Bolos

De izquierda a derecha, Ignacio Echevarría, Jordi Llovet, Camino Oslé y Francisco Calvo Serraller, en uno de los encuentros del simposio internacional "¿Qué hacer con los museos?". / unavarra.es

Supongo que debería pedir disculpas, por muy pocos que sean quienes hayan reparado en mi silencio de más de dos semanas. Supongo que llevar un blog entraña cierto compromiso de regularidad que no cabe saltarse a la torera, y que obliga, llegado el caso, a dar algún tipo de explicación. Eso es lo que me propongo hacer en esta entrada.

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Ocurre que las dos semanas pasadas estuve de bolos. Con este término, bolos, se alude coloquialmente a las presentaciones, charlas, conferencias y participaciones de toda suerte que uno es llamado a realizar en el marco de los ciclos, simposios, mesas redondas, cursos, encuentros, festivales y muchos etcéteras que organizan las más diversas instituciones culturales y que proveen al ciudadano de una amplísima oferta de convocatorias sobre las más diversas cuestiones.

Por lo que a mí toca, les puedo decir que la primera semana de abril concurrí a las tres primeras jornadas de un ciclo de conversaciones en torno a la cultura barcelonesa de los años sesenta dirigido por Luis Goytisolo para la Fundación Mapfre de Madrid. Mi compañera Elvira Huelves, que vivió de cerca el desarrollo de todo el ciclo, les ha dado ya sesgadas noticia de él en las entradas de su blog correspondientes a los días 7 y 14 de este mismo mes. A mí me correspondió conversar con Jorge Herralde, el miércoles 6 de abril, y con Félix de Azúa, el jueves 7 de abril. Antes, el martes 5 de abril, asistí a la conversación que mantuvieron Josep Maria Castellet y Luis Goytisolo. Quizá otro día me anime a volcar aquí algunas conclusiones que saqué de estas conversaciones.

La segunda semana de abril participé, esta vez como director, en un simposio internacional organizado en Pamplona por la Cátedra Oteiza, de la Universidad Pública de Navarra. El simposio se celebró los días 12 y 13 de abril, y discurrió sobre la pregunta “¿Qué hacer con los museos?”, a la que trataron de responder, con enfoques muy diferentes, Jordi Llovet, Lászlo F. Földény, Bartomeu Marí y Ana Longoni. De nuevo aplazo la ocasión de volcar aquí algunas de las ideas que me suscitó el desarrollo de este simposio y de los coloquios a que dio lugar.

Ahora ya saben en qué anduve ocupado y distraído los días pasados. Quizá no esté de más añadir, en mi descargo, que carezco de la facultad de combinar actividades como éstas a las que he aludido con la redacción de textos. De ahí que no me cupiera, entre una cosa y la otra, ponerme a escribir ninguna entrada para este blog. Lo hago ahora, como ven, después de transcurridos unos cuantos días. Y al hacerlo reparo en lo mucho que podría decirse sobre este asunto de los bolos y sobre su peso relativo en el tejido cultural de nuestro país. Una vez más (ya ven que soy de los que no hacen hoy lo que se puede dejar para mañana), dejo para otra oportunidad extenderme sobre esta cuestión. Me limito aquí, a la luz de mi experiencia reciente, a apuntar sólo dos de sus aspectos más acusados.

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Primera. La generalizada impermeabilidad de la prensa cultural española a este tipo de eventos, de los que muy rara vez da noticia. Cuando lo hace, suele ser conforme a un criterio más caprichoso que oportunista, si no inspirado por intereses particulares. Entretanto, es cierto que la abundancia de este tipo de oferta cultural llega a ser tal, sobre todo en determinados momentos, que muy bien podría colapsar los recursos de cualquier medio que estuviera dispuesto a cubrirla. Eso no excusa, sin embargo, la escandalosa omisión de toda reseña sobre actos singulares y a veces irrepetibles que a menudo entrañan mucho más interés que los que suelen abarrotar los espacios destinados a las noticias culturales. Sería exigible, por parte del usuario habitual de un periódico o programa cultural, un servicial calendario de la mayor parte posible de esos actos; y llegado el caso, una crónica de aquellos que se juzga que pueden tener mayor interés. Que no ocurra así puede justificarse de muchas maneras, ninguna muy halagüeña; entre ellas, la molicie y la rutina que caracteriza a las secciones culturales de la mayor parte los medios periodísticos.

Segunda (en ocasional relación de dependencia con la primera). La preocupante desproporción que suele darse entre los recursos empleados para la organización de ciertos actos y el número de personas que finalmente asisten a ellos, ya sea debido a la falta de información, ya a la coincidencia –en la misma fecha y hora– de otros actos, ya al escaso interés suscitado por la convocatoria. Dicha desproporción mueve a preguntarse por el sentido de muchos actos promovidos con dinero procedente del erario público; y, en cualquier caso, sobre el sentido de invertir en ellos un presupuesto que mejor podría destinarse a fines más urgentes u oportunos. La irresponsabilidad de muchos gestores culturales da sobrado fundamento a este tipo de escrúpulos, al que sin embargo cabe oponer el provecho que puede desprenderse a veces de ciertas iniciativas impulsadas –como tantas veces cuando de cultura se trata– a fondo perdido, siempre y cuando se calibren concienzudamente todos los elementos puestos en juego y se agote el campo de lo posible en lo relativo tanto a la difusión del acto como a su eventual archivamiento en cualquier tipo de soporte (grabación sonora o audiovisual, publicación de las actas, etc.).

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