Wikiyo

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José García Pastor *

Contrariamente a lo que se suele pensar, el espacio tecnológico-virtual no se
implantó para agilizar la comunicación, generar riqueza, perpetuar la desigualdad o
ampliar al infinito las posibilidades de esparcimiento, aprendizaje o estulticia,
sino para devolver a la narración el lugar que le corresponde en lo más íntimo del corazón humano
…”

Actas del Primer Congreso del Cibernáculo

Al principio fue curiosidad, asombro, incluso escepticismo. Hoy sólo me queda, aunque por breve espacio, la pesadilla.

Nunca fui adicto a los paseos de enlace en enlace al hilo del azar o el hastío, pero, como humano que era, más de una vez sentí la picazón de verificar un dato trivial, una fecha histórica aprendida de niño y al poco tiempo olvidada o la delantera de leyenda que asombró al mundo poco antes de yo nacer. Me contaba entre los que, aunque se mostrasen críticos y dijeran añorar la solidez de la página avivada por el pulgar, no hacían ascos a despejar dudas tecleando con dos dedos, esperando unos instantes y extrayendo la información, u otra que daba el pego, del colosal fondo de saberes colectivos unificados, pero todo cambió cuando entendí que, en lugar del modesto placer de la corroboración o el hallazgo intrascendente, los hados me tenían reservada desgracia.

No recuerdo si la primera vez andaba en pos de un acontecimiento de actualidad o si quería ahondar en un tema consagrado por el paso del tiempo y la longitud de la bibliografía; tampoco sabría decir cuántas veces me dejé incitar por el “véase también” ni la distancia que me separaba de la pesquisa inicial, pero el caso es que fui a dar con un artículo banal en cuyo cuerpo aparecía estampado mi nombre. El orgullo instantáneo tardó poco en dar paso a la desazón que se siente al saberse presente allá donde nadie, y menos que nadie uno mismo, le ha llamado, máxime cuando, como pude constatar enseguida, aquellos caracteres perfilados en rojo conducían en hipervínculo a otra pantalla donde se me comunicó que no estaba registrado pero que, si lo deseaba, podía ingresar en aquella comunidad y ser el primero en escribir la pieza en cuestión. Convencido de que se trataba de un error o una casualidad, y cayendo en la cuenta de que mi nombre de pila y mis apellidos, vulgares donde los haya, podían coincidir con los de un político de otro siglo o una estrella jubilada de la tauromaquia, lo apagué todo y me fui a la cama sin dar más vueltas al asunto.

A los pocos días volví a toparme conmigo mismo por una vía distinta, pero esta vez el enlace estaba en azul y, para mi gran sorpresa, desembocaba en una escuetísima reseña biográfica al pie de la cual, eso sí, se advertía de que lo leído era mero esbozo (infraesbozo, creo que lo llamaban) que el interesado podía sustituir por un artículo más extenso y documentado. Seguro de que me las veía con una de esas coincidencias generadas por un engranaje sin alma, me dediqué a otras cosas, pero al día siguiente encontré la página ampliada con nuevos datos personales inquietantemente precisos. A partir de entonces no falté un solo día, casi una sola hora, a la fatídica cita con un texto en expansión que iba revelando circunstancias y episodios ocultos de mi vida, algunos tal vez distorsionados o referidos con un toque de displicencia o sarcasmo, pero, a grandes rasgos, veraces, como si ya desde pequeñito me hubiese acompañado sin cesar un encantador invisible que se dedicaba a consignar todas mis acciones y palabras en una libreta, sabedor de que habría revolución digital, nacería la sociedad del conocimiento, se irían perfeccionando las herramientas y llegaría el momento de verter sus notas a un medio de proyección infinita que —pensaba- yo— no tenía otra razón de ser que dar exhaustiva cuenta de mí, sujeto inadvertido de un experimento sin precedentes.

La obsesión me llevó a profundizar en los entresijos del invento. Algo aprendí de plantillas, sintaxis y previsualización; supe que existía una república de redactores y editores (anónimos o protegidos por alias, los míos), que el texto se sometía a juicio colectivo y que la realidad de palabras se sancionaba por consenso, sin perjuicio de reapertura a ulteriores reformas o ampliaciones. Pese a la multitud de pesquisas dirigidas a los administradores de aquella arquitectura fantasmal, no averigüé nada de la identidad de quienes escribían mis peripecias, empeñados por entonces en agregar fotos (nada favorecedoras, por cierto), grabaciones de mi voz indecisa y vídeos en los que se me veía rascándome la entrepierna o comprando el periódico, por no hablar de los enlaces externos que me convertían en objeto de inabarcables comentarios, interpretaciones, sátiras y alguna que otra loa. No me costó infiltrarme en el equipo virtual, autoproclamado libre y democrático, por ver si, como mínimo, podía corregir y moldear el borrador público de mi ser, pero lo cierto es que tanto los artículos revisionistas como las enmiendas inanes o las meras correcciones estilísticas fueron rechazados so pretexto de falta de neutralidad o ausencia de citas que acreditasen la verdad de lo afirmado.

