Leer a Milosz, una propuesta

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Czeslaw Milosz. / Instituto Polaco de Cultura

Este año Czeslaw Milosz habría cumplido los cien si la muerte no se le hubiera atravesado antes. Lo conocí en los ochenta, en plena lucha del sindicato Solidarnosc, de Lech Walesa, ya con su Premio Nobel de Literatura a cuestas, en un viaje de promoción de sus libros en español que tiene publicados Tusquets.

Pilar García Padilla, a la sazón jefa de informativos de Radio Nacional de España que gobernaba Fernando G. Delgado, me encargó entrevistarle. Le hice una larga entrevista que nunca se publicó completa, ya que estaba previsto que se usara algún trocito de minuto o minuto y medio. Así era la radio cuando entonces: rauda y voraz. El material se perdió –imagino- ya que ni siquiera su autora, aquí presente, se molestó en conservarlo. Es una forma de ser; mejor no llorar sobre la leche derramada, que dicen los ingleses.

Al autor lituano, de lengua polaca, le intrigó mucho que le preguntara por su madre. La importancia que su madre tuvo en su vida y en lo que escribió. Me miró fijamente con sus ojos verdes y una luz pareció encender la severidad de su mirada. Sonrió antes de animarse a un largo monólogo tan intenso como sustancioso.

En 1945, durante los reasentamientos que se produjeron al final de la Segunda Guerra Mundial -ha escrito- mi familia abandonó Lituania y se le asignó una barriada cerca de Danzig (Gdansk), en una casa que había pertenecido a una familia de campesinos alemanes. Sólo una anciana alemana permanecía en la casa. Enfermó de tifus sin nadie que la cuidara. A pesar de las advertencias, en parte motivadas por el odio universal que se desató hacia los alemanes, mi madre la cuidó, se contagió ella misma y murió”.

Este párrafo lo trajo a colación, hace años, otro escritor –fantasma ya también- John Updike, en un articulo muy bonito que le publicó The New Yorker.

A  pesar de la buena labor editorial de Beatriz Moura y Toni López, en España no se ha llegado a apreciar a Milosz como se merece. Es un autor sólido, sin equívocos, sin esas irritantes dubitaciones que cultivan algunos eternos aprendices de escritor. Sus dudas, en todo caso, son contundentes, como el tiempo que le tocó vivir y el lugar donde se abrió paso a la vida.

Me gusta su novela El Valle del Issa (Tusquets, 1981) donde creo que está su esencia de escritor, aunque –al no conocer su poesía- quizás no debiera hacer afirmaciones tan rotundas. Dice Seamus Heaney, otro Nobel, que la poesía de CM, incluso traducida,cumple con la vieja expectativa de que la poesía debe deleitar al tiempo que instruir”. Sólo he leído poemas sueltos; alguno me ha conmovido. Quizá porque, siguiendo a Heaney: “hay algo de Virgilio en el arco total del destino de Milosz, lo mismo como hombre que como poeta. Al igual que el autor latino, Milosz es un niño del campo, que inicia su andadura a ras de suelo, con el grano que madura y los animales que pastan, y la concluye en el equivalente en nuestro siglo de la corte imperial”.

En El Valle del Issa, cuenta CM la historia del pequeño Tomás, que vive en una aldea lituana donde se habla polaco, una situación que vivió el propio Milosz,  parecida a la de Herta Müller -otro Nobel- que vivía en Rumanía aunque pertenecía a la minoría de habla alemana.

Más inclinado por lo que le enseñaba la naturaleza que por el colegio, Tomás disfrutaba con los animales y las plantas, en el valle “que ha estado habitado siempre por una ingente cantidad de demonios”, como empieza diciendo el relato, a la espera de que su madre –ausente- cumpla la promesa de venir a llevárselo con ella. A veces, le podía la rabia del abandono de su madre pero cuando eso sucedía “cerraba los ojos y trataba de imaginar lo hermosa y valiente que era”.

CM relata la epopeya de esa Europa oscura que sirvió a la propaganda norteamericana en sus mensajes publicitarios sobre el triunfo arrollador del modo de vida americano y la sociedad de consumo frente a la utopía socialista. Tiempos duros como los que acaso estén ahora viviendo familias anónimas, sin voz ni ganas de voto, en los rincones azotados por la especulación de financieros sin escrúpulos. Nuevas formas de guerra con idénticas consecuencias: desolación, pobreza, injusticia, muerte; y las tradicionales, a sangre y fuego, del norte de Africa.

