Conformismo (II)

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Anna Grau *

La noche de la muerte del Chino llovía. Llovía un montón. Llevaba tres días lloviendo con tremendo desparpajo y con una potencia alucinante, como si esto fuesen los trópicos, o la edad de piedra. Todo el mundo estaba hasta la boina de ver llover pero a mí, ya ves, me hacía gracia. Me reconfortaba el trastorno sin fin, la imposibilidad momentánea –pero que ya duraba muchos momentos- de llevar una vida normal.

Soy egoísta, sí. No pienso en los que no tenían casa donde guarecerse o en los niños con miedo a los truenos o en los enfermos de los hospitales cuando en medio de una tormenta se va la luz. Pero la gente que lleva una vida normal tampoco se para a pensar nunca en los que la llevamos anormal. Por ejemplo: ¿tú crees que los pobres se paran nunca a preguntarse qué piensan los ricos de las rebajas? ¿O de los anuncios publicitarios de infinitos descuentos y superahorros? ¿O de los argumentos de casi todas las películas? Ser rico y poner la tele es como ir de entierro siendo inmortal.

Tú misma a ver si paras de regañarme por trabajar en un bar sin necesidad. Es verdad que no me hace falta. Que sólo con la pensión de divorcio que me pasa Luis -¿por cierto, cómo está Luis?- vivo la mar de contenta. Pero también es muy egoísta y muy injusto restar seriedad al trabajo de los que no necesitamos dinero. ¿No trabaja la gente por muchos otros motivos? ¿Para realizarse, para sentirse útil, por pura y dura ambición? ¿Qué tiene de malo que yo trabaje para cambiar de aires?”

-Entonces la hermana de usted se metió a camarera porque se aburría.

-Es una inadaptada, sí. Siempre lo fue. Y después de divorciarse de Luis, más.

-¿Mantiene usted una relación muy estrecha con su excuñado? Viven los dos en la misma ciudad extranjera, tengo entendido.

-Vivimos en la misma casa, si le interesa saberlo.

El detective no se sorprende, pues ya tenía el dato, pero sí se extraña de que la hermana de Sonia no haga un mínimo esfuerzo de disimulo. Ni de autojustificación. A simple vista le chocó que dos hermanas aparentemente tan unidas pudieran mostrarse tan opuestas en todo. En el modo de hablar y de vestir y de ocupar una silla y hasta de empuñar una blackberry. Poco a poco va dándose cuenta de que estas espectaculares diferencias no pasan de ser surcos muy tenues en la piel de una naranja. Variaciones de un mismo tema femenino, puñetero e irónico.

-Yo siempre tuve más facilidad que Sonia para adaptarme –sobresalta la hermana al policía con su análisis- Ella siempre dice que yo soy su versión más compatible con el sistema. Su quinta columna.

Llovía de mala manera, de la manera que a mí me encanta, cuando cerramos el bar a las tres de la mañana. Esa semana yo hacía turno de noche. Mi compañera ya había bajado la persiana metálica cuando descubrió que se había dejado el candado dentro. Tuvo que volver a subir la persiana y entrar a por él. Yo le dije que la esperaba fuera. Me refugié bajo un saliente y el agua se me estrellaba en los pies y me salpicaba un poco la cara pero se estaba a gusto. El mundo parecía despoblado, simplificado y heroico, con todo a punto para que pasara algo emocionante”.

-Y pasó.

Es la tercera vez que el detective y la hermana repasan juntos la carta de Sonia. Ya se la van sabiendo de memoria y eso les permite acelerar como una película determinados fragmentos. Por ejemplo la descripción de Jon cruzando la plaza vacía a la carrera y metiéndose en el portal de su casa. Sus expresivas espaldas cargando de misterio una empapada camisa negra.

-¿Expresivas espaldas, camisas cargadas de misterio? –se le escapa indignarse al policía -¿Qué coño quiere decir con eso?

-Tratándose de Sonia puede querer decir cualquier cosa –suspira la hermana con un encogimiento de hombros que el otro identifica en el acto-, desde que el tal Jon tiene un buen cuerpo, hasta que esconde algo.

-¿El cuchillo?

No hace falta especular tanto porque el cuchillo saldrá en seguida. En cuanto Jon se asome al balcón de su casa. ¿A la oportunista, melodramática luz de un relámpago? Tampoco es eso, por Dios. Es que Jon no ha vacilado en encender todas las lámparas de su casa antes de salir al balcón a fumarse un cigarrillo. El balcón y sus jardineras floridas cuelgan sin piedad a la intemperie. No hay ni un mísero toldo, y el intrépido fumador no hace ningún esfuerzo para rehuir el agua. Al contrario: como que encara la lluvia y se la bebe, o por lo menos la deja correr por su cuello y su pecho (se ha quitado la camisa, con lo cual la expresividad de su torso no para de aumentar) en un gesto antes de desafío que de purificación. Desde abajo Sonia le contempla interesada (fascinada todavía no: es un poco pronto para eso), pensando que Jon tiene que tener unos pulmones de toro para que el cigarrillo no se le apague. Pero al no ser ella fumadora lo que más la impresiona de él es su alegría por la tormenta que a tantos sume en el horror urbano y el fastidio. Su comunión con el caos.

