La bámbola y el payaso salvador

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George Clooney, además de un símbolo sexual para muchas y muchos, es un tipo simpático que nos cae bien, nos gustan la mayoría de sus películas e incluso el café Nespresso que anuncia en televisión, pero cuando se pone a hacer experimentos con sus amigos o a ganar pasta para pagarse los vicios nos da un poco de grima. 

Hace no mucho lo vimos en una chapuza infame con algunos de sus ilustres colegas (Los hombres que miraban fijamente a las cabras), una verdadera tomadura de pelo. Y ahora vuelve bajo la aureola de chico malo en la segunda película del realizador de videoclips Anton Corbijn -la primera, Control, fue en realidad una transición de formatos y géneros y relataba la vida de Ian Curtis, el líder de Joy Division- con un guión del hijo del director de La misión, Rowan Joffé, basado en una novela de Marin Booth. Una mezcla un tanto complicada de combinar con gracia. 

El americano se plantea argumentalmente como la búsqueda de la redención en los brazos de una puta de un asesino a sueldo perseguido por alguien. A priori la cosa puede dar de sí si se añaden personajes interesantes, se complica con tramas apropiadas y se desarrolla la historia medular con progresión y una buena estructura narrativa. 

Sin embargo, no hay más trama que la que arde, permítaseme la expresión, y el guión está tan poco trabajado y los personajes tan difuminados que la película no es más que una suma de tópicos y elementos innecesarios que discurren tan irresistiblemente despacio que a los cuarenta minutos se te va el santo al cielo pensando que Hitchcock o Polanski, por mentar a un muerto y un vivo, ya hubiesen contado toda la historia de manera excelente. 

Si les gusta la Italia de los abruzos y sus pueblos de empinadas cuestas y casas empedradas, si les gusta la música de Patty Bravo, Caterina Caselli y Renato Carosone, y sobre todo si les gusta George Clooney, les entretendrá El americano. Si no, se aburrirán bastante con el sonido de fondo de La bámbola viendo tópicos de Italia con la mirada de un yanqui y secuencias que recuerdan ostensiblemente a algunas películas gloriosas, con lo que es bastante probable que comiencen a pensar en qué hacer después del cine. 

Y eso es lo que hice yo. Desear que la obra de teatro de la que tenía entradas no me defraudase tanto como este espagueti western moderno, tipo llanero solitario o solo ante el peligro, en el que el nombre de un actor y la buena actuación de sus colegas no son elementos suficientes para levantar un guión a medio hacer. 

Lucas Trapaza, durante su actuación.

 

Tuve suerte y el sábado un tipo curioso e inteligente que se dedica a eso tan difícil de hacer reír me hizo pasar una tarde inolvidable. Bueno, él es actor y vive las películas que rueda y de la socorrida publicidad, pero su pasión se esconde detrás de una nariz roja y cuando puede se la pone en cualquier teatro. 

La veterana y valiente Sala Teatro Montacargas del castizo barrio de la Latina hace tiempo, tres lustros ya, que programa un festival de Clown en otoño, y este año durante el fin de semana pasado y éste cuenta con el oficio de Lucas Trapaza, el susodicho. 

Su espectáculo se llama ONOFF y como su nombre indica la cosa va de contradicciones, de desconexiones y enchufes, de estar o no estar, de la risa y el silencio, de la cara y su envés, del ying y el yang, de los lados opuestos del mismo objeto o sujeto. 

Trapaza exhibe un arsenal de recursos interpretativos y, como el llanero solitario de la película que nombraba antes, se lanza solo ante el peligro del público para hacerle reír durante una hora y pico derribando con método y libertad la solidez, a veces indestructible, de la cuarta pared. 

Haya quien haya y haya cuantos haya, con un espectáculo que mezcla con magia el cabaré, el monólogo, las marionetas, el mimo y la actuación, es decir, la interpretación en todas sus facetas, este honorable y decidido payaso nos presenta a un superhombre involuntario, un hipnotizador atolondrado, un urólogo sin principios, un amante demediado, un soldado acobardado, un escanciador de sidra sin puntería, un casanova de postín… 

Un derroche de imaginación, capacidad interpretativa, improvisación y buen hacer con textos y atrezzo propios bajo su propia dirección y la de Miguel Muñoz, quien también maneja con habilidad la iluminación y el sonido. Toda una exhibición interpretativa. Espectáculo en sentido genuino.

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