El otro lado del anarquismo

Fotografía de archivo, del 28 de octubre de 1994, del escritor argentino Ernesto Sábato. / Paco Campos (Efe)

Hace años, cuando se publicó en Seix Barral, Antes del fin, me encontré con Ernesto Sabato, sin acento como a él le gustaba escribir su apellido, en un pequeño hotel madrileño, muy escondido, algo que le asemejaba al ilustre huésped que allí habitaba por unos días, para hacerle una entrevista. No sabía que era la última pero me llevé mi ejemplar en piel verde de sus Obras Completas, las de Losada, para que me firmara el volumen. En ese libro yo había leído y releído El túnel, Informe sobre ciegos, Sobre héroes y tumbas y Abbadón el exterminador y me había quedado fascinado por ese mundo subterráneo, de sombras, de aquilatados claroscuros que venía a ser una metáfora de Latinoamérica primero y del mundo entero después. Esa fascinación, tan intensa, me abandonó con los años pero creo que Sobre héroes y tumbas es una novela que ha pasado la espantosa prueba del tiempo y me consta es una de las mejores del siglo pasado y que refleja, en un grandioso estilo expresionista plagado de intensa coloración existencial el drama de un continente. Sucede con esa novela como con El astillero, de Juan Carlos Onetti, que uno sabe que son de las pocas que pueden ser tomadas como obras de arte y, a la vez, actúan como un diagnóstico. Sabato pertenece a esos escritores sismógrafos. Lo fue siempre y esa característica creo que fue determinante a la hora de que la lectura de sus obras me pareciera tan fascinante hace muchos años atrás, cuando descubrí sus primeros libros.

Esa conciencia de sismógrafo la trufaba muy bien Sabato con cierta manera de andar por el mundo que me recordaba a un Tolstoi afeitado, por su manera de perorar sobre el anarquismo social. En aquel hotel esquinado madrileño, era al atardecer y había conseguido burlar la vigilancia de quien cuidaba de Sabato, que con muy buen criterio no le dejaba beber, e introduje en la habitación una pequeña botella de rioja con malas artes, pedí al camarero vino para mí y un té para don Ernesto, nos pusimos a hablar y fue después de la consabida entrevista, el escritor estaba feliz de poder degustar un par de copas, me comentó algo que creo resume muy bien no sólo el arranque de su universo narrativo sino esa peculiar ambigüedad con la que siempre vio el mundo, lo sintió. Nos pusimos a hablar de anarquismo y recordó los días de escuela cuando llegaba la primavera y el maestro, una suerte de santón anarquista español, les señalaba las ventanas abiertas del aula por donde cantaban en arcádica armonía los pájaros: “No pían por felicidad”, les decía, “pían porque necesitan dar de comer a sus hijos y para engendrar”.Y, luego, pensando que ya se había dado bastante gusto con lo del vino transgredido, puso la copa hacia abajo y de manera un tanto subrepticia me confesó que el anarquismo siempre le había dejado un gusto ambiguo, aunque él lo profesaba, porque en ese movimiento, y se refería sobre todo a los anarquistas españoles de todo pelaje que había conocido, “había visto mezclados a los santones más puros y a tremendos asesinos”. Uno, que sabía por referencias mil y una historias de la FAI se sintió, de pronto, invadido por otro tipo de generación, más antigua que la de los aguiluchos de Durruti, y que profesaban las doctrinas de Ferrer y Guardia, y recordé también a Tolstoi, por el que Sabato sentía veneración, y el mundo me pareció en ese momento deudor de las metáforas kafkianas, otro autor que Sabato veneraba. Sólo entonces caí en la cuenta de que lo que me estaba contando formaba parte desde su infancia de lo que luego fue su destino de escritor, sin siquiera el saberlo cuando aún era joven: en esa mezcla de violencia y santidad es donde se forjan los personajes del mundo de Sabato, todo ello inmerso en un mundo expresionista, distorsionado, tanto como los colores de sus cuadros, feistas, recuerdo uno de Kafka sobre un fondo verde casi inverosímil, y sazonado con una angustia existencial muy diferente de la que se llevaba en esos momentos por las calles parisinas, más cerca quizá del mundo un tanto opaco de Witold Gombrowicz, don Vitoldo, que Sabato ayudó a que fuera conocido que de su admirado Albert Camus o su ya no tanto Jean Paul Sartre.

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Ernesto Sabato ha muerto a pocos meses de cumplir el siglo, una larga existencia que parece perseguir a todos los escépticos. Cioran le tomó delantera pocas semanas antes, y ahora es momento de rendir memoria a este escritor un tanto desplazado en los años ochenta y noventa por el recuerdo de larga sombra de Jorge Luís Borges, de Juan Carlos Onetti, los dos monstruos surgidos desde diferentes lados del Río de la Plata, y colocarlo en el lugar que se merece. Fue un escritor sismógrafo, ya dije, pero esa inquietud corría pareja con la inquietud del siglo y fue eso la que lo salvó. Pocos escritores como él fueron tan hijos de su tiempo y supieron reflejarlo de forma tan rotunda. Leer sus primeros libros, esos cuatro libros que hicieron de él uno de los grandes, es sumergirse en un universo narrativo de primer orden donde prima lo subterráneo, el desconcierto, el dolor, pero también la promesa de la redención última, de tal manera que aquel que dejó una brillante carrera como físico, primero en el Instituto Curie y luego en el MIT, para dedicarse a escribir después de haber pasado por la experiencia surrealista y el desencanto por el ideario comunista, terminó siendo un ejemplo moral para su nación por el ahínco, la voluntad que dejó implantada y la seriedad con que trató el problema de los desaparecidos en la dictadura militar en el informe que lleva su nombre.

Algunos, con ánimo jocoso y un tanto perverso, dicen preferir la actitud moral del Sabato del famoso informe a la de sus peroratas a lo Tolstoi y, desde luego, sus obras. Creo, por el contrario, que Sobre héroes y tumbas es una de las grandes novelas latinoamericanas del siglo y eso es decir mucho en un continente pródigo en obras narrativas de enorme fuste. Solamente por ello merecería el homenaje de su memoria, que es lo que estamos haciendo, pero es que hay más y es el ejemplo de su conciencia vigilante, incómoda para muchos, pero un referente moral en tiempos de penuria, como dejó demostrado cuando dirigió la CONADEP, la comisión encargada de investigar la violación de los derechos humanos cuando la dictadura argentina. Terminó abrazando una difusa compenetración con el anarquismo moral cristiano de Leon Tolstoi, lo que no deja de ser un curioso final para alguien que comenzó siendo un ferviente comunista en tiempos de ferviente exaltación de la Internacional con un semioculto Stalin tras la hojarasca de la revolución mundial pero, sigo pensando, un artista sólo se salva por sus obras  ellas han pasado con mucho, desde hace años, esa prueba maldita del tiempo que Ciryl Connollly elevó a diagnóstico infalible.

Nunca más.