Esoterismo tecnológico

El actor Jake Gylllenhal, en una escena de 'Código Fuente'.

No comparto el severo juicio que mi compañero Pascual Serrano dedica en su blog a Código Fuente, la recién estrenada película del joven Duncan Jones. Pero no me asomo aquí con el propósito de discutir criterios más expertos que el mío, si no para apuntar una observación quizá peregrina que me vino la mente tras ver esa película.

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El protagonista de Código Fuente –y juro que no les revelo nada determinante desde el punto de vista de la intriga– es un piloto norteamericano abatido durante una acción bélica en Afganistán. Los servicios de inteligencia de su país conservan su cadáver atrozmente mutilado para acceder a su mente y emplearla en un programa experimental de la lucha antiterrorista, para la cual resultan especialmente idóneas las aptitudes del capitán Colter Stevens (Jake Gylllenhal). Teletransportada al de otras personas (en esta ocasión, al del pasajero de un tren de alta velocidad que ha sido objeto de un salvaje atentado), la mente de Colter Stevens puede revivir bajo una apariencia distinta y actuar en situaciones críticas.

Comprenderán que no invierta más esfuerzo en hacer inteligible el galimatías pseudocientífico en que se funda el argumento de la película. Pero, ¿no les suena lo que les acabo de contar?
Piensen, piensen…

¡Sí! ¡Eso! Se trata de un planteamiento muy semejante al de Avatar, la architaquillera película de James Cameron. También allí la mente de Jake Sully (Sam Worthington), un marine que ha quedado parapléjico, es teletransportada al cuerpo artificial de un na’vi (la raza humanoide que puebla el planeta Polifemo) para que se comunique con sus congéneres y obtenga la información deseada por el siniestro coronel Quaritch, deseoso de desalojar a los na’vi de sus lugares sagrados, objeto de codicias.

Los paralelismos argumentales entre una y otra película van bastante más allá de este planteamiento básico (empezando por el hecho de ir tituladas, respectivamente, con dos términos –código fuente y avatar– extraídos del vocabulario de la informática). Pero no se trata aquí de desarrollarlos, sino de señalar de qué modo, a través de éstas y otras películas de éxito (Doce monos, Matrix y un largo etcétera), se va infiltrando subrepticiamente una nueva concepción del alma humana (sí, no hay más remedio que decirlo de esta forma grandilocuente), que ya poco o nada tiene que ver con esa imprecisa categoría llamada espíritu sino más bien –al socaire de los tiempos– con el chip de un ordenador.

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Nuestra era tecnológica ha segregado su propio esoterismo, que traduce en términos científicos los anhelos de trascendencia, de inmortalidad que desde siempre habitan en el hombre. Sólo que la imaginación tecnocientífica procura una idea de trascendencia algo más burda que las propias de las religiones teístas: se limita a pensar el cuerpo como una especie de carcasa a la que es posible sustraer, como si de un disco duro se tratase, la información esencial (recuerdos, ideas, sueños, sentimientos), susceptible de ser reintegrada en un cuerpo nuevo. Un mestizaje de la idea de la transmigración de las almas con las de recambio industrial, formateado y actualización de software y futurismo cyborg. Metempsicosis e informática cocinadas en la teología de la física cuántica.

Eso sí: el lugar de Dios todopoderoso lo ocupan corporaciones de signo político, militar o empresarial, cuando no las tres cosas a la vez. De lo que se desprende una tácita aceptación del control a que estamos condenados, y la idea de que la única rebelión posible no pasa por el derrocamiento de estos poderes absolutos o inamovibles, de los que –sean benéficos o corruptos– depende la continuidad del mundo tal y como lo conocemos, sino por la fuga individual a otros espacios, a otros tiempos; o, como en Avatar, por la renuncia a la condición misma de ser humano.

Dejo a otros exprimir más conclusiones. Sólo me permito añadir, en relación a Código fuente y al comentario que le dispensó Pascual Serrano, que, amén de los que él sugiere, su precedente más notorio me parece a mí que es, como algunos no han dejado de señalar,  Atrapado en el tiempo (Groundhog Day, 1993), la genial película de Harold Ramis protagonizada por Bill Murray, el más completo tratado metafísico que de momento ha sido capaz de pergeñar el cine de masas contemporáneo.

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