Habrá que reaccionar, algo va mal

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El historiador Tony Judt. / indiana.edu

Asistimos, desde hace treinta años, a un progresivo desmantelamiento del sistema de bienestar social creado sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial en los países más avanzados de Europa. Este hecho empujó a Tony Judt a escribir Algo va mal (Taurus, 2010), un titulo compasivo –porque casi todo va mal- que trata de explicar por qué se han derribado los diques de contención de la desigualdad que tanto costó levantar en la Europa más civilizada.

La preferencia por el sector privado, que ha ido sustituyendo al Estado en áreas vitales para el bienestar común como sanidad, educación, comunicaciones, policía, ha dado como resultado una sociedad eviscerada en la que los valores humanos han sido sustituidos por el ánimo exclusivo de “hacer dinero” y la terca ilusión de que los países, tras la caída de la experiencia socialista de 1989, pueden vivir sin que el Estado regule los mercados y provea de las estructuras necesarias para la vida digna de las personas.

Tony Judt ha dejado, antes de morir prematuramente, este testamento dedicado sobre todo a los jóvenes, a sus estudiantes y a todos los estudiantes del mundo, a sus hijos todavía adolescentes, en el que ordena y analiza los factores que han producido el estado de cosas con que nos encontramos hoy. La falta de ideas que contrarresten la corriente dominante de laisser faire en las sociedades democráticas favorece el crecimiento del desorden de la lógica egoísta de los mercados.

Se trata de una defensa de la socialdemocracia como forma de gobierno que garantiza, o al menos lo intenta, un funcionamiento lo más justo posible de la sociedad. Es también un aviso a navegantes de que nada asegura que sigamos viviendo como ahora vivimos, de que “incluso las democracias liberales más sólidas pueden llegar a zozobrar”. La izquierda –asegura- tiene mucho que conservar y que defender de sus logros pasados, de sus luchas pasadas. Quizá esa desazón por defender los logros sociales sea lo único que distingue a una persona de izquierdas de otra de derechas. Aunque, paradójicamente, tras la SGM los estados hubieron de comportarse como estados autoritarios para asegurar mínimos de subsistencia a las poblaciones. España no fue un caso aparte.

Tanto izquierdas como derechas coinciden en que para funcionar como debe, una sociedad necesita confianza, igual que el mercado.  Confianza y seguridad. La diferencia es que mientras para unos la confianza se genera con cohesión social, distribución equitativa de la riqueza y acceso de la mayoría a los bienes necesarios para una vida digna, lo que resulta en seguridad, para los otros esas necesidades las crea el mercado libre, sin intervención estatal.

Es verdad que ahora, después de los descalabros de las compañías especuladoras y los bancos desalmados de Gran Bretaña y Estados Unidos no hay tanta gente que crea en lo segundo. Pero, como se ha advertido en cuartopoder, los banqueros depredadores ya se han repuesto (con ayuda del Estado, o sea, del contribuyente) y están preparados para atacar otra vez. No creo que su cinismo les permita pensar que la sociedad vaya mejor con sus comportamientos, pero sí están seguros de que ellos harán más dinero de esa forma.

La responsabilidad primera del estado de cosas actual es de GB y de EEUU, y Judt no para de recordarlo con claros ejemplos de lo que fue y en lo que se ha convertido la vieja Inglaterra. Los vigilantes financieros anglo-norteamericanos tienen apresados a los países meridionales con desgarradoras amenazas por no “hacer bien los deberes” impuestos, y lanzan sobre sus cabezas culpas que les pertenecen a ellos. Es como una película de pesadilla. De esas tan bien hechas que no querrías verla otra vez ni en broma.

Otro libro, de características distintas, tiene a Gran Bretaña como ejemplo de descerebración política: ¡Huy!Por qué todo el mundo debe dinero a todo el mundo y nadie puede pagar, de John Lanchester (Anagrama, 2010), una especie de desarrollo visceral y humorístico, aunque muy racional, del cabreo de un británico al comprobar que la providencial flema nacional se ha ido al garete por las ansias de dinero. Claro, habría sido más gracioso, asegura el autor, si los contribuyentes no estuviéramos pagando ahora la dejación de vigilancia de las instituciones del Estado.

