Bardem, en la senda de los perdedores

En todas las ciudades y en todos los mundos hay un abismo invisible de cuatro calles que separa la gloria del infierno, lo evidente de lo oculto, el orden del caos. Una distancia de pocos metros y muchas barreras sociales que alejan a los parias de los elegidos, al cemento del cristal, a las bombillas grasientas de los luminosos de neón.

El mejicano Alejandro González Iñárritu ha escogido Barcelona y su barrio del Raval, como podría haber elegido cualquier otra ciudad del mundo, para enseñarnos las amargas costuras por donde se cuelan todas las justificaciones del estado del bienestar -la emigración ilegal, la pobreza, la injustica, la desesperanza…- y de la mano de un Javier Bardem inconmensurable nos presenta a todos los perdedores de estos tiempos ambiguos y aparentes que nos ha tocado vivir: trabajadores, emigrantes, pobres, putas, camellos … gentes cuya condición miserable jamás cambiará a pesar de las promesas.

Tras la disolución por enfrentamiento de egos del productivo tándem de este director con el guionista Guillermo Arriaga (Amores perros, 21 Gramos, Babel) estábamos todos intranquilos por el futuro artístico de ambos. Arriaga fue el primero que se lanzó a dirigir tras la ruptura y nos entregó Lejos de la tierra quemada, un aceptable drama de estructura similar a la trilogía conjunta y protagonizado por actores internacionales, al que sin embargo le faltaba el brillo de sus trabajos con González Iñárritu.

Ahora le ha tocado el turno al director, del que manteníamos cierta prevención, pero ha satisfecho nuestras expectativas por encima de lo imaginable. Porque Biutiful basa su excelencia y su grandeza sobre todo en el trabajo admirable y sobresaliente de su director, quien ha optado por una puesta en escena sobria como el mundo que describe, ha sabido elegir el ritmo preciso de las secuencias y la distancia justa de la cámara, y ha dotado a su película de la tenue iluminación del magnífico Rodrigo Prieto y de la melancólica música  de Gustavo Santaolalla para reforzar la aspereza de un relato desolador.

Y por supuesto le ha dado a Bardem el trabajo de su vida (ya premiado en Cannes), llevándole de la mano en cada plano por la tormenta de emociones contenidas y sentimientos intensísimos en los que se basa la interpretación del perdedor que encarna, Uxbal, un huérfano buscavidas con dos hijos pequeños y una mujer con trastorno bipolar que saca el dinero de las piedras pero sobre todo de los emigrantes del mismo barrio en el que vive, al que le detectan una grave enfermedad.

Unos personajes complejos, puestos al límite de su resistencia emocional e interpretados magistralmente por actores no muy populares, excepto Eduard Fernández, complementan a su personaje y son otra demostración de que este gran director está detrás de cada metro de película, incluido el guión, que firma junto a los jóvenes Armando Bó (nieto del conocido cineasta argentino) y Nicolás Giacobone, y al que sólo podemos reprochar la decisión postrera de un personaje para salvar el final de la película y dejarnos un poso de esperanza sobre los oscuros escombros de unos destinos negros.

Porque Biutiful es exactamente lo contrario de lo que podría sugerir el título en el inglés de una niña, la hija del protagonista. Es el negativo de la vida esperada. La cara oculta de la farsa. La pesadilla del sueño prometido. Una película perturbadora y excelente de un director fuera de lo común que ha sabido hacer poesía sobre la muerte y la derrota y contarnos sin exageraciones ni circunloquios las vidas perras de los perdedores de siempre, de los muertos en vida de todas las ciudades del mundo, de los parias callados de quienes sólo gracias a proyectos como Biutiful podemos escuchar de vez en cuando sus lamentos de injusticia.

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