En El pensamiento cautivo (Tusquets, 1981), CM traza una historia dolorosa de su propia vivencia del estalinismo y de la paulatina instalación del silencio y la sumisión, como una gangrena imparable, entre los intelectuales y entre la gente corriente. Un relato de lo que parece que no vaya a repetirse pero que sugiere una llamada de atención por si acaso lo fuera. Paralelismos, pueden hacerse incluso en las aseadas democracias: "¿Por qué, aun alejado de la ortodoxia política, consentí yo mismo en formar parte del aparato administrativo y de propaganda? -escribió CM-No obstante, me encontraba en el extranjero, y me habría sido muy fácil romper antes mis relaciones con un sistema cuyos rasgos, en mi patria, se afirmaban con creciente nitidez”. Como me dijo una vez en Madrid una mujer que ostentaba un carguito oficial: “Es que fuera hace mucho frío; se está mejor dentro”.

CM pone en boca del pequeño Tomás, del Valle del Issa, esa reflexión tan sencilla y significativa: “Debería entristecernos el ver cómo viven las personas indiferentes a lo que es realmente importante; no se sabe, a decir verdad, con qué llenan sus vidas”. Pues eso. Motivos para leer a Milosz.

3 Comments
  1. perniculás says

    Pues habrá que leer a este autor, del que sólo sé que fue Premio Nobel. Como siempre, tus informados artículos tiran de uno… En este caso, dos frases extraídas de tus citas en los dos últimos párrafos, a tener en cuenta. (“…fuera hace mucho frío; se está mejor dentro”) Sí, el problema es que quienes construyen la casa, “en la que nos metemos dentro”, no son los más recomendables, por lo general. De modo que, a grandes rasgos, seguiremos comiendo mierda para “seguir dentro” con tal de el río (de la vida) nos lleve. Y la otra “Debería entristecernos el ver cómo viven las personas indiferentes a lo que es realmente importante; no se sabe, a decir verdad, con qué llenan sus vidas”, se explica con esa pregunta de ¿qué es lo importante? Pregunta tonta, cierto, pero que para muchos, la respuesta es “ver la TV… Cualquier cosa” o “tomarse una caña cada día”. ¡Y que le convenzan a estos de que no es así; de que la vida es otra canción con otra música… En fin, habrá que leer a CM.

  2. santiagovilar says

    Para algunos lo difícil es salir de la casa, para otros la peor pesadilla sería morir de desidia dentro de ella. Pero cuando cae la noche, todos tenemos que regresar a la casa que nos ha venido impuesta, que cada día elegimos al permanecer en ella o en la que simplemente hemos terminado porque nos llevó el río. No importa que esa casa se desintegre intentando rascar el cierlo capitalista o que tenga las ventanas tapiadas por una senil revolución habanera. Parece que no existe un hogar para el idealismo apátrida que se niegue a pernoctar en un sistema. Nuestro único consuelo es que, desde dentro de la casa, podemos contribuir a cambiarla. Se trata de sobevivir poniendo lo mejor de nosotros mismos a disposición de los demás…. como en este caso, escribiendo un maravilloso artículo sobre Milosz en un blog. Gracias.

  3. me says

    Poema Una Vida Feliz de Czeslaw Milosz

    Su antigua edad cayó en años de abundante cosecha.
    No había terremotos, sequías o inundaciones.
    Parecía como si el cambio de las estaciones ganara en constancia,
    Las estrellas crecían vigorosas y el sol aumentaba su poder.
    Aún en remotas providencias no se agitaba la guerra.
    Las generaciones crecían amistosas hacia el prójimo.
    La naturaleza racional del hombre no era un motivo de irrisión.
    Era amargo decir adiós a la tierra renovada.
    Estaba envidioso y avergonzado de su duda,
    Contento de que su lacerada memoria desaparecería con él
    Dos días después de su muerte un huracán arrasó las costas.
    Humo vino de los volcanes inactivos por un centenar años.
    La lava se extendió por los bosques, viñedos y poblados.
    Y la guerra comenzó con una batalla en las islas.

    Versión de Rafael Díaz Borbón

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