Los tontos de la familia

Un manifestante exhibe un cartel, ayer, en la concentración de la plaza Syntagma de Atenas. / Ismela Pantzarttzi (Efe)

Recibo hoy mismo, por diferentes vías, las “propuestas aprobadas en la asamblea de la protesta de Sol“. Me llegan con la siguiente observación: “Difícilmente se oirán en los medios y la página web no para de caerse, así que está bien difundirlas por email”. Pese a todo, en el buscador de Google aparecen centenares, si no miles de entradas que replican las propuestas. No parece, pues, que vayan a tener muchas dificultades para ser difundidas.

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Las leo con el interés y la simpatía instintiva que me produce todo lo relativo al llamado Movimiento 15-M. Me encuentro, como era de temer, con un batiburrillo de bienintencionadas propuestas que, juntas todas, componen los andrajos de un programa socialdemócrata. La abstracción de las reales condiciones tanto económicas como políticas, así como de todo horizonte ideológico, convierte las propuestas en un pliego de variopintos arbitrios destinados a suscitar el aplauso del público antes que a prefigurar una línea de actuación consecuente con las circunstancias.

Suscribo la observación hecha en su blog por Ion Antolín, donde cuestiona “el excesivo celo de los indignados por aparecer como apartidistas y totalmente neutrales en el proceso electoral, en vez de analizar los programas de los partidos políticos y señalar claramente hacia quién debería dirigirse ese voto”. Etcétera.

Por mi parte, más allá de la conformidad con la mayor parte de las propuestas –muchas de las cuales me parecen tan plausibles como, al menos de momento, irrealizables (aunque “por pedir que no quede”, como suele decirse)–, me pregunto de qué modo se pretende renovar la vida política cuando sólo se piensa en la eliminación de sus privilegios.

¿Se han parado a pensar los asambleístas de Sol en las consecuencias de privar a los políticos profesionales de un sueldo superior al salario medio español y de ciertas prebendas accesorias? ¿Y quién querría dedicarse a la política en ese caso? ¿O nos parece tal vez deseable la vida que los políticos llevan?

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Si, disfrutando de sus privilegios, tantos de ellos se dejan corromper, ¿qué no habrá de ocurrir si encima se sienten sobre explotados? ¿Y cómo exigirles en ese caso una dedicación y una eficacia, una compostura además, de la que suelen estar faltos?

El principal problema de las democracias modernas son lo intereses particulares de una clase política que entretanto ha ido adoptando las características de una casta. Juan Benet acertó a dibujar muy bien el perfil de esta casta en un artículo memorable, aunque ya viejo, elocuentemente titulado “El tonto de la familia” (1981). Deberían leerlo los asambleístas de Sol, y preguntarse si la renovación de la vida política no pasa antes por la renovación de sus cauces que por el desmantelamiento de sus privilegios, algunos de los cuales (un buen sueldo, entre ellos) se cuentan entre los escasos argumentos capaces de inducir a un hombre válido a formar parte de ese corral.

Por otro lado, y cambiando ahora de tercio, me apena, aunque no me sorprende, la ausencia, en las propuestas de Sol, de toda reclamación o exigencia de orden cultural, y la tenue mención a los graves y fundamentales problemas de la educación y de la enseñanza. Pero de eso hablaremos otro día.

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