Sintiendo que ella comulga un poco con lo mismo, abandona Sonia todo resguardo y toda prudencia y da un paso al frente. Sale a la lluvia galopante como a mar abierto. Se hace así tan visible para Jon desde arriba como lo es él para ella desde abajo. Teniendo siempre en cuenta que el agua retumba en el cráneo y en las cuencas de los ojos y que hay que hacer visera con las manos para ver las cosas claras. Y aún así se ven claras como en un sueño.

Por ejemplo cada vez es más nítida, aunque no necesariamente más real, la imagen del descamisado héroe tempestuoso que de pronto se pone a hurgar entre los geranios. Cuando es evidente que no hay necesidad de regar. En un primer momento Sonia se pregunta sobrecogida si Jon, su futuro Jon pero que en este momento ni nombre tiene, estará aplastando la colilla entre las flores. Luego se da cuenta de que es otra cosa. Con incrédula precisión distingue la hoja de un cuchillo largo, medianamente grueso y de acabado irregular. Y no sólo es que Sonia lo distinga; es que el mismo Jon lo levanta en alto como un trofeo. Se lo enseña bien antes de sepultarlo en las embarradas entrañas de la jardinera.

Luego sonríe –esto es difícil de asegurar al cien por cien desde abajo, pero Sonia en su carta asegura haber sentido la sonrisa de él en cada centímetro de su cuerpo, sobre todo en las rodillas, que se le chocaban como bolos-, le manda un beso con las puntas de los dedos, se mete dentro de casa y cierra la puerta del balcón.

-Lo que aún no entiendo es cómo ante una estampa así una persona normal no llama corriendo a la policía.

-Usted no conoce a Sonia. Y además tenga en cuenta que en aquel momento ella no podía relacionar lo que vio con ningún asesinato concreto… Es posible que no lo relacionara del todo hasta que usted le enseñó el mango del cuchillo.

Y añade la hermana:

-Que es cuando ella me escribe a mí esto. A su manera no ha dejado de pedir ayuda.

La hermana ha añadido esto con tal volumen de pena en la voz que el detective no se atreve a insistir en otros fragmentos de la carta. Los que él mentalmente ha subrayado en rojo y con mayores signos de exclamación. Fragmentos como estos:

A la mañana siguiente dejó de llover. Fue como una señal. Jon vino al bar con el laúd y ya no dejó de venir a tocar todas las noches y yo sabía que venía por mí y que todo era meramente cuestión de tiempo”

Entiendo que era un disparate aceptar una invitación a cenar a solas con él en su casa, pero lo hice, y estoy orgullosa”

Nunca me había obsesionado tanto con nadie. Ni conocido a nadie tan capaz de obsesionarse conmigo. Esa sensación única de haberte montado en una ola de adrenalina que te puede matar pero no te puede aburrir. Un seguro de vida contra la normalidad y la costumbre”

Nunca hemos hablado del tema. Pero una noche lo hicimos en el balcón, a dos pasos de donde le vi enterrar el cuchillo. Jon me llevó desnuda con los ojos vendados y yo no protesté. Ni siquiera dije que a pesar de la hora podía pasar alguien por la plaza y vernos desde abajo, como yo le vi a él. Jon me sujetó con fuerza contra la barandilla. Me cogió el culo con sus dos manos y me lo abrió como un pan mientras me pasaba una y otra vez su polla que quemaba como un látigo pero no me la metía sino que se recreaba azotándome y hundiendo los dedos en mi miseria y riéndose me preguntó si estaba tan húmeda porque tenía ganas o porque tenía miedo. Me lo preguntó una y otra vez: ¿tienes miedo? ¿tienes miedo? Y yo le dije que me matara si se atrevía, que a mí eso me daba igual, pero que me follara de una vez”

La hermana de Sonia que vive con el exmarido de Sonia arroja la carta al fondo de su elegante bolso, cierra la cremallera, se encara con el detective. Después de todo sí hay diferencia entre ellas, piensa él. Sonia es un genio de la desobediencia. Esta lo es de mandar.

-Si en la policía no le pagan lo suficiente yo le pagaré el doble. O el triple. Pero encuentre a mi hermana y a ese cabrón con el que se ha fugado. Y encuéntrela a tiempo, hágame el favor.

(Continuará)

(*) Anna Grau (Girona, 1967) es escritora y periodista. Ha publicado tres novelas en catalán: El dia que va morir el president (Empúries, 1999), Dones contra Dones (La Magrana, 2001) y Endarrere aquesta gent (Columna, 2003). Prepara su primera novela en castellano.
1 Comment
  1. Ricard Torrell says

    Muy bueno

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