Dioses y ratas

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Ofelia de Pablo

Un pequeño roedor corretea sobre mis pies desnudos en el templo de Karni Mata, en el Rajastán. Cual es mi sorpresa al ver que no es uno si no que hay más de 20.000 pequeños “animalillos” que circulan libremente por un templo al que llaman su hogar. ¡¡¡Dios!!!- o debería decir ¡¡¡argggggggggggg!! ¡Nadie me dijo que trajera calcetines! Al menos esto me libraría de los cientos de orines y excrementos que estos singulares y bendecidos seres dejan a su antojo por todas las estancias del hermoso templo.

Un amable paisano se acerca a mi estupefacta cara y me cuenta que “da buena suerte cuando las ratas pasan por tus pies descalzos, lo mejor –añade- es cuando ves una rata blanca que es una de las encarnaciones de la propia Karni Mata”. “Ah” –es lo único que me atrevo a murmurar mientras intento sobrellevar de una forma digna la repelencia que me produce el cosquilleo de las pequeñas patas cuando deambulan sobre mis dedos.

Cuenta la leyenda que Karni Mata era una reencarnación de Durga, el dios del poder y la victoria. Un día el hijo de uno de sus trovadores murió por culpa de la picadura de una serpiente y ella pidió ayuda a Yama, el dios de la muerte, para que le devolviera a la vida. Yama le dijo que el fallecido se reencarnaría en rata y Karni Mata obtuvo el don de que a partir de ese momento todos sus devotos renacerían en forma de roedor hasta que se reencarnaran en humanos de su propio clan.

En el hinduismo, la muerte marca el final de un capítulo y el comienzo de uno nuevo en el camino a la unidad final del alma con el universo. Este ciclo de la trasmigración se conoce como samsara y es precisamente la razón de que las ratas de Karni Mata sean tratadas como parte de la realeza.

Para honrar a la deidad el Maharaja Ganga Singh le construyó este templo único en el mundo donde venerar y honrar a sus reencarnaciones.

Los devotos les ofrecen leche en grandes cuencos de hierro y dulces en forma de bolas amarillas que previamente salivan y luego comparten con la rata. Las bodas se celebran entre roedores y por los engalanados vestidos rojos que llevan las mujeres se pasean alegremente los animales ante el gozo de los presentes. Lo milagroso es que jamás ha habido una plaga, ni siquiera infecciones entre los fieles. ¿Lo mejor?, salir de allí.

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