Murió aquél que había nacido entre libros

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Jaime Salinas, en una foto de 2003. / Efe

Jaime Salinas ha completado su larga travesía en la lejana Islandia, junto a paisajes queridos por una vieja amistad. Había nacido en Argel, porque su familia cuidaba de extensos naranjales en Orán. Todo en su biografía y en su entorno sonaba alto, como los pronombres de su padre, Pedro Salinas, poeta del 27, por extendida convención académica. Jaime Salinas fue editor, vivió envuelto en libros, entre poetas y novelistas, entre mitos, cuando niño.

Alguien ha recordado estos días que poca gente puede contar que, de chico, le derramó encima el chocolate a Juan Ramón Jiménez. Aquí coincide con otro hijo de poeta del 27, Claudio Guillén, recientemente fallecido también, con quien compartió gran amistad, además de coincidencias. JRJ tuvo en brazos al niño Guillén en varias ocasiones. La vida.

Fue editor JS pero habría que aclarar a quienes apenas cumplen años, que supuso para la sociedad española de cuando yo era niña, una tabla de salvación, o mejor, un punto de no retorno, cuando logró su objetivo de colocar en las mejores librerías los libros de bolsillo, un invento americano que él traía fresco de sus andanzas de exilios familiares.

A él se debe la mejor Alfaguara, la de tapa azul, libros de edición cuidada, traducciones impecables, autores ignotos que luego resultaban premios Nobel. Fue el editor de la mejor colección de Seix Barral, la Biblioteca Breve, homónima del premio que llegó después y que dio a conocer a escritores imprescindibles para entender el tiempo que vivimos. La ocasión la dio que JS conociera por esos años 50 a Jaime Gil de Biedma y a Carlos Barral, una conjunción planetaria que resultó tan fructífera. Se encargó de organizar los Encuentros Formentor, en 1959, como ya hemos contado en cuartopoder, que sacudieron la caspa de la España olvidada dejando entrar corrientes de aire de lo más saludable, para inquietud de los que mandaban entonces.

Fue el editor de Alianza, aquel lugar cálido y repleto de sabiduría, más que empresa de hacer libros, que nos abría bien los ojos a los de mi generación. Qué pequeños éramos en esos años 60. Salinas contribuyó silenciosamente, con un trabajo impecable y exigente, a que creciéramos. Luis Antonio de Villena lo ha dicho bien en su articulo de El Mundo (26/enero/2011): "amigo de la eficaz obra bien hecha y del silencio cortés". Españoles así hacen falta, como ha visto Angela Merkel para su país, si me permiten aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid.

Visité a JS en su ático de la castiza calle de San Pedro para preguntarle cosas con que elaborar un artículo para el periódico en el que trabajaba yo entonces, años 90. Fue amable y parco en palabras. Me agradó su elegancia natural, sin pose alguna. Tomé confianza hasta preguntarle que por qué no escribía memorias, él que tanto y tan rico guardaba. Me dijo que qué horror, y dejó caer que algún periodista le estaba insistiendo mucho para ello. Avispado periodista que quizá fuera el responsable de que Tusquets publicara hace unos años Travesías, sus memorias de los primeros años, justo hasta 1955, cuando JS desembarcó en Madrid, listo para su siguiente aventura editorial, vital.

Se ha ido lejos de los cielos velazqueños, cerca de quienes le amaban. Lo sentimos mucho muchos. Es la vida.

3 Comments
  1. adolfo says

    Aún antes de leer sus memorias—una de las autobiografías mejores del siglo XX en España—me di cuenta del drama íntimo de Jaime Salinas. Hace Vd. bien en mencionar a Claudio Guillén, que tanto le admiró y que observó, una vez, que “el más desarraigado de todos, sin duda, el más escindido de raíz, es no quien pertenece a la generación de emigrados, sino a la de los hijos de emigrados”. Cuanto hicieron los dos por la cultura española! Me alegro de que se les recuerde con gracia y elegancia en estas páginas.

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