Barcelona y los ferósticos

El ex presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, en una imagen de 2008. / Josep Renalias (Wikimedia Commons)

Hace treinta años, Félix de Azúa escribió un articulo en el flamante El País de aquellos comienzos de los 80: “Barcelona es el Titanic”, que alimentó las tormentas que han acabado por empujar al escritor a Madrid, donde se está instalando finalmente, como antes lo hicieran otros.

Aquél artículo -que salió cuando en Madrid se iniciaba la Movida, una fiesta musical, cinematográfica y pictórica, sobre todo, que, pasado el tiempo, tampoco ha dejado mucha huella que digamos- decía entre otras cosas: “Barcelona, en cambio, ya no es aquel escandaloso, mestizaje de chavas y salta-taulells (imposible de traducir: «trepadores», «grimpas», «lameculos»…), cuya mejor expresión es la poesía de Jaime Gil de Biedma, las primeras novelas de los Goytisolo y de Marsé, el sonido del Dúo Dinámico, la Cripta Embrujada y la ginebra Giró. La razón es simple: la política cultural catalana, en lugar de estar en manos de José María Castellet, que es el hombre sabio, está en manos de unos ferósticos embarretinados”.
Haciendo amigos, como siempre, Azúa dejaba claro lo que para él empezó a ser la catástrofe cultural más sonada de la historia en lo que a Barcelona, la dulce Barcelona, se refiere. Treinta años más tarde, en Madrid, el autor de Autobiografía sin vida (Mondadori, 2010) e Idiotas y humillados (Anagrama, 2010), sigue en sus trece, constatando que lo decisivo para el derrumbe de la hegemonía cultural barcelonesa fue que “el PSC se pasara a Pujol: la rendición de las armas de los socialistas catalanes a la causa de los nacionalistas, esos “ferósticos embarretinados” que no gustan de mirar hacia fuera para refrescar ideas, tan temerosos de perder lo (poco) que tienen.

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En el ciclo sobre Barcelona años 60: el despertar de la cultura en España, que está a punto de terminar en la Fundación Mapfre, Azúa ha recordado que él estudió en los primeros cinco años de los sesenta en la Universidad Complutense de Madrid, para regresar a Barcelona en 1965, lo que le da una perspectiva privilegiada para comparar cómo estaban las dos ciudades en aquellos años.

Para él, el ambiente era igual en lo que se refiere a inquietud de los intelectuales y deseos de acabar con el régimen franquista pero en Madrid no se podía mover nadie porque había muchos ojos vigilando mientras que Barcelona iba más libre en todo. Robert Hugues, el crítico de arte australiano que vivió en Barcelona durante años, y escribió un bello libro sobre la ciudad, Barcelona (Anagrama, 1990), aventura que a las dictaduras no les gusta poner la capital en puertos de mar por las influencias extranjeras que entran. Por eso, quizás, Barcelona disfrutó de esas influencias que venían en francés, italiano, inglés, alemán. Azúa coincidió con Castellet y con Herralde en que había que ser políglota para salir fuera y para leer a los de fuera. En eso, los barceloneses ganaban a los de Madrid.

Resonaron con recuerdos del más variado color los nombres del grupo de Juan Benet, ya posteriores a los sesenta: Fernando Savater, Antonio Escohotado, Vicente Molina Foix, Eduardo Chamorro… “Eramos posmodernos sin saberlo”, afirmó Azúa, al recordar cómo las vanguardias fueron finiquitando para dejar en el olvido aquella idea de T. W. Adorno sobre la tarea del artista de transformar el mundo. Todo eso se fue al traste cuando empezaron a salir Marilyn Monroe y los paquetes de Lucky Strike en los poemas. Aquí, tanto la derecha como la izquierda culturales coincidieron en atacar a los posmodernos.

Después de lamentar que en los 80 comenzara el declive del ensayo en toda España –exceptuando a Ferlosio y Benet, que escribieron algunos muy notables-, Azúa llegó a la conclusión de que en nuestro país queda intocado, desde hace mucho, mucho tiempo, el problema de escuela, la educación, que se resiente ahora aún más bajo la presión zapeadora de los medios con pantallita, televisión incluida, por supuesto. Esa insoportable compulsión de entender las cosas inmediatamente, de un vistazo, que impide aprender nada de nada.

Ana María Moix y Esther Tusquets charlaron el miércoles, 13. Hoy jueves, Ricardo Bofill cierra el ciclo que no ha merecido la atención de los dos diarios más vendidos del país. Nada sorprendente.