Judíos, vanguardistas y demás ralea

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'Retrato de André Breton' (1934), obra Víctor Brauner que puede verse en la exposición 'De Dada al surrealismo'. / jhm.nl

En el Museo Histórico Judío de Ámsterdam se acaba de inaugurar una exposición que finalizará el 2 de octubre, titulada De Dada al surrealismo, que no tendría nada de particular, se han hecho muchas muestras sobre ese magnífico periodo, si no fuera porque el subtítulo nos sugiere otras realidades, desde luego sabidas, pero a las que a veces no se ha prestado demasiada atención: Las vanguardias judías de Rumanía, 1918-1938. En efecto, aquel 5 de febrero de 1916, en el Cabaret Voltaire de Zurich, tuvo lugar la primera manifestación de Arte Dada y sus principales protagonistas fueron, merece recordarlo, Tristan Tzara, pseudónimo de Samuel Rosentock, nacido en 1895 en Moinesti, Rumanía y Marcel Janco, nacido el mismo año en Bucarest. Próximos a ellos, al mismo tiempo o después, y vinculados tanto a Dada como al surrealismo, Arthur Segal, Víctor Brauner, nacido en Pietra Neant en 1903, una de las principales figuras del surrealismo y Jules Perahim, nacido en Bucarest en 1914 y destacado surrealista de la última hornada del movimiento. Todos tenían en común su pertenencia a  familias judías rumanas.

El catálogo de la exposición, que está prologado por el comisario de la misma, Radu Stern, tiene un título  significativo y abunda en lo mismo, ¿Por qué tantos judíos? Desde luego, ya digo, no es sorprendente encontrarse con numerosos nombres judíos que formaron parte de las vanguardias artísticas del siglo XX, pero lo interesante que tiene esta exposición es que, de una u otra manera, recrea con marcado sentido de lo justo y de lo veraz, las intensas polémicas que hubo en aquel periodo sobre la significación de las vanguardias y las consecuencias que las tendencias políticas conservadoras tuvieron en la demonización de aquellas ligando la palabra judío a la de vanguardista, vale decir, nihilista, vale decir, degenerado, la escalada es imparable, hasta llegar a la proscripción de dichos movimientos por parte de los nazis. Que ese “espíritu nihilista judío”, que en plena época de marcada ideología nacional conservadora, tenía que producir odios exacerbados, es cosa sabida, pero lo que nos descubre Radu Stern es que fueron precisamente los rumanos y el movimiento Dada los chivos expiatorios de aquel odio, atizado desde principios de los años veinte por destacados teóricos nacionalistas de los que un entonces joven Emile Cioran tomó parte. Hasta tal punto fue así que, a partir de 1938, todos ellos sufrieron la persecución del régimen rumano. Tristan Tzara y Víctor Brauner se escondieron en el sur de Francia, Segal se refugió en Gran Bretaña y murió más tarde en uno de los bombardeos de la guerra, Maxy pasó a la clandestinidad y Perahim se largó  a la URSS mientras Janco llegó a refugiarse en  Palestina.

La exposición se abre con un cuadro de Janco donde dos funambulistas sobrevuelan una multitud. Bella metáfora que podría resumir todo el asunto del que tratamos y en cierta manera es así, pero lo que conviene resaltar de esta muestra es que felizmente restringida al periodo Dada, resalta con pertinencia lo que de inquietante tuvo para las conciencias felices de aquella época la aparición de este movimiento y las reacciones que produjo. Cierta armonía de siglos se perdió con el estallido de la I Guerra Mundial, una armonía que nunca volvió a encontrarse y que algunos, entre los que se encontraban los jóvenes exaltados de las extremas derechas europeas, querían restaurar aun fuera mediante la fuerza. Dada no fue más que un síntoma de algo que nunca se les perdonó a sus componentes, el que retrataran con ferocidad y sin remilgos lo que de corrupto, engañoso y siniestro se escondía detrás de las formas armónicas de una belleza que se quería eterna y ejemplar. De ahí que el paseante de hoy, paseante que deambula por las salas de este museo, paseante para quién, de una manera u otra, los logros de las vanguardias forman parte ya de su manera cotidiana de interpretar las imágenes del mundo, no termine de entender el lado tan explosivo, tan marcadamente trasgresor que tuvieron las piezas que se exponen en las conciencias del momento. Lo opaco, ahora, está en el acto de mirar las estatuas que sugerían recreaciones del período clásico greco-romano y que en aquel entonces entendía cualquiera; lo opaco, ahora, consiste en reflejarse en el muro del anacronismo y no ver más que objetos kitch en un arte al que tendía a sublimar el burgués del momento. Y es opaco porque, de ese modo, no se puede llegar a entender la carga brutal, explosiva, de aquella manifestación y su importancia en la conformación de la mirada del siglo XX.

Porque solo así podemos calibrar las obras expuestas de un Victor Brauner, por ejemplo, que están muy lejos de su posterior etapa surrealista y que conforman una línea que bascula entre el simbolismo y la deuda contraída con Cézanne, o el cuadro de Segal titulado, La mujer que lee, de 1920, entre cubista y puntillista, o el sincretismo de Maxy, que bebe de todos lados, futurismo, suprematismo, fovismo…, o los cuadros de Janco, de un culebreante cubismo y las máscaras que hacía para el Cabaret Voltaite, y llegar, entonces, a valorar lo que de auroral hubo en aquellas manifestaciones de estos judíos rumanos.

Cabría objetar que la exposición tiene algo de engañoso porque puede ofrecer una parte por el todo y hacer creer que en estos movimientos no hubo más que judíos cuando es sabido que muchos de los grandes hacedores de las vanguardias poco o nada tenían de ver con ello. La muestra sólo pretende resaltar una cualidad y, sobre todo, nos informa de la realidad de un país, Rumania,  que ha dado grandes escritores, pensadores y artistas a lo largo del  siglo XX y que en ese pequeño territorio, en sus debates brutales, se estaba forjando, como una siniestra metáfora, el destino de lo que más tarde sería un desastre de