Los trazos mutantes

El autor del cartel de la 29ª edición del Salón del Cómic de Barcelona, Rubén Pellejero. / (S.I.C.B.)

Pasaron aquellos tiempos de penuria, también de pasión y esperanza, cuando los que gustaban de los cómics se trasladaban a Angulema al salón anual que allí  se celebra y regresaban cargados de kilos y kilos de un material que se antojaba más brillante de lo que era, con el color añadido de la novedad, pura novedad, y de su aura de objeto casi único, apreciable y codiciado por muchos. Pasaron aquellos tiempos, aún más de penuria, más alejados en el pasado, en que algún avisado venía de Nueva York y de su mano, con la virtud y el apaño de un funambulista, desplegaba toda una colección de cómics underground firmados por un tal Crumb y que parecían el colmo de la bestialidad y la provocación, donde se leían lemas como “la familia que folla unida,  permanece unida” y cosas así. Puro años setenta, con su estética un tanto hippie y su estela de marihuana y de drogas psicodélicas. Se miraban, entonces, de reojo con cierta condescendencia los Tintín que se agolpaban desde la infancia en los anaqueles de la habitación, también los tebeos de papel malo, casi de calidad pulp fiction, que habían saciado cierto imaginario infantil de aventuras sugeridas en tiempos remotos y espacios exóticos. Se cerraba una época, pero no se sabía.

Ahora a más de treinta años vista, después de haber pasado por momentos curiosos, el papel de analistas políticos que jugaron nuestros humoristas en la transición, la aparición de dibujantes que comenzaron a medirse de igual a igual con los belgas, franceses y norteamericanos y que hoy día parecen ya clásicos cuando apenas han pasado de los sesenta años, la proliferación de ferias, Barcelona, Madrid, La Coruña… de una importancia creciente hasta el punto de ser referentes en Europa, cuando uno se encuentra inmerso en el bullicio de un Salón como el del cómic de  Barcelona, en un fin de semana donde el frenesí de los eventos y el aparente caos crean una atmósfera capaz de borrar por un momento lo que tiene de pura venta, piensa en lo que esta pasión ha sido y ahora es y cree que, en estas cosas por lo menos, aquí hemos terminado dando el do de pecho.

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Este fin de semana pasado se ha celebrado el 29 Salón Internacional del Cómic de Barcelona, el más importante de España, y se han visto cosas, muchas cosas, demasiadas en realidad, ya se sabe que la racionalización del producto lleva indefectiblemente a la inflación, a la burbuja, algo que corresponde al volumen de dinero que se invierte y se juega, y los zombies han sido en esta ocasión el elemento que ha coloreado de saturación el Salón. Los había por todos lados y hasta el humorista Berto Romero improvisó allí un monólogo dedicado al tema, al monotema. También cine, mucho cine, la película Caperucita ha dado motivo a que quizá la saturación se deje ver ya por otros lados, juegos de estrategia,, videojuegos, talleres, conferencias, debates, exposiciones, y todo ello rematado por unos premios que se concedieron el sábado a las mejores obras publicadas en el año 2010 y que representan los premios de mayor prestigio que se conceden en España a estos profesionales. El Gran Premio del Salón fue para Jordi Lanjarón, la mejor obra de autor español le fue otorgada a El invierno del dibujante, de Paco Roca y Blacksad 4. El infierno. El silencio, de Juanjo Guarnido se llevó el premio al mejor dibujo de autor español, la mejor obra extranjera publicada en España recayó en Los muertos vivientes, de Robert Kirkman y Charlie Adlard, hasta aquí llegó la saturación bien merecida, mientras el premio a la mejor película basada en un cómic fue para María y yo, de Félix Fernández de Castro, basada en la novela gráfica de Miguel Gallardo del mismo título. Había premios, muchos más, baste decir que Malavida se llevó el premio a la mejor revista española de cómic y que Madrid Comics se llevó el galardón a la mejor librería especializada en el sector por lo que el año que viene será recompensada con un stand gratis. El gesto gracioso dice todo del ambiente que se respiraba por estos pagos mientras se iban divulgando los nombres.

Cartel de la presente edición del salón. / S. I. C. B.

Zombies, premios, héroes a mansalva, los de siempre, los de la Marvel y otros que se inventan de continuo pero siempre, siempre, con el gesto, con los trazos ya un tanto mutantes de los antiguos semidioses nórdicos, de su desmesurada mitología que viene al pelo en tiempos de pluma expresionista y de claroscuros pronunciados, muchos stands para que coleccionistas que rozan actitudes casi psicóticas, un tanto paranoides o, por lo menos, obsesivas, encuentren su hallazgo largamente buscado y rápidamente sustituida por la búsqueda de otro que les durará el tiempo que sea hasta que lo encuentren, debates de todo tipo, y exposiciones, claro. Este año, no podía ser de otro modo, el 23-F se ha erigido en el centro de la cuestión y cómo fueron plasmados los acontecimientos de aquella fecha en los cómics hicieron las delicias de los que no lo conocieron de primera mano. Por allí se distinguían los dibujos de El Víbora, los de Juan Mediavilla, de Miguel Gallardo, de Mariscal, de Roger Subirachs, de El Jueves y, sobre todo, con el Magazine del diario El Mundo, soberbio, donde colaboraron gentes como Víctor “Coyote” Aparicio, El Cubri, Kilo, Bartolomé Seguí y que coordinó el guionista Felipe Hernández Cava. En fin, la parafernalia propia de un Salón de categoría internacional, reconocida desde hace tiempo, sí, pero cargada aún de cierto espíritu juguetón, rompedor, un tanto inconsciente, también contestatario, que compensa las obligadas situaciones  en los modelos repetidos hasta la saciedad y renovados de continuo, las obligadas paradas y concesiones al  marketing más duro, las obligadas esperas en lo ya sobado para, de pronto, encontrar lo nuevo. ¿Dónde los tebeos de antaño? La engañosa pregunta, llena de una tramposa y engañosa nostalgia, es aquí pura literatura. El Salón los ha engullido,  los ha dado lustre de producto cultural. Lo que de virginal le quede a uno en el recuerdo en su primer contacto con ellos es cosa ya de lo privado. Aquí, en lo público, todo se publicita y se vende. Una metáfora en trazos mutantes de nuestra época. Aun y así merece la pena.