El ‘Diario’ de Hélène Berr

Félix Bornstein

Portada de 'Diario'. (Ed. Anagrama)

Nunca había oído el nombre de Hélène Berr hasta una mañana en la que había quedado con mi amigo Álvaro T a compartir un café y unos minutos de conversación. Esa mañana, mediado el último mes de junio, Álvaro se presentó en la cafetería con un libro ilustrado en su portada con la fotografía de una muchacha de carita muy fina y sonrisa apacible enmarcada por un peinado “a la antigua”, de la época de nuestras madres. Mientras contemplaba ese retrato de estudio -un escorzo incompleto del rostro de Hélène Berr sobre un fondo sepia- escuché la voz de Álvaro: “Para ti. ¡Mira qué chica tan guapa! Escribe maravillosamente. Estoy seguro de que te gustará”.

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A aquellos que piensan que la lectura es una actividad exclusivamente individual siempre les pongo el ejemplo, para sacarles de su error, de mi amigo Álvaro T, el zahorí de los libros, el rabdomante de mi placer más intenso, la lectura. Mejor dicho, el segundo placer más intenso, aunque el otro, el preferente…bueno, dejémoslo estar. Como Álvaro T, sea invierno o verano, siempre viste una gabardina (probablemente la misma de color gris con la que otra vez se presentó ante mí esa mañana), jamás puedo ver la varilla con la que –estoy convencido de ello- detecta los cambios electromagnéticos que se producen en mi flujo sanguíneo mientras hablamos de nuestros escritores favoritos. Pero él adivina esos cambios y como Álvaro se lo ha leído todo y además es muy buen amigo -es decir, sólo quiere ser generoso conmigo-, de vez en cuando aparece con un nuevo libro bajo el brazo, uno que le ha sugerido nuestra conversación anterior, y te lo regala. Álvaro siempre acierta y sus libros te parecen mejores cada vez.

Con el de Hélène Berr me ha sucedido lo mismo y en seguida les diré por qué. Pero antes déjenme que les diga que los poderes paranormales de Álvaro demuestran que la lectura no sólo no es la manifestación de un vicio delicioso de naturaleza estrictamente individual, como ya ha quedado sobradamente acreditado, sino, a mayor abundamiento, una actividad física susceptible de compensar la ausencia -e incluso de aventajar sus cualidades benéficas- de la actividad favorita a la que antes me refería cuando les confesaba mis gustos personales, tan comunes por lo demás, pero…bueno, dejémoslo así. La lectura quizás no sea sólo un acto sustitutorio de un bien llorado y perdido, sino una actividad primordial, un círculo que empieza y se encierra en sí mismo, una espiral…no lo sé. Sólo una apostilla: Álvaro T debe tener los mismos gustos, el literario…y el otro, que yo, pero su varilla oculta de radiestesista, de –como él mismo dice recordando sus años de profesor de literatura inglesa- “dowsers”, le debe servir también para, aparte de las literarias, detectar los cambios operados en otras fuerzas electromagnéticas, lo que hace de él, pese a sus no pocos años de cincuentón –como yo-, una especie de redivivo Conde de Saint Germain, convenientemente preservado en una bañera de formol durante la noche pero irresistible y seductor para las mujeres a horas de oficina, que, según dicen algunos, constituyen la ocasión más propicia al ligue. Bendito Álvaro, no cambies nunca si puedes permitírtelo y no haces daño a nadie.

De todos modos, en el caso de Hélène Berr la presciencia de mi amigo no le ha valido de mucho, pues su `Diario´ ha permanecido inédito hasta 2002, año en que su sobrina Mariette Job –autora del bello posfacio que cierra el libro- lo depositó en el Memorial del Holocausto de París. La primera versión en castellano ha sido publicada por Anagrama en marzo de 2009.

Hélène Berr era una joven estudiante de literatura inglesa en la Universidad de La Sorbona cuando el ejército alemán ocupó París en 1940. La vida le sonreía a sus veinte años y ella estaba dispuesta a bebérsela entera sin desperdiciar una sola gota. La invasión alemana no parecía preocuparle demasiado pese a su doble condición de vencida, la de ser una joven francesa y –lo que resulta mucho más sorprendente- una francesa de raza judía. Hélène, menuda y fuerte, está segura de sí misma, de su país, de su clase social y de su familia. Ni siquiera cuando los alemanes lanzan las primeras redadas sobre los judíos extranjeros refugiados en la zona ocupada de Francia y el régimen de Vichy les imita perdiendo el trasero y la decencia en el este y el sur del país, ni siquiera cuando empiezan a sonar los nombres terribles de Drancy o Pithiviers, los campos de concentración, las deportaciones, los trenes que salen hacia el Este desconocido y lejano…, ni siquiera en medio de ese trastorno lunático Hélène se muestra demasiado insegura por su abominable naturaleza de ser una muchacha de estirpe judía.

Hélène es el cuarto hijo del matrimonio formado por Raymond Berr y Antoinette Rodrigues-Ély, pertenecientes los dos a ricas familias judías asentadas de antiguo en Francia que han conseguido ascender hasta el penúltimo escaño de la alta burguesía del país, mucho más allá de su “articulación” como partes todavía reconocibles, con la fisonomía propia de los israelitas, en el cuerpo de la “gran sociedad” francesa. El último escalón lo subirán sus hijos si nada se interpone en el proceso natural que están recorriendo en esos momentos casi todos los judíos de Europa occidental hasta “su” estación de llegada, el punto fronterizo y sin retorno posible de la “asimilación” completa al medio en el que viven. Hélène, que es hija del director de una de las empresas químicas más importantes del país, vive rodeada de libros, frecuenta los salones musicales de París en compañía de sus distinguidos amigos –a los que suele invitar a alegres meriendas veraniegas en la villa familiar de Aubergenville, cercana a la capital-, estudia como lo que es, una alumna muy inteligente y sofisticada, y coquetea, coquetea constantemente con sus amigos y compañeros de La Sorbona hasta que conoce a Jean Morawiecki, un joven eslavo, hijo de diplomático, del que se enamora como una perdida hasta el centro más recóndito de su corazón, como les sucedía a las inocentes chicas de antes de la Guerra, sobre todo si eran de buena familia y de natural romántico.

