Paraísos minados

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Ofelia de Pablo

Chonglay está de visita. Su túnica color azafrán contrasta con el verde que se desborda por las ruinas de los templos más extensos y monumentales del planeta. Camino a su lado y escucho el leve crujir de los pliegues de su hábito budista al rozar las raíces que abrazan estos vestigios centenarios. Tiene la obligación –como todo monje- de visitar al menos una vez en la vida las piedras sagradas del complejo de Angkor, creadas para la gloria de los dioses en la dinastía Jemer hace más de mil años. Estos muros que albergaron a más de13.000 habitantes ahora se asoman entre la inmensa vegetación que un día se adueñó de cada uno de sus relieves. “Figuras aéreas que el bosque ahoga y devora”, como lo describió el escritor Guy de Pourtalès, un esplendor apagado por más de cuatro siglos de silencio que el naturalista Henri Mouhot volvió a la luz en 1860 cuando lo redescubrió para los ojos del mundo.

La sagrada Angkor fue la capital del reino de Camboya entre el s.IX y el s.XV y sus reyes colmaron estos 400 km2 con 287 templos en los que adorar a sus dioses hinduistas. Un mundo inabarcable de laberintos pétreos, de delicados grabados en terrazas repletas de elefantes de piedra o de serenas caras en torres gigantes que miran hacia un cielo infinito.

Pero es a poca distancia donde hay otro templo, el de Banteai Srei al que yo llamé “el de las minas antipersona”. Una alegre música emergía entre las figuras del mejor ejemplo de arte jemer del mundo y la seguí. El hilo de notas flotaba entre la espesura y de repente me topé con una pierna ortopédica unida a un zapato que parecía flotar ajena a todo sobre la arena. A su lado un músico sin pierna tocaba un bello instrumento tradicional. Levanté la vista y sus compañeros de orquesta le acompañaban entonando una alegre canción. La música emanaba felicidad pero sus caras reflejaban una tristeza infinita. Me fijé un poco más y alrededor del círculo musical había toda suerte de prótesis: brazos, manos, pies... Se estima que seis millones de minas antipersona quedan aun diseminadas por el territorio camboyano. Los niños, las principales víctimas, siguen jugando en campos que a veces saltan por lo aires sin que los responsables inviertan el suficiente dinero para quitar eliminarlas.

La música se eleva hasta tocar con sus notas el esplendor arquitectónico de los templos de Bayon –el de las caras-, el de Preah Khan o el de Tam Rom –el de las raíces donde se rodó Tom Raider. El planeta “apenado” ha invertido en rescatar casi integras –tras la declaración de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1992 - a muchas de estas maravillas que estaban siendo literalmente engullidas por la selva. Lástima que los habitantes de las aldeas no sean un esplendor para visitar, tal vez así gozarían del dinero necesario para erradicar este cáncer que habita aun bajo la tierra.

1 Comment
  1. Josep Calvet says

    Perdón por repetir el comentario pero no había llegado al post más reciente.

    No hay forma de comentar en el blog de Rosadíez.net . Convencido estoy que hay algo raro porque con varios ID de WordPress no entro. Tal vez estoy equivocado y le pido ayuda. ¿Cómo se entra para comentar? ? ¿Hay alguna direcciópn de corrreo?

    Estoy muy interesado en contacta con Rosa Díez y alli vi el enlace a este blog. Por cierto interesante.

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