Woody Allen necesita un descanso

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Ir a ver una película de Woody Allen es como visitar a tu abuela: sabes cómo va a estar, no te va a contar nada nuevo, pero te hace ilusión verla, que aún te siga ofreciendo bombones o incluso una propina y siempre te despides de ella hasta la próxima con la misma sonrisa y diciéndote: ay, la abuela, cómo es y qué bien se encuentra.

Los que admiramos a este gran contador de historias y buen director de actores, dotado de un original sentido del humor, lamentamos profundamente que su genio se esté secando hace unos años, desde Balas sobre Broadway aproximadamente. A partir de entonces comenzó a descender suavemente hasta no sabemos dónde por la escalera que lo encumbró con sus grandes comedias del principio y las de relaciones perversas y neuróticas de después. Ahora se dedica a revisar éstas últimas, cuando empiece por las comedias disparatadas sabremos que se acerca el final.

Aunque siempre nos haya estado contando lo mismo, desde mediados de los noventa no sabe disimularlo y el público se da cuenta de ello. Por poner una fecha, desde que recibiese el Premio Donosti en 2004 y de paso presentase Melinda y Melinda, su filmografía se ha vuelto peligrosamente circular, cuenta unas historias a medias con unos personajes que ya conocemos y presenta unas tramas demasiado simples o que no sabemos dónde se encuentran.

En Conocerás al hombre de tus sueños Allen relata la crisis de dos parejas. Para variar. La de un matrimonio maduro compuesto por un hombre que no quiere envejecer (Hopkins) y que se enamora de una joven prostituta, y por su soñadora mujer (Jones), que se refugia en las pitonisas y el más allá para esconder su infelicidad. Y la de la hija de ambos (Watts), ayudante en una galería de arte que se acerca a la cuarentena con pavor y que desea frenéticamente tener hijos, y su marido, escritor sin inspiración (Brolin) y con pocas ganas de responsabilidades. Alrededor de todos pululan varios personajes para completar perfiles y subtramas, como el jefe en la galería de arte (Banderas) o la bella vecina de enfrente (Pinto).

En esta ruta turística forzosa que inició Allen hace unos años buscando la financiación europea, entre otros la de Roures de Mediapro, las ciudades vuelven a tomar protagonismo desde que abandonó el Manhattan de sus sueños: primero Londres, luego Barcelona, ahora Londres otra vez, después París con Carla Bruni…, y en todas ellas podemos encontrar un poco de todo, como en botica.

Hay varios personajes muy interesantes y algunos planos y aburridos, grandes interpretaciones (destacan las Gemma Jones y Naomi Wats) y otras menores (la de la joven Pinto, de Slumdog Millionaire), diálogos ingeniosos y divertidos y otros plomizos, y relaciones complejas (la de Watts con Banderas no tiene desperdicio) y otras previsibles. En general podemos pasar un buen rato viendo cómo se dejan caer por la pendiente de sus vidas en crisis estas personas reconocibles por todos mientras nos reímos con algunas de las situaciones que atraviesan, pero ni rastro de las de genialidades de otros tiempos.

Si Woody Allen fuera nuestro abuelo le diríamos que se tomase un descanso y se fuese a tocar el clarinete, aunque nos ofreciese bombones o incluso nos quisiera regalar una película. Después de todo puede que pase a la historia del cine como el único director que ha rodado una película por año durante cuatro décadas seguidas.

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