Todos saben hacer leña

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Soldados rebeldes pasean victoriosos por la calles de Bengasi (Libia), el martes por la noche. / W. Andersen Fleming (Efe)

Muamar el Gadafi está a punto de caer, dicen. Y si se empeña en resistir habrá que hacerlo caer como sea. Como sea, esta es la consigna. Para ello la civilización occidental, tan superior y arrogante, será la encargada, a manos de la OTAN y la flota norteamericana, de hacerlo. ¿Qué es lo que ha dicho Clinton? : “No descartamos ninguna opción”. Así es.

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Leo los artículos de Foreign Policy y otros aparecidos en la prensa, unos más ilustrados que otros, y no acabo de entender porqué siento que me están ocultando algo. Los miles de muertos de Libia no están por ninguna parte. Muertos, es seguro que por desgracia habrá y ya serán muchos aunque sólo sean unas decenas.

Perdonen que me muestre tan escéptica pero en la facultad de periodismo me enseñaron que hay que contrastar la noticia antes de darla y lo que yo escucho por la radio y la televisión es que “la confusión es enorme y se cuentan ya siete muertos”, lo que me hace cavilar que si la confusión es tan grande ¿de dónde salen las cifras? Eso sin contar otras confusiones -que pueden responder a las prisas con las que se trabaja en estas circunstancias- como las de confundir Oman con Oran, y libios con libaneses.

Tampoco hemos visto morgues o gente enterrando cuerpos. En los cementerios, normalmente, no hay tanta confusión (aunque recuerdo tristemente los balcánicos que hasta en esos lugares aprovechaban para matar a la gente): las únicas tumbas excavadas que se han mostrado estaban vacías y solamente una la había ocupado un chico vivo, enarbolando sus dedos en señal de victoria.

No puedo evitar acordarme de las morgues de Timisoara, Rumanía,  amañadas para los fotógrafos de prensa, cuando la caída de Ceaucescu, y su propia muerte junto a la de su esposa que, a su vez, me recordó las de Musolini y la suya.

Tampoco puedo evitar recordar la satanización de Sadam Husein, a quien representaban como el diablo en aquella serie -¿infantil?- de Southpark, las escenificaciones de Colin Powell y otros para cargarse de razones antes de empezar una guerra terrible que no se ha acabado. Y las palabras que dicen que pronunció SH cuando fue apresado y estaba a punto de ser colgado: “Cuando entréis en Irak os encontraréis con el infierno”.

La historia es dura con algunas realidades: ni Rumanía ha mejorado tanto sin Ceaucescu,  ni se equivocó SH en retratar como infierno a su patria sin él. Pero detrás de esas dos duras realidades –y ojalá que no se repitan en los países cuyos pueblos claman por su libertad en el norte de Africa y en Irán- se oculta la certeza de los intereses de determinados poderosos occidentales, no ya países, sino incluso individuos. Esos individuos que sí me parecen Satán construyendo sin pausa el infierno en la tierra para todos nosotros. Los mismos individuos a los que, hasta ahora, no les parecían tan malos los Sadan Husein, los Muamar el Gadafi ni los Hosni Mubarak. Y tantos y tantos otros que les han precedido y que les seguirán.

Tampoco puedo evitar que me resuenen en la cabeza los versos de John Donne que un ilustre periodista norteamericano, corresponsal en España durante la guerra civil, Ernest Hemingway, escribió en el frontispicio de una de sus más conocidas novelas: “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti”.

Aunque sólo sea por eso, apoyo a Julian Assange –por cierto: ¿qué ha sido de él?- y su “intolerable” Wikileaks.