ciertas vivencias que tenía casi olvidadas. No es mi intención entrar en detalles que desconozco, aunque diré que lo siento de veras. Radio 3 ha sido mi radio y sigue siendo una emisora que, junto con la Clásica de RNE, escucho asiduamente.

Este tipo de disgustos siempre llegan en verano; hace unos años asistimos a la despedida de Ramón Trecet, experto también en baloncesto, y que ahora anda futboleando por ahí. Otros que se han ido son Jesús Ordovás, Rafael Abitbol, Fernando Márquez, El Zurdo, mi admirado Carlos Faraco, el simpar Carlos Tena, perdido en su isla grande, aparentemente feliz… Aún resiste Juan de Pablos al frente de Flor de Pasión. Pero, aunque los viejos referentes desaparezcan, esta emisora, que fue mítica en un tiempo en que tuve la enorme suerte de participar, hace milycientos años, se está regenerando todo el tiempo.

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Porque el tiempo pasa, se me dirá, y la gente envejece y tiene que irse. Es cierto. ¿Hay algo más melancólico y duro que esa condición del ser?

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La Radio 3 de la que hablo era una Ínsula Barataria de música excelente (Diálogos 3, de Ramón Trecet, Rock 3, de Abitbol, Discofrenia, de Gloria Berrocal y Rodri y Tena…) y contenidos audaces, a veces muy inteligentes. La prehistórica solamente contenía los informativos y programas musicales que ya apuntaban alto. Eran tiempos de UCD en el gobierno.

Perdonen que me acuerde de los informativos porque se trató de un trabajo insólito y novedoso, aunque ya casi nadie se acuerde. Su equipo lo formaban Jesús Vivanco, ínclito jefe y padre amoroso, el ingenioso hidalgo Fernando González Heredia y quien les habla, aprendiz de todo: Radio 3 informa, Radio 3 vuelve a informar y Radio 3 informa otra vez. Nos fumigaron por faltarles el respeto a los padres de la patria, dijeron. Demasiado desparpajo en el lenguaje empleado quizás, pero faltar el respeto, no. Ojala pudiera enlazarles algún ejemplo, pero eso se quedó perdido en el limbo de los programas que nadie –ni nosotros mismos- se cuidó de guardar. Como diría Juan de Pablos: “¡Hummm… qué tiempos esos!”

Luego llegaron los programas de contenidos en los que la música era otro contenido, nada de florituras. La Barraca de Manolo Ferreras y Gloria Berrocal, Tris, Tras, Tres, de Carlos Faraco, quien reclutaba por los pasillos voluntarios para hacerle algún papelito en el programa: ¡qué manera de disfrutar! Caravana de hormigas, de Juan Ignacio Francia, Tiempos modernos, con Fernando Poblet (¿qué habrá sido de él?). Y Buscando el Norte, programa que tuve la suerte de compartir con el desaparecido José Antonio  Muñoz, que había sido alma de Aguaviva, en los setenta (¿Qué cantan los poetas andaluces de ahora?).

Por aquellos y más programas se veía pulular a elementos de la Movida de los 80, de Aviador Dro a Gabinete Caligari, de Loquillo a Alaska, de Ouka Lele a Guillermo Pérez Villalta… a los que a veces había que acercar en el seiscientos desde las lejanías de Prado del Rey a la civilización de Plaza de España.

Creo que solamente se ha escrito un libro, parcial y ahora descatalogado, sobre aquella experiencia inédita de la radiodifusión española. Perteneció a un tiempo –el de la transición- que no va a volver, a unas condiciones políticas y sociales que han quedado muy lejos del ánimo y de la vida de los españoles de hoy. Nada que lamentar, sólo hay que constatarlo.

Lo curioso es que fuera la derecha que gobernaba entonces la que propició el embrión del que resultó esa emisora de radio. Y lo paradójico, que fuera un director socialista, Eduardo Sotillos, quien afirmara sospechar de “tanto maricón y tanta cultura” que había en la emisora y quien pronunció la frase lapidaria: “Cuando escucho Radio 3 me entran ganas de hacer lo que Goebbles cuando oía la palabra cultura”. Hay que reconocer que desde Radio 3 se daba mucha leña al gobierno.

Los lectores que hayan llegado hasta aquí, imagino que sin aliento de tanto refunfuñar, quizás puedan disculpar este refresco de verano que me he permitido. Prometo no reincidir. Pero he sentido –pues va más de sentimientos que de otra cosa, como les sucede a los nacionalistas- que tenía que rendir un modesto homenaje a Radio 3 (la Vieja). Al tiempo que me alegro de que siga existiendo una emisora con ese nombre a la que poder acudir asiduamente.

Ojito con la carretera.