Juan Carlos Eguillor: el donostiarra de Bilbao

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Juan Carlos Eguillor, en una imagen de archivo. / artespain.com

Cada pueblo mantiene un imaginario arcádico que sustenta cierto impulso de cohesión incluso, o quizá por eso, en tiempos de cambio, de transformación, de momentos fragmentados. Los vascos, cuya identidad nacional, se ha formado a través de un pasado rural, idealizado en la mayoría de los casos pero por ello mismo muy presente en su manera de percibir lo circundante mantienen, además, como producto de ese pasado el encono y la rivalidad comarcal narrado ahora con ironía y desparpajo… Lo que antes fue competencia ahora es chiste fácilmente exportable, como sucede en Cataluña entre los nacidos en Tarragona o Reus, en Galicia entre los de La Coruña o Vigo y en el País Vasco entre Bilbao y San Sebastián.

Llama la atención que ante la muerte de Juan Carlos Eguillor, el miércoles, día 23, en Madrid, una muerte penosa en cuanto todavía se mantenía relativamente joven, uno de los artistas gráficos más importantes que ha dado España en los últimos años, se destaque de su personalidad en las necrológicas aparecidas sobre todo en los periódicos de la tierra donde nació, como el de un donostiarra que amó profundamente a Bilbao. Llama la atención, digo, porque Eguillor, aparte del creador estupendo de los personajes de Mari Aguirre y Miss Martiartu, fue un artista de impulso conceptual pionero de ciertos gestos, ser el primero, por ejemplo, que utilizó en España el ordenador para la animación, como hizo en la exposición Procesos en el Reina Sofía allá por 1986 con la obra Menina, inspirado en el cuadro de Velázquez de la infanta Margarita, o Bilbao La Muerte, donde mediante maquetas de edificios de la ciudad consigue trasmitir el estado de ánimo que le inspiraba ésta. La cosa podría ser disparatada, sujeta a chiste. Sin embargo una mirada un poco más atenta nos descubre una faceta de Juan Carlos Eguillor, que todo artista considera envidiable porque tiene que ver mucho con la disposición y el destino, que poseía en grado sumo, la de identificarse, hiciese lo que hiciese con el imaginario de su pueblo, tanto dando vida a unos personajes de tira de cómic como Mari Aguirre o realizando el primer cartel para la Aste Nagusia en 1978  e, incluso, trabajando con láser y escenarios virtuales, como el que hizo de su avatar Max Bilbao, un personaje acuático que vive en la Ría vizcaína y tan entrañable como los personajes de tiras cómicas por los que fue conocido por el gran público, desde aquellas primeras de El Correo Español-El Pueblo Vasco hasta las colaboraciones en El País, Triunfo, Hermano Lobo o Diario 16, que hicieron de él uno de los grandes dibujantes de tiras de la transición, quizá el más secreto y discreto entre una pléyade de pequeños geniecillos que dieron aquellos años donde, cosas de nuestra España, además de dibujar tuvieron que hacer muchas veces de analistas políticos camuflados. Allí, entre los Perich, Peridis, Forges, hermanos mayores de El Roto, Ivá, Kim, Romeu, J. L. Martín y otros que no nombro por no hacer la cosa interminable, andaba Eguillor, lo que pasa es que se le notaba poco.

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Primer cartel del 'Aste Nagusia', realizado por Eguillor. / kartelartean.blogspot.com

Este donostiarra que se consideraba de Bilbao, que como muchos sabemos es la capital secreta del mundo, hizo más en su carácter de artista de y para todo el mundo que muchos otros que utilizaban, y utilizan, el concepto de pueblo como una abstracción para designios delirantes, es decir, abstractos. Eguillor creó hace muchos años unos personajes de cómic que dieron la vuelta a España desde las páginas de periódicos como El Correo y  Egin, cuyo mayor exponente fue Mari Aguirre, y no es casualidad que este personaje naciera en 1968 en una tira semanal donde, quizá por primera vez, se utilizaba para ellas la iconografía clara del Pop Art. Esta unión entre Modernidad e identidad con sus raíces más populares es lo que llama más la atención de Eguillor, y con toda probabilidad sea éste la razón de esa fascinación que producen sus obras, donde la tensión queda reducida a lo esencial y donde en verdad se descansa, en el sentido más originario del término. La obra de Eguillor es como un regazo donde lo conceptual se amalgama con el pop y las raíces del arte rural, todo ello medido con una distancia que hace de sus obras algo único y llenas de una gran personalidad. Son obras “reconocibles”  en su impronta a simple vista, desde el primer atisbo que tenemos de ellas. Ya se trate de la Mari Aguirre, claro, o del subacuático Max Bilbao, ya se trate de una obra próxima a lo conceptual, como Imagen Sublime, un cartel para la Semana Grande de Bilbao, o dibujos para libros infantiles, que los bordaba, y todo ello porque en realidad sólo tenía en mente una cosa, realizar la imagen ideal que la mano no podía darle y por eso recurría a cualquier artilugio, al ordenador, sin ir más lejos.

Nosotros tenemos también otra imagen ideal. La suya. La que nos ha dejado.

2 Comments
  1. Pallarés says

    !Caramba, se nos mueren los mejores! hay repuesto pero ya sebemos que nunca de la misma manera.
    Podíais hacerle un homenaje publicando alguna tira suya.

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