Judt recuerda que desde la época victoriana se recurre al Estado para subsanar las deficiencias del mercado, incapaz, por sí solo de poner orden en sus propios desmanes. Hace una dura crítica de la deriva política del Reino Unido y, en general, de lo que llama sistemas anglo-norteamericanos. Como profesor de Estudios Europeos en la Universidad de Nueva York, confronta a menudo las dos concepciones económicas y sociales, la americana y la europea, de las que destaca sus más característicos rasgos.

Al hombre de izquierdas y profesor le preocupa especialmente que los jóvenes se sientan desvinculados de la política, a la que se desprecia tan fácilmente. La retórica amoral de los Reagan y las Thatcher que clamaban por el enriquecimiento rápido y fácil (algo que aquí vivimos como la era del pelotazo, animada por el ministro Solchaga, en el gobierno de Felipe González) ha desembocado en el discurso vacío de los políticos del baby boom: Clinton y Blair, que no tuvieron empacho en adoptar discursos cínicos.

Basando su razonamiento en que “los jóvenes tienen una inclinación natural por hacer algo bueno o útil”, recuerda Judt que hasta los años 80 era raro el estudiante brillante que eligiera entrar en la escuela de negocios, lo que se ha generalizado desde entonces.

Para el autor, son estos últimos treinta años de ensalzamiento del dinero los que han supuesto la deriva más desalentadora del rumbo del mundo, en que las desigualdades se han acrecentado en vez de suavizarse. Para él esto no es sólo preocupante, desde un punto de vista moral, sino que además es ineficaz. La desigualdad crea desconfianza, desapego y desprecio por la política, elementos que impiden el funcionamiento de la sociedad.

Antes de morir, Tony Judt ha querido animar a las conciencias críticas, sobre todo a los jóvenes, a “mirar críticamente nuestro mundo” y actuar en consecuencia. Para ello escribió este libro, como guía para tratar de cambiar lo que va mal. Por nuestro bien; por el bien de todos, incluso de los gorrones y de los desalmados. ¡Bravo Judt!

8 Comments
  1. Perplejo says

    Buen artículo, Elvira. Aunque el título original del libro de Judt («Ill fares the land») no es compasivo, sino descriptivo. Me temo que el título que comentas adolece de la manía de traducir las cosas con ánimo de que suenen más comerciales (cosa que naturalmente no es culpa tuya, sino de la editorial).

    En cualquier caso, se trata de una obra de muy recomendable lectura. Animo a quien no la haya leído a que lo haga. Además, aunque su inglés sea tan sólo «pasable» puede leerlo perfectamente en su lengua original si lo desea, no resulta ni pretencioso ni alambicado.

    Los gorrones y desalmados a los que hace referencia Elvira al final del artículo copan las estructuras de poder de nuestras sociedades. Y allí seguirán si no lo evitamos. Las ideas económicas y políticas de la ultraderecha han permeado hasta tal punto los órganos de decisión que se está produciendo un auténtico robo (llamemos a las cosas por su nombre) y una creciente polarización de la renta en todas partes al socaire de la crisis provocada por los banqueros, incluso en países más o menos avanzados como España.

    Mi opinión sobre el último ejemplo de «atraco», la reforma del IRPF del gabinete socialista (¿?):

    http://economiarecreativa.blogspot.com/2010/10/irpf-los-ricos-tambien-lloran.html

    Y es sólo eso: el último ejemplo.

  2. Elvira Huelbes says

    Cierto; olvidé consignarlo. Gracias, Perplejo. ¿Cómo traducirlo, sin embargo?

  3. Perplejo says

    Un placer, Elvira.

    Desde luego es endiabladamente difícil de traducir. Yo optaría por algo incluso menos literal, pero más afín a cómo suena en inglés, «El mal que lo invade todo» por ejemplo, me gusta bastante más. Naturalmente, «La corrupción que infesta la tierra» o similares no resultarían nada comerciales. En fin, todo muy discutible, tampoco pretendo sentar cátedra.

    Como compensación al tostón anterior, adjunto el bellísimo poema de Goldsmith de 1770 al que Judt hace el guiño en el título, para quien no lo conozca:

    Ill fares the land, to hast’ning ill a prey,
    Where wealth accumulates, and men decay;
    Princes and Lords may flourish, or may fade:
    A breath can make them, as a breath has made;
    but a bold peasantry, their country’s pride,
    When once destroyed can never be supplied.

    Debería estar en el despacho de tanto mediocre mangante…

    Y enhorabuena por el blog. Qué difícil es encontrar sitios como este en la blogosfera (o en cualquier otra parte).

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