El final del verano

Ofelia de Pablo

Pensaba terminar este mes del blog del verano con otra de las historias de otro de los viajes. Algo como los indígenas Uru del lago Titicaca que tienen placas solares (y nada que enchufar en ellas pero son regalo de Fujimori) o la Biblioteca de Alejandría donde un universo de mujeres luchan por su futuro. Pero mi espíritu se ha desplomado. Estoy ahora mismo en Ruanda. Mi primera vez. Sólo su nombre me producía un pánico inmenso. Recordaba las imágenes cien veces vistas de aquel horror que sufrieron los tutsis y había leído el estupendo libro de Alfonso Armada Cuadernos Africanos que me impresionó aun más que todo lo visto en los medios de información. El drama del genocidio, en el que 800.000 personas perdieron la vida de una forma brutal en 100 días, parece lejano cuando uno lo ve desde el cómodo salón de su casa pero hoy me he enfrentado a la iglesia donde 5.000 personas fueron brutalmente asesinadas. Sus huesos aun están allí, su ropa apilada en las paredes pero lo peor son los collares, las gafas, los bolígrafos. Todo lo humaniza de una forma tan dramática que el pecho se encoge hasta gritar ¡basta! Sientes el peso de todos ellos sobre ti. Pero es necesario aguantar, asumir y ver la crueldad de la que somos capaces los que nos hacemos llamar humanos. Paradojas de la vida uno siempre ha creído que unos son “los buenos” y “otros lo malos”… o al menos trata de simplificar así lo que no comprende para que no le haga demasiado daño. Pero la historia no termina aquí. Hasta ahora para el mundo ha sido así porque nadie había querido ver más allá de lo que estaba pasando al otro lado de la frontera de este país. El genocidio silenciado lo llamaron algunos. Los tutsis –objeto de la gran masacre de 1994- estaban haciendo lo mismo a los hutus en Congo RD y a nadie le importaba. El viernes alguien filtró una parte de un informe de la ONU en el que por fin parece que se acusa a Ruanda de genocidio en Congo RD.

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Las espirales del dolor giran hasta el infinito en un mundo que uno siente que ha perdido el norte. Quizás al menos los crímenes de los que se decían “buenos” tal vez puedan no quedar impunes. Y quizás en unos años haya otro mausoleo que encoja el alma pero que al menos consuele a las víctimas hasta ahora silenciadas por los intereses políticos y económicos. Feliz final del verano.