Hélène Berr es, en definitiva, una “pija” adorable. Pero como “la vida es un vaso frágil de cristal”, según nos advierte la Biblia, algo ominoso –la cruz gamada- se interpone en el camino que -tal es la promesa que le han hecho sus padres- conducirá a la joven Hélène al futuro más risueño que quepa imaginar. Y lo que pierde esta delicada muchacha parisina –una vida rota y desgarrada por una horda de asesinos- lo gana, en forma de primicia inesperada (y desgraciadamente frustrada en su misma raíz), la literatura, la prosa de Hélène Berr, una maravilla que debe deletrearse con letras mayúsculas. La prohibición a los judíos de acceder al funcionariado (lo que en el caso de Hélène le impedirá realizar su sueño de convertirse en catedrático de Literatura Inglesa), las primeras redadas que afectan a su círculo judío y, como motivación fundamental, la conmoción que sufre por la deportación de su padre al centro de internamiento de Drancy, impulsarán a Hélène a anotar en su “Diario”, abierto el 7 de abril de 1942, el testimonio de lo que ve y siente en esas jornadas presididas por la catástrofe más asombrosa. Pero el asombro es aún superior en el lector de las páginas, delicadas, a veces coloreadas por una capacidad de abstracción y una profundidad psicológica impropias de la chiquilla de poco más de veinte años de edad que era la estudiante de La Sorbona Hélène Berr.

En su ‘Diario’, Hélène registra no sólo los acontecimientos de su íntima tragedia personal, cuantitativamente minúscula en el océano de fuego que abrasará los cuerpos y las almas de sesenta millones de seres humanos, sino lo que hoy, muchos años después de los hechos, nos acerca más a ella como lectores, como destinatarios innominados de su insólita confesión: la narración sublime de su vida que efectúa esta admirable muchacha, esa alternancia de la alegría y del espanto más incomprensible e insoportable para la razón a la que Hélène pone fin con las tres últimas palabras de la entrada, también la última, escrita el 15 de febrero de 1944, días antes de su detención y traslado a Auschwitz: “¡Horror!, ¡Horror! Horror!”.

Horror: una palabra que inspira una compasión que no lo explica todo. El lector no es un juez de conductas humanas, no es un moralista del pasado. El lector no debe olvidar, sin embargo, que la sinceridad de la literatura, como actividad humana, rara vez es absoluta. Hélène cuidaba de los niños huérfanos entregados a la UGIF, la organización impuesta a los judíos de la Francia ocupada para relacionarse con el agresor. Hélène insiste en su diario manuscrito que no le preocupa su suerte personal, que sólo está embargada por la piedad hacia el sufrimiento de los que poco después serán sus compañeros de destino. Lo cierto es, sin embargo, que su pertenencia a la UGIF pondrá entre sus manos un certificado especial, un posible talismán frente a la deportación y la muerte que los nazis han reservado a los judíos franceses en general, pero que puede admitir excepciones. No juzguemos a las víctimas forzosas del drama, pero tampoco seamos pacatos y obviemos el marco de la relación entre los judíos franceses y sus señores de raza aria. A quien desee información le recomiendo la lectura de Pierre Vidal-Naquet (“Los judíos, la memoria y el presente”. Fondo de Cultura Económica, primera edición en castellano de 1996), uno de los mejores conocedores de este asunto francés. Hélène Berr, en mi modesta opinión, no resulta completamente creíble aquí, es la única posible discordancia en un texto de una sinceridad abrumadora. ¿Qué motivo hay para el “disimulo” en las páginas íntimas de un diario? Además, ¿para qué o para quién se escribe un diario, cuál es su hermetismo “erga omnes” y más allá del conocimiento y la introspección de su autor? En este caso, lo único que sabemos con certeza es que el ‘Diario’ de Hélène llegó a las manos de su prometido Jean Morawiecki, que antes del final de su redacción había huido de París para alistarse en las filas de la Resistencia. Pero no hagamos más conjeturas que las estrictamente imprescindibles para ubicar el texto de Hélène en el planeta que le corresponde, el de la literatura vista en su proceso de creación subjetiva, nunca en el de las hipotéticas apreciaciones morales fuera de tono a cargo de un observador cómodamente instalado en su gabinete de lectura.

Hélène Berr murió en el campo de Bergen-Belsen, agotada, después de haber sido evacuada de Auschwitz en una de las siniestras “marchas de la muerte”. Pocos días después un grupo de soldados que hablaban la lengua extranjera más querida por Hélène liberaba el campo de Bergen-Belsen y levantaba entre sus muros la bandera del Imperio Británico. Hélène ya no pudo escuchar los versos de Shelley, uno de sus poetas románticos favoritos. Pero yo sí he podido escuchar este verano la voz de Hélène Berr, llevada aquí y allá por un viento sagrado que viene desde muy lejos para permanecer entre nosotros hasta la próxima locura que sobresalte a la especie y detenga otra vez el discurso –normal, ordinario- de la rueda del mundo. “Carpe diem”: disfrutemos de la vida mientras se nos conceda participar en su pequeño milagro cotidiano. Leer es vivir. Una vida que yo comparto con ustedes gracias a mi amigo Álvaro T.