Viernes

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Fajwisz Najman

Portada del relato 'Viernes'. / Ilustraciones: José María Ortega.

Delante de un nuevo vaso de Glenffidich: sólo entonces me di cuenta de lo excitado que estaba. De pie sobre la barra acolchada del bar, mi euforia era del color verdeoro del whisky. Había comido solo, como siempre, y ahora estaba allí bebiendo despacio, “not ice, not water”, unas densas gotas de fuego. Era viernes y aquella hora primera de la tarde parecía el puente hacia otro fin de semana lleno de tedio, un nuevo eslabón de un tiempo gris y sin pulso. Miré a mi alrededor. Era el único cliente de aquel antro vacío y oscuro, donde el camarero parecía una estatua gatuna de tornasolados ojos de cristal. Pero estaba la música, los guitarrazos de Foxy lady con su lenta cadencia atrapada en un altavoz de color marrón.

En la calle deslumbraba el sol del joven verano bañando en luz, como pequeñas islas en un océano de aguas tórridas, algunos cuerpos semidesnudos y brillantes sobre el asfalto: mujeres imaginadas por Gauguin que deambulaban en pleno barrio de Argüelles. El mundo era una epifanía a más de treinta grados, una crisálida próxima a su inminente eclosión. También yo tenía la sangre caliente. Ascendí febril por la ligera cuesta, entre una confusión de brazos y piernas doradas, envuelto en el fragor alentado por unos ojos fulgurantes. El alcohol me guiaba despacio hasta dar con el portal. Atravesé rápidamente el vestíbulo en busca del ascensor. Primero, segundo…quinto piso y, al fin, empujando con rapidez la puerta, disfruté de la soledad de la oficina en penumbra, cerrada ya hasta el lunes. Me dejé caer en el sillón con los pies encima de la mesa.

No sé si me quedé unos instantes dormido, pero ahora me sorprendí marcando un número de teléfono mientras intentaba aclarar la voz, haciéndola caminar, con paso lento y artificioso, por una garganta de falso terciopelo. Poco después me oí decir –“Teresa”-; y acto seguido, como un eco meloso, rebotando del otro lado del charco intercontinental:  -¡Víííííí…ctor!, ¡che…qué alegría! ¿cómo estássss!”-; “Si quieres –contesté- te lo cuento esta noche. Te invito a cenar…Hace mucho que no nos vemos”-. –“¡Vaya…, lo siento –dijo Teresa-. Anoche llegó Bill, de paso hacia Italia, con unos días de vacaciones. Es un muermo, más muermo que tú, pero no puedo echarle de casa, sobre todo porque me paga el alquiler. Si quieres, chámame la semana que viene, a ver si repites el polvazo que me echaste en Almería, que esa vez te sonó divino la flauta…”-; pegado a mi oreja, el teléfono empezó a comunicar.

Después de hablar con Teresa me sentía mucho peor. Mi euforia, tan cercana, se había convertido en una depresión que se hacía más intensa a medida que imaginaba el largo fin de semana que tenía por delante. Pensaba en Teresa, en su cuerpo pequeño y rotundo de sólidos huesos, en la mirada ávida de su boca, que se acercaba a la mía, pronta, como dispuesta a succionar un insecto. En sus bellos ojos rapaces, negros, cuya sonrisa contenía todo el mal del mundo. Pensaba en sus gemiditos mecánicos, signos infantiles y falsos de la fuerza oscura de su placer, una marea negra que siempre me aturdía con su violencia. Sin embargo, esa vida, tan extraña, era la que yo buscaba ahora, un deseo cuyo insistente recuerdo me hacía cada vez más daño. Tenía que fulminar con rapidez mi ensueño, pero el alcohol suele ser un enemigo inolvidable. Es el alcohol, no el amor –querido poeta-, el verdadero pulpo malo. El amor puede ser tan banal, tan sucio e inofensivo como la tinta del calamar.

Al rato cerré la puerta. Quería abandonar el marasmo que me ataba a la oscuridad de la oficina, escabullirme en la calle. Caminaba mareado y sin saber qué hacer. Súbitamente, la intensa luz del sol me cegó, volviendo a encender mis sentidos. Un autobús paró a mi lado y, como un autómata, me introduje en su interior sin conciencia alguna, alentado sólo por la posibilidad de movimiento, por el vehemente deseo de no estar quieto, por las ganas de que alguien –quien fuera- me llevase consigo. Todos los asientos estaban ocupados y me acomodé junto al ventanal, apoyado de espaldas a la calle. Alrededor se encontraban varios pasajeros, también de pie, sofocados por el calor. ¿No tenían ya todos los autobuses de Madrid aire acondicionado? A mi lado, descansaba sobre la barra contigua una mujer de unos treinta años envuelta en un jersey veraniego de manga corta, de tonos crudos a juego con el pantalón. Delgada, de cara y brazos muy morenos, me atraían sus ojos verdosos, no muy grandes, y una melenita lacia y castaña un tanto anticuada, con un corte a lo Mireille Mathieu. La nariz ligeramente curva y dos o tres manchitas empolvadas sobre el cutis, próximas a la boca, le daban un aire de belleza imperfecta, morbosa. Me habría encantado que en su frente ondeara airoso mi propio lema: “La virtud que prefiero es la impaciencia”.