Acabé renunciando a participar en aquel aquelarre de mi yo del cual era excluido e intenté vivir al margen de la trama que, más que referirme, me iba suplantando y escamoteando al mundo, pero la perplejidad con que me miraban amigos y conocidos, por no hablar de algún que otro extraño, me dio a entender que no estaba en mi mano reincorporarme a la anterior existencia. Nadie mencionó abiertamente el problema, pero sentí la impaciencia de quien prefiere no escuchar una anécdota antes leída en una versión más completa y entretenida y el desprecio del que sabe que su interlocutor piensa algo muy distinto de lo que proclama.

De vuelta a la celda sin paredes de mi conciencia atrapada, constaté que ya era categoría provista de artículo principal y piezas subsidiarias o anexos (“desviaciones sexuales”, “sueños recurrentes” o “lista de barrios en los que ha residido” eran algunos de los subapartados) y que no sólo se seguían acumulando datos sobre mi pasado más o menos remoto, sino que brotaban actos y circunstancias cada vez más cercanos al presente (“acaba de saltársele una lágrima mientras repasa su semblanza”, leí sonándome los mocos). No podía pensar ni hacer nada que al rato no se trasmutara en registro. El planeta entero —por lo que alcanzaba a entender, la versión matriz, redactada en mi lengua, se traducía, enterita y al instante, al resto de idiomas del proyecto— sabía lo que hoy había tomado para comer o la cantidad y consistencia de lo evacuado; las mujeres, que antes, confieso sin alarde, se me rifaban, empezaron a evitarme cuando les quedó claro que su nombre aparecería vinculado al mío si consumábamos una aventura que los dos pretendíamos discreta. Me quedé sin trabajo el día en que mi jefe, y con él el resto de la plantilla, supo en tiempo casi real la verdadera opinión que me merecía el último proyecto de la empresa.

No dejé ni una tecla sin pulsar. Hablé con expertos en informática y navegación, visité psiquiatras y barajé todas las hipótesis que supe concebir o alguien me sugirió (alucinación sostenida, broma de un grupo de maliciosos o comunicado de un ser sobrenatural y bondadoso que me quería poner a prueba), pero de nada había pruebas y yo cada día me sentía menos yo a medida que se alargaba y enriquecía el listado de mis secretos y miserias. No me cabe la menor duda de que habría perdido la razón si no se me hubiera ocurrido el desenlace que ahora aguardo con impaciencia como disolución de todas mis cuitas. Encaramado a este pretil en medio del rugido de vehículos indiferentes, termino de redactar, con lápiz y papel, este mi único testimonio válido, deseoso de que un lector  comprensivo, ajeno al saber usurpador e ignorante de toda tecnología que vaya más allá del grafito, lo vea caer revoloteando y, habiéndole echado la zarpa, sepa de una parte mía, tal vez la única, independiente del universo de interconexiones infinitas, seguro de que el papelito doblado logrará escapar a la transcripción envilecedora en los últimos renglones de un artículo que a punto está de quedar cerrado a las vicisitudes del ahora.

No me importa si aciertan o no con la fecha o describen con exactitud el tinte del cielo al que vuelvo la cara, pero sí me gustaría que dieran con el tono adecuado.

* José García Pastor (Madrid, 1965) es escritor y traductor. Está orgulloso de su biblioteca, su familia y unas cuantas cosas más.
2 Comments
  1. Joseba says

    Hola autor. Soy uno de tus wikituistas encargados de ir completando tu biografía. Recopilo datos de lo que te sucederá la tarde-noche del próximo miércoles. Voy adelantando el trabajo, pues quiero disfrutar de unos días de asueto. La diferencia horaria coopera en mi propósito. Si hubieras entrado en la Wikitú a tiempo hubieras visto tu relato ya escrito y publicado antes de crearlo.
    El Wikielista del peatón que recogió el papel también suele adelantar el trabajo y me informó a tiempo.
    Me voy de vacaciones eternas en otoño, así que a partir de entonces deberás ser tú el redactor de tu propia biografía. Y sin red ni grafía.

    Fdo: el guardián de tu biblioteca, quien aguarda expectante el cuarto relato tuyo a publicar aquí. El tercero ya lo conozco. Es genial.

  2. Albano340 says

    Me los he leído todos del tirón, tanto los inspirados por el Santo Comando (de cuya fe me he hecho apóstol) como los de chacina, tripa y embutido. Me has dejado con hambre. Quiero más.

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