Nosotros que nos libramos de aquello

Tanque de la Interbrigada 11 en la batalla de Belchite (1937). / Wikimedia Commons

Hace 75 años que comenzó en España una guerra entre hermanos de la que aún no nos hemos recuperado, a pesar de que la mayoría de los que la vivieron, los que combatieron en ella, están muertos. Fue justo hace 75 años, aunque se fraguara antes, entre los desórdenes y asesinatos incontrolados y el rencor creciente de importantes sectores contra la República. Cada palabra que se diga sobre esa guerra ha de ser todavía sopesada para no herir, para no provocar una discusión a muerte. Tanto dolor se generó en ella.

Confieso que he leído poco sobre la Guerra Civil, apenas lecturas obligadas por los estudios y alguna novela que ya he olvidado. Películas, sólo recuerdo haber visto en la televisión norteamericana, Por quién doblan las campanas, sobre la novela homónima de Ernest Hemingway, con Gary Cooper, creo, en el reparto, e Ingrid Bergman. Había leído la novela, en mi adolescencia, tomada de la biblioteca paterna. Sí he escuchado hablar a mis padres y, sobre todo a mi abuela materna –que perdió a su único hijo varón en ella- sobre la guerra. Cuando eres niña pierdes los matices de lo narrado para quedarte con la épica; saltas por encima de las delicadas trazas humanas, los imperceptibles hilos del dolor, incapaz todavía de ver la sutileza del sufrimiento. Y mi abuela –elegante en todo-contaba las cosas con entereza, sin énfasis. Los adultos preservaban entonces a los niños de las calamidades, sabían comportarse en su presencia; sin embargo, no había esta sandez de la corrección política ni el sometimiento al dictadorzuelo infantil que se observa hoy corrientemente.

Corresponde a los historiadores fijar los acontecimientos y las razones de la guerra y en ese aspecto hay material muy valioso de autores españoles y extranjeros. Pueden encontrarse testimonios necesariamente subjetivos de gran valor como los de Gamel Woolsey, Málaga en llamas (Temas de Hoy, 1989), Luis Romero, Tres días de julio (Ariel, 1967). Jorge Martínez Reverte ha investigado lo suyo y entre sus libros tiene uno muy recomendable: El arte de matar. Cómo se hizo la guerra civil española, de 2009.  Si no hay tanto tiempo, se puede leer la literatura periodística que sale estos días con motivo del aniversario. Lo perfecto sería despojarse de prejuicios antes de leer; antes, incluso, de elegir la lectura.

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La guerra civil no empezó el mismo día a la misma hora en todas partes, ni fue la misma cosa en todos los lugares ni significó lo mismo en todas las almas y cuerpos que la padecieron: inútil trazar esquemas simplificadores “para que se entienda mejor”, porque es la mejor manera de no entender nada.

Lo cuenta, con pasión no disimulada, Luis Díez en cuartopoder: hubo periodistas que se vieron amenazados por ambos bandos contendientes y hubo “descontrolados”, pistoleros que actuaban al margen del gobierno de la República. Pero también médicos y químicos y profesores y gentes sin carrera universitaria que fueron interrogados en esas oficinas siniestras a las que algunos llamaron “checas”, o que hubieron de medirse con la muerte por, digamos, caprichos del destino, en realidad inquinas humanas.

¿Hay algo más injusto que la guerra, donde se cometan más injusticias, quiero decir? Cuenta José Veciana, un modesto harinero de Tarragona, testigo de los sucesos de la guerra en el pueblo donde vivía, cómo los pistoleros de El Manco, que se autollamaban anarquistas, hirieron gravemente al médico del pueblo y le prendieron fuego hasta la muerte en una de esas cunetas. Este guerrillero, al verse malherido en una de las refriegas, fue arrastrándose, semanas después, hasta la casa del médico para que lo curara, olvidándose de que él mismo lo había matado de forma tan terrible. Encontraron su cadáver a los pies de la escalera de la casa abandonada, silenciada para siempre. En otras partes, como en Galicia, la represión de los del bando contrario fue del mismo modo cruel, despiadada.

También hemos escuchado relatos de comportamientos heroicos, generosos, sin que al benefactor le importase el bando al que perteneciera el socorrido. Son epopeyas que han resonado en los comedores de muchos hogares españoles y que se pueden ahora leer en libros.

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Cuando, en 1986, la 2 de TVE ofreció varios programas sobre la guerra, al cumplirse el 50º aniversario del comienzo, hubo uno de entre ellos, producido por la BBC [en el vídeo de arriba, la primera parte] que me pareció excelente. Impecable por su cuidadosa imparcialidad conseguía producir, sin embargo, una emoción incontenible –al menos en mi caso, e imagino que en muchos más– que me llevó en varias ocasiones a llorar  como una niña desconsolada. Tanto dolor, tanto sufrimiento. Tanta gente sacrificada, generaciones enteras truncadas para siempre. El relato de la BBC fue conmovedor y eficaz en provocar empatía con los habitantes de aquella España que se desangraba en medio del odio. Pero esos habitantes eran los artífices de tamaña tragedia. Unos más que otros, dicen Preston y Viñas, sí, y sin embargo…

Había empezado diciendo que apenas he leído sobre la Guerra Civil y es cierto si consideramos la cantidad de libros que hay publicados sobre ella. Han pasado 75 años y mi padre –contendiente como tantos jóvenes pillados por sorpresa en sus estudios– ya no puede contarme nada de ella. Ni mi abuela ni mi madre ni mis tíos. Todos han ido pasando, acalladas sus voces para siempre. Como las voces de los suyos, lector. Pero su silencio sentenciado por la muerte no impide que nosotros animemos nuestra conciencia con lo mejor que se haya escrito sobre la guerra. A ver si conseguimos entre todos romper el maleficio de las dos Españas. Fiat.