El niño mimado de las letras

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Philip Roth. / Wikimedia commons.

Cuando hace muchos años me sumergía en las novelas de Philip Roth que publicó por aquel entonces Bruguera, que parecía editarlo casi todo, novelas tan divertidas y ácidas como El lamento de Portnoy, recordaré siempre la masturbación del adolescente con el sostén de la hermana como una de las escenas más hilarantes y tristes de aquella su primera etapa, siempre había alguien, muy listo y enterado, que te venía con el cuento de que el Roth bueno era un tal Joseph, centroeuropeo, y entonces te largaba un largo discurso persuasivo aunque no muy estructurado, todo hay que decirlo, sobre la Viena finisecular y las vanguardias y allí aparecía, junto a Robert Musil, Karl Kraus y el inevitable Kafka, el también inevitable Joseph Roth, aún no convertido en testigo crítico pero reaccionario de la decadencia moral de la Europa de su tiempo y que conservaba todavía el halo de visionario profético que había dado a luz esa excelencia titulada La leyenda del santo bebedor.

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Cierto, el bueno de verdad era Joseph, pero eso es así en el recuento de un siglo, no de una vida, y cuando leía el lamento de Alexander Portnoy a su psicoanalista, un lamento que dura casi cuatrocientas páginas de monólogo hilarante y disparatado, parecía que me había topado con una indagación verdadera sobre las relaciones de un adolescente con el sexo hasta convertirse en una obsesión y las consecuencias de tener la desgracia de que le caiga a uno una madre posesiva de la estirpe judía que Philip Roth describe con una gracia inaudita hasta el punto de convertirla en un personaje cómico casi único en la literatura norteamericana de los años sesenta. Experiencias lectoras así no se olvidan a temprana edad y luego, cuando en la estirpe de los Roth aparece Joseph, el mundo, por suerte para uno, se ha convertido ya en otra cosa, más terrible, desde luego, menos seguro y divertido, pero más comprensivo y donde la entrada de un Roth en el gabinete secreto de los gustos literarios no significa necesariamente la salida de otro.

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Han pasado los años desde aquel 1969, el año de Portnoy , y las novelas de este autor han ido acumulándose hasta formar una columna considerable, y poco a poco Philip Roth ha pasado a ser una suerte de clásico vivo de las letras norteamericanas, lo que casi siempre es terrible porque suele decir muy poco de la consideración que merece la obra de generaciones más jóvenes, pero lo cierto es que, salvo con Roth, con Norman Mailer y pocos más, la literatura norteamericana se ha quedado sin los referentes vivos de edades más doradas. Ay, Saul Bellow, ay, Bernard Malamud, ay,Truman Capote. De ahí que, una vez más, se haya hecho verdad aquel aserto de Cela de que gana quien resiste, y parece que Roth se ha convertido en único testigo de su generación, como le pasó a Elías Canetti en otro orden y que no hay mes que no se le entregue un premio, se le conceda un galardón, sobre todo porque se sabe que el cáncer de próstata acecha y se le puede llevar en cualquier momento, como el Internacional Brooker Price, creado en 2005 como contracara del Man Brooker que se concede sólo a obras en lengua inglesa,  que se le otorgó el pasado 17 de mayo, de tal suerte que no parece ya que haya premio que se le resista… salvo el Nobel, que acaricia una y otra vez en vano, perfilándose un destino similar a Jorge Luís Borges.

He repasado la lista de finalistas que tenían que competir con Philip Roth, entre los que se encontraba nuestro Juan Goytisolo, y salvo John Le Carré, buen escritor pero carente de la alargada sombra de Roth, la cosa se presentó fácil, demasiado fácil… Ni Amin Maaluf, ni David Maluf o Anne Tyler, ni los chinos Su Tong y Wang Anyi, ni la italiana Dacia Maraini tenían mucho que hacer frente a la talla del creador de personajes como Nathan Zuckerman o David Kepesh, y salvo la excepción de siempre, parece ser que se ha puesto de moda amenazar con dimitir por parte de algún miembro del jurado porque no está de acuerdo con las decisiones de la mayoría, supongo que por cuestiones de notoriedad mal asimilada, esta vez de Carmen Callil, que fundó Virago, una prestigiosa editorial feminista londinense, todo el mundo se ha mostrado unánime: Philip Roth es uno de los grandes de este mundo y está muy bien que después de poseer el Pulitzer por Pastoral americana, donde aparece su personaje más querido, Nathan Zuckerman, y dos National Books Award, se le conceda este Booker Price a la espera de ese tan deseado y esquivo que nunca llega.

En otro tiempo fui un devorador de novelas norteamericanas escritas por judíos, por gentes de la talla de un Below o de un Malamud, tan distintos por otra parte, y creo que en cierta manera Philip Roth ha sido su gran sucesor, el último referente de la gran novela judía norteamericana. Carmen Callil, al dimitir como miembro del jurado del Booker, lanzó una maldición en el fondo optimista. “¿Quién leerá a Philip Roth dentro de veinte años?”, se preguntaba, sin detenerse a pensar que llevamos leyéndole medio siglo. Creo que en esta pregunta tan tonta, tan apegada a un sentimiento de providencia de procedencia dudosa, casi religiosa, desde luego profética, se esconde una actitud muy peligrosa y común en el mundo de la cultura hoy día. Me temo que detrás de ese gesto tan de corrección política se esconde otro no tan inocente que pretende caricaturizar en parte la obra de Roth apelando, sin decirlo, a la imagen de obseso sexual de muchos de sus personajes, en especial Portnoy. Si es así me felicito por ello porque me temía que con tanto premio la obra de este escritor que hizo de la rememoración de los años sesenta y de un paisaje, Newark, parte del imaginario americano del siglo, terminase momificada, es decir, neutralizada de una manera u otra. Carmen Callil nos ha puesto a la vista lo que aún posee esa obra de revulsivo, lo que es de agradecer. Tanto que hasta seremos capaces de soportar que le den alguna vez el Nobel. Sí tiene que ser así, dense prisa.

1 Comment
  1. Jonatan says

    Ché, pero, escuchá: la preguntita de Carmen Callil no es tan tonta, ¿sabés?

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