Ocurrió en Bombay

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Elvira Huelbes

Hotel Taj Mahal, en Bombay (India). / Wikimedia Commons

El ambiente era sensacional, brillaba todo como en una gran fiesta. El escenario, de ensoñación sin que quepan exageraciones. La iluminación, perfecta, y el sonido del agua que brotaba de una fuente en medio del jardín mientras subía de tono la fragancia de los galanes de noche y los jazmines la animaba a disfrutar en solitario del entorno. Sí, tomaré ese gin tonic en aquel banco de madera, junto a las lantanas. Punto final perfecto para una cena perfecta en el hotel Taj Mahal, de Bombay. Luego, a la piltra, a dormir, que ha sido un día agotador. El resto del equipo parece querer seguir con la juerga pero lo que es a mí no me apetece ni pizca. Es posible que me haya pasado un tanto con el vino; es por esa maldita manía que tienen de atizarle picante a todo lo que se come en esta tierra. Y he cenado una barbaridad. Creo que es la ansiedad que me empuja a atiborrarme sin parar. Este puñetero vestido me iba holgado y ahora, mira tú, estallo las costuras, joder. ¡Es que me da una rabia!

Por unas horas, Cecilia había olvidado lo que la mantenía en vilo desde hacía días cuando se enteró de las maquinaciones que se estaban produciendo a sus espaldas, en el trabajo; el Imbécil –como le llamaba ella- le estaba haciendo la cama para apartarla del proyecto. Lo malo es que el tipo era íntimo del jefe y, aunque la situación parecía sacada de un manual de sexismo modélico, era bien cierto que el jefe estaba empezando a preguntarse por qué demonios iba a confiarle la dirección de esos reportajes a una chica.

Un perfecto cretino eso es lo que es el mierda ése. Tengo que calibrar bien la situación y pergeñar un plan infalible que le deje con el culo al aire. Pero, ¿cómo? Para eso me vendrá bien ir a dormir, consultar con la almohada. ¡Si son las seis de la madrugada!

Subió un par de pisos por las escaleras del sector frontal del hotel, porque le gustaba el aire colonial decimonónico con que estaba decorado, las escenas amorosas de las miniaturas persas que adornaban las paredes, la balaustrada de madera tropical, oscura y brillante. Luego tomó un ascensor: piso 8. La alfombra mullida de los pasillos acallaban sus pasos, la luz tenue, justa, cálida del piso 8, tan familiar ya después de cinco días de recorrerlo, animaba a bailar más que caminar hasta la habitación. No se cruzó con nadie. Pensaba que le habría encantado que estuviera Javier. Una pena desperdiciar esa suite fabulosa en dormir sola. Pero el cansancio podía más que ese dulce pensamiento y que los coqueteos de Rodolfo, el realizador, hacía un rato, allá abajo.

Así que, sin encender la luz, guiada por cierta claridad del amanecer que se colaba por la gran ventana, Cecilia entró en su cuarto y empezó a quitarse la ropa que iba desperdigando, pieza a pieza, sobre la moqueta. Así, hasta alcanzar la ventana desde la que se divisaba la Puerta de la India, encarando el océano Índico, cuyas aguas rielaban a la última luz de la luna.

Ensimismada en eso estaba cuando advirtió un movimiento peculiar. De un tronco casi seco, viejo y grande, de copa abundante, quizás un jacarandá, se deslizaba una niña descalza y cubierta por un vestido raído, azul celeste, que encajaba perfectamente en su estructura flaca y fibrosa, bien formada. No debía de tener más de cuatro años, aunque sus maneras apuntaban a más edad. Bajó con facilidad y al llegar al suelo, levantó los brazos para recoger un bulto que le entregaban desde lo alto de la copa. Era un bebé que ella recogió con mucho cuidado. Después, un hombre pequeño y delgado, también descalzo, bajó del árbol que –a estas alturas Cecilia ya lo comprendió- había sido su lecho durante la noche, no la primera ni la última seguramente.

Mientras tanto, una mujer minúscula, de edad indefinida, se afanaba en limpiar la acera con una rudimentaria escoba que después del barrido colocó en su armario particular: el hueco de un seto del jardín que rodeaba la nursery home de propiedad árabe junto a la que vivía. Restregó unos sucios trapos valiéndose del agua de la fuente pública de riego situada en la acera y expulsó sin violencia al perro que observaba sus movimientos y que eligió tenderse en la calzada para no molestar a su enérgica ama.

