Lucian Freud, sin maquillaje

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'Reflejo con dos niños', autorretrato de Lucian Freud. / Centro Pompidou-Efe

Ha muerto en Londres, su ciudad de acogida, el pintor de origen alemán cuyosretratos incomodan por la manera cómo ilumina los gestos y las posturas de sus modelos. Todavía se recuerda la polvareda que levantó el retrato de la actual reina de Inglaterra que se apresuró a comprar el gobierno australiano, no se sabe si por algún deseo de venganza contra la metrópoli; el retrato no cuida precisamente la fotogenia de su majestad británica. Pero, anécdotas aparte, se ha ido uno de los grandes dejando una obra no demasiado extensa pero muy característica, de estilo muy preciso.

Lucian Freud retrata a las personas como retrata la naturaleza, sin el adorno de la expresión que las dulcifique o embellezca ni el disimulo de la carne que va decayendo con los años, muy temprano; ni oculta la condición mortal de los objetos, más mortal cuanto más humanos.

Nacido en el Berlín previo al triunfo nacional socialista, su familia se traslada a Londres donde transcurre toda su vida. Abandonó temprano sus experimentos botánico-surrealistas de trazo fino para encontrar en el retrato su máxima capacidad expresiva: figuras humanas que soportan un chorro de luz que parece despojarles de la piel, lo que le ha valido la fama de ser el pintor de la carne. Seres que apenas muestran expresión de sentimiento alguno, como deambulando por un sueño. Su amistad con Francis Bacon -trece años mayor, muerto en Madrid, en 1992-, a quien retrató, parece que le infundió la fuerza de convicción con que reorientar su pintura.

Quién sabe si por su naturalización británica o por qué otra razón, Freud adoptó enseguida la costumbre de añadir animales –de compañía o no tanto- a sus retratos, en una idea de que los bichitos forman parte de la personalidad de sus dueños o quizá por introducir algo realmente amable en el lienzo. Desde muchacho, la afición por los caballos le empujó a retratarlos más por el placer de recrearlos en la tela, de introducirse él mismo en lo que la naturaleza hace, que por dejar reflejo artístico del modelo. Caso ejemplar es el de Yegua comiendo heno (2006) una de sus obras últimas. Esto no es una tendencia aislada sino que está en la esencia de su pintura y en la obsesión por captar la carne –en el caso de los desnudos humanos- en su propia salsa, sin colores favorecedores.

El mismo cuenta que llegó a dormir en los establos, junto a sus adorados animales, cuando joven.  A los 15, esculpió su única obra canónica: caballo de tres patas, de la que parecía emanar ya su inclinación por los animales, que no su preferencia, ya que los retratos humanos parecen ser enfebrecidas búsquedas del alma que nos hace presumiblemente distintos a los animales. La impresión, al contemplar uno de sus retratos de humano y animal es la de que el animal resulta más expresivo que el humano.

Si las pinturas de LF ya eran las más codiciadas en vida, se pueden imaginar qué está haciendo ya el mercadeo del arte con la obra que pulule por ahí. Los coleccionistas –esos seres que, por lo visto, aman el arte- se estarán forrando. Puedo imaginar al barrendero del barrio de Freud, recogiendo triscas de papel o retazos de pinturas para luego venderlos al mejor postor, como hizo el fontanero de Bacon, cuando se guardó los trozos de lienzos destrozados por el propio artista, en su casa.

Pero, si lo que nos interesa es el arte, contemplar un retrato de Freud es equivalente a indagar en las profundas y oscuras intimidades del alma humana, casi como hacía su abuelo, el padre del psicoanálisis, en los años 20 del siglo pasado. Y la experiencia, como pasa con las experiencias reales, sin maquillaje, de la contemplación del arte, dejará su huella correspondiente.

Su última exposición, una antológica, la exhibió el Centro Georges Pompidou, el año pasado. En Madrid pudimos ver algunos cuadros suyos en la exposición que el museo Thyssen-Bornemisza organizó sobre el retrato, en 2007, donde se mostraba la familiaridad de Freud con algunos representantes muy alemanes de la llamada Nueva Objetividad, Grosz y Otto Dix, por ejemplo. En Barcelona, unos años antes, en 2002, se pudo contemplar una exposición antológica itinerante que venía de la Tate de Londres.

Desaparecido el artista de la faz de la tierra, su obra queda en museos y en la red, además de en las paredes suntuosas de los ricos coleccionistas, lo que a la mayoría de nosotros no debe importarnos gran cosa. Para nervios, los que ahora estarán criando las casas de subastas y otros míster Scrooge por el estilo, pero ésos ya se los tienen merecidos.

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