Milan Kundera y la Europa Central

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Imagen de archivo de Milan Kundera. / tusquetseditores.com

La reciente inclusión de la Obra literaria de Milan Kundera en la colección de La Pleiáde ha suscitado en nuestro vecino país un reguero de debates en cuanto al papel que este escritor checo ha aportado a nuestra visión de Europa, algo que esta presente de una u otra manera en cualquier debate cultural en Francia. Ser europeo es tener nostalgia de Europa. La frase, brillante, es algo más que eso pues presupone una identidad que se reconoce en tanto en cuanto ya no existe o está dejando de existir. Además, apoyada en la memoria, de ahí lo de la nostalgia. Pierre Assouline, un celebrado crítico francés, sostiene que Kundera ha vuelto a inventarse a través de la creación lo que es Europa Central, eso que los cursis, y los franceses, llaman Mitteleuropa, gracias a haber sido uno de los primeros, por lo menos el más grande y celebrado, en haber dinamitado la sociedad totalitaria a través de la descripción de las adherencias que ese estado producía en los seres humanos. La unión de lo serio con lo filosófico, de la meditación en la narrativa, tan propio de la literatura centroeuropea, por lo menos tal y como se presentaba hasta los comienzos de la II Guerra Mundial, se troca en Kundera, de ahí su importancia, en risa, humor, ironía e impertinencia, reacción ante lo grotesco del régimen, y de ahí a elevar el kitsch a categoría casi metafísica no había más que un paso. Pero esto es sólo la otra cara de la moneda: en las relaciones Este-Oeste, el imaginario esquizoide en que se ha reconocido la Europa de la posguerra, faltaba la parte dedicada a Occidente y aquí Kundera ha jugado un papel curioso, pues si bien es cierto que ayudó a dinamitar esa falsa esquizofrenia recurriendo a la resurrección de la Europa Central, vista como una suerte de revolución cultural, hay un artículo suyo, muy famoso, titulado, El Occidente secuestrado, que hizo historia en su momento, no lo es menos que esa visión de aquella Europa estaba llena de un kitsh glamuroso, no por glamuroso menos kitsch.

Un antiguo ministro de Exteriores de la Checoslovaquia poscomunista, Vaclac Belohradsky, en un artículo en Literarny Noviny achaca a Kundera el no haber visto que tras esa concepción de la Europa Central como un bello nido de vanguardistas cuya única preocupación era aportar luces con las que cambiar y enterrar de una vez el pasado, la Viena de los Mahler, Robert Musil, Joseph Roth, Kokochka, Karl Kraus… aquella Viena cuya nostalgia, falsa nostalgia, tuvo su momento cinematográfico más kitsch en El tercer hombre, se escondía la Europa Central del antisemitismo, el odio a la democracia y el nacionalismo más anti-ilustrado del siglo.

Conviene recordar este tipo de visión política de lo que es un paisaje cultural y que se ha resucitado en nuestro vecino país mediante algún que otro debate en los medios culturales gracias a la inclusión de la obra de Kundera en La Pleiáde, lo que equivale a decir la inclusión en una colección que se quiere destinada a los Inmortales, como así denominan los franceses a sus clásicos. Con ello quiero decir que entrar en esta colección, al igual que recibir el Premio Nobel, entre nosotros el Cervantes o el Príncipe de Asturias, te otorga cierta inmunidad ante lo temporal, sí, pero también, y es una consecuencia de ello, te momifica a veces de manera irremediable. Nosotros recordamos al Kundera que nos conmovió con La vida está en otra parte, El libro de la risa y el olvido, o La insoportable levedad del ser, aquel escritor checo que adoraba hasta la exasperación el ejemplo de Diderot y que escribió en su homenaje aquella obra de teatro de bellísima factura, Jacques y su amo, pero nos tememos que aquella vena sarcástica del Kundera joven y maduro, un vigor monstruoso que él apreciaba en Diderot, desde luego, pero también en todo el Siglo de las Luces, ha sido sustituida ahora por cierta sabiduría de viejo brillante a lo Anatole France. El reproche de Belohrdasky quizá sea certero, ajustado, verdadero, me atrevería a decir, pero ahora que Kundera se nos ha hecho un poco más inmortal, por lo menos en Francia ya que entre nosotros no parece despertar las pasiones de hace una década, convendría destacar la enorme seriedad de una obra que quizá adoleciera de no querer mirar los dos lados de la misma moneda en su conjunto, pero que ha cumplido con creces esa verdad inherente a cualquier creador que se tome en serio: ha trocado la concreta verdad de la historia por la más ambigua de lo universal. Creo que Kundera es de los pocos escritores de una época, la que surgió en los años setenta y en las décadas posteriores, el otro sería Peter Handke, otro centroeuropeo, esta vez del lado occidental, que han sido, son, ejemplo de lo que debe ser un escritor en unos tiempos romos y un tanto banales. Recordarlo ahora por cualquier excusa, lo de La Pleiáde viene al pelo, es reivindicar en cierta manera una forma de estar en el mundo que se nos está yendo. De ahí el homenaje, el urgente homenaje.

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