A estas alturas, la pequeña familia arbórea se había dispersado; el padre se despidió con un beso de la niña que se dirigía a su tarea diaria: conseguir unas rupias de los turistas que van y vienen de la isla de Elefanta, frente a la Puerta de la India, y se alejó calle arriba, con el bebé en brazos, a lo que, suponía Cecilia, sería su propio trabajo diario. No una ni dos sino más veces, volvió el pobre hombre la cara para ver alejarse a su niña. Luego, lo perdí de vista y también a ella, confundida en el ajetreo de barquitos y vendedores ambulantes. Contemplar eso dolía.

Debían de haber dado las siete, cuando un joven porteador de cántaros a la usanza clásica oriental, con algo que parecía leche, salió de las dependencias de la rica nursery. La vieja le habló e insistió en lo que luego se hizo comprensible: le pedía un poco de leche, su desayuno. Y él, remolón al principio, temeroso sin duda de que le pillaran, acabó entregando a la anciana un vaso del líquido blanco. Quizá lo único que se llevara a la boca en todo el día. Para entonces, el chuchillo ya había regresado donde solía, sin temor a ser reprendido esta vez.

Restaurada la calma en la acera, Cecilia se disponía a abandonar la contemplación de la escena cuando reparó en un grupo bastante grande de personas que habían formado un gran corro, en el jardín público de abajo, justo delante de la Puerta de la India,  y ensayaban una serie de movimientos rítmicos y armónicos que acompañaban de risas acompasadas y de gritos mecánicos. Llegaba el sonido algo sordamente, como un murmullo alegre. Eso duró unos quince minutos, transcurridos los cuales, algunos se despedían, otros se iban en silencio, otros se saludaban a distancia, cogiendo sus bultos, carteras, bolsos, etc., para empezar la jornada laboral, dejando de nuevo vacío y silencioso el jardín.

Volvió Cecilia sus ojos a la acera donde ya no había rastro de la anciana ni de los habitantes que habían pululado en ella. Entonces recordó lo que le habían explicado: las aceras son ocupadas por la noche por los sin techo, miles de personas que procuran llegar a tiempo para coger un buen sitio donde extienden su catre de trapajos para asegurarse un cobijo en el que dormir. Extienden sus pertenencias, como hacen los bañistas en las populosas playas del Mediterráneo. Cada cual se ocupa de mantener limpio ese espacio, lo que proporciona al municipio de Bombay una limpieza gratuita de las calles de la ciudad.

Fue al recordar esto cuando se dio cuenta de la actividad de recogida que se multiplicaba por esquinas y rincones de las aceras. Los pobres madrugan más que los ricos.

Le costó a Cecilia apartar la mirada del enorme cristal, apearse del estado de ánimo que le había producido lo visto, un ánimo en el que parecía haber caído hipnotizada; qué poco apetecible era regresar al mundo. A las preocupaciones diarias, las guerras soterradas, las trampas saduceas. ¿Se dice “trampa saducea”? ¿Por qué se dirá eso? –consultó el DRAE en el PC: una secta judía que negaba la inmortalidad del alma y la resurrección de los cuerpos? Toma, pues claro. Qué tendrá eso de trampa.

Delante del espejo, la boca llena de espuma de menta, Cecilia no se quitaba de encima a la niña del árbol ni a su pequeña familia, no podía evitar el inventar mil historias con ellos, preguntarse sobre cómo sería su vida cuando estén juntos, deseaba urgentemente ayudar a esa familia que resistía el embate de la injusticia, la crueldad, el absurdo de la vida que antepone la guerra por el dinero al empeño por disfrutar la felicidad de vivir.

Venga, guapa, no fastidies. Cremita nutritiva y al sobre, que dentro de unas horas hay cosas que hacer. Sólo te faltaba meterte ahora a madre Teresa, no te digo.

Se procuró una oscuridad que ya parecía imposible, el sol radiante parecía querer iluminar todo Bombay, toda India, el mundo entero. Se acurrucó entre las sábanas, almohadas alrededor de la cabeza, respiró despacio, pausadamente, al compás del paso del sueño que se acercaba, suave, silencioso, y soñó que ya no saldría de allí, que sus amigos serían el chucho, la vieja, el hombre y sus niñitos; el chico de la leche. Una rara sensación de bienestar la invadía en su sueño. Una sensación rara, muy rara. Las cuitas de la lucha por el poder en la oficina quedaron planchadas por el peso de esa sensación. Diluidas, fumigadas. ¿A cuento de qué iba a importarle todo eso?.

2 Comments
  1. me says

    Interesante como el narrador, su estilo narrativo más que lo narrado, se apodera de la displicente y ‘cojonuda’ Cecilia; que en cuanto pise el lobby del hotel y vuelva a la lucha de poderes se olvidará de la pobre familia.
    Me ha gustado.

  2. Cecil says

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