No me miró ni un segundo. Violento por mi estupidez, giré completamente el cuerpo y me volví hacia la calle, buscando, a través del ventanal del autobús, cualquier objeto animado. El tráfico era muy denso y los vehículos permanecían parados. Un coche rojo estaba detenido junto al autobús. Desde mi altura vi unas largas piernas de mujer que se movían rítmicamente al compás, suponía, de una imaginaria música de radio. Apenas las velaba un pequeño vestido blanco, que aún parecía más corto por los movimientos de la mujer sentada. A su izquierda apareció una mano que se deslizaba entre los muslos dorados, levantando suavemente el elástico de lo que, ahora claramente, era una braga azul celeste. Otra mano emergió por debajo del asiento perfilándose dentro de la braguita. La mano se movía suavemente adaptándose al interior de su improvisado guante. La mujer apretó su trasero contra el respaldo del asiento. Sus piernas se movían ahora más deprisa, en ondulante vaivén, arriba y abajo, alzando las rodillas y extendiendo los pies desnudos sobre el salpicadero del coche.

Estaba a poco más de un metro de distancia, pero no alcanzaba a vislumbrar la cara de la mujer, ni la de su acompañante, ocultas  tras el techo rojo de su utilitario. Obedeciendo a una fuerza exterior, volví la vista hacia mi vecina de autobús. Ahora me miraba directamente, con un tenue brillo irisado en los ojos. Su nariz parecía más afilada y sus pómulos estaban levemente encendidos. Lo primero que me dio fue su aliento: una pequeña ola de calor; un olor primario, intenso, un narcótico pronto familiar. Al instante mi boca fue un veneno dulce en la suya, una pastilla que se deshacía con pereza. Mi lengua  nadaba en un pequeño lago caliente. Sentí una mano acariciando suavemente mi nuca mientras yo me sumergía en un mar denso, sin fondo.

Comencé a explorar su cuerpo. Primero, mi mano derecha atrapó su culo. Ella, aspirando mi boca, se apretó contra mí con un movimiento circular, como una serpiente danzante que repite, una y otra vez, su baile. Mi mano izquierda tanteó la cremallera de su pantalón. La abrió lentamente mientras la otra empezaba a alcanzar sus primeras posiciones en el interior de la prenda. Las dos manos se buscaron entre las bragas caladas y suaves al tacto. La derecha era ya dueña de un culo soberbio, pequeño y caliente como un bollo recién sacado del horno. La izquierda, más tímida, recorría expectante el exterior de la braga, que ocultaba un montecillo compacto, una isla erguida en el cálido mar de los muslos, el contrafuerte de un culo de seda.

La mano terminó su descenso. Dudaba sobre el camino a seguir, pero fue sólo un segundo: el pubis de la mujer empezó a agitarse y levantando su pierna derecha la apoyó en un estribo del autobús. Mis manos, adelante y atrás, no tenían más que obedecer los latidos del conejito atrapado, acariciando sin tregua aquel charco boscoso y caliente. La desconocida tenía dos bocas de avidez frenética. Y, en medio, su nervioso cuerpo delgado que ahora, debajo del jersey, empezaban a recorrer mis manos al unísono. Primero su frágil espalda; luego me apoderé del vientre, terso, hasta alcanzar el pálpito de sus pechos, pequeños ápices sin dueño. La chica besaba de tal forma que decidí nombrarla académica de mi lengua. En aquel momento recordé un diálogo amatorio que había leído hacía tiempo en un “comic” erótico.

–“Me gustas porque sabes a centollo” –decía él; y ella contestaba: -“Y tú a mí, porque cuando me besas tu lengua me toca hasta el chocho”.- .

La verdad es que me estaba poniendo las botas. De lo que no me di cuenta es de que ella me había bajado los pantalones y me arrastraba, tirando de mis calzoncillos, hacia el suelo del autobús. Rodamos por la plataforma el uno encima del otro hasta que mi cabeza chocó muy a su pesar con algo contundente, algo que parecía también una cabeza. Al abrir los ojos vi que el autobús se había convertido en una bacanal, en un prado móvil en el que yacían, enlazados, numerosos cuerpos. Eran, ellos con ellas, ellas sobre ellos,  parejas que, a nuestro ejemplo, se habían despojado a toda prisa de sus infelices disfraces. Se habían esfumado los pasajeros de aspecto mohíno, convirtiéndose en un tropel de ninfas y sátiros gimiendo, rientes, en un mar de óxido, fieltro y asientos de plástico. Con la misma desvergüenza, todos se habían invitado con premura al gran festín. Incluso ellos con ellos y, cómo no, ellas con ellas.

La algarabía iba en aumento y, paralela, mi consciencia de la situación, hasta entonces  enervada, succionada por los labios de mi compañera. El autobús circulaba transportando un amasijo disparatado de piernas, culos y pechos desnudos, una jauría gritona que se revolcaba aullando de placer. Mi pareja me reclamaba de nuevo, atornillando con fuerza mi torso inclinado entre sus largas piernas, cuando el coche empezó a oscilar dando bandazos de un lado a otro entre un infernal chillido de frenos. Fue entonces cuando vi a aquella gorda foca desnuda cabalgando frenética sobre los bajos fondos del conductor. Como un negativo solarizado, su culo inmenso invadió mi retina fijando a contraluz su fofa estampa antes de adentrarnos en un océano de ruido y neón, un “crash” repentino que nos invadió como una ola gigante.

Abrí los ojos. En la penumbra de un cuarto, una mujer de bata verde acompañaba a mi esposa. Las gemelas estaban más cerca, junto a un velador con un letrero que decía: “habitación 207”. Las dos me preguntaron con una sola voz: -“¿te duele mucho, papá?”-. Iba a contestar a mis pequeñinas cuando de repente me dije a mí mismo: -“¡La verdad es que algunos viernes soy la polla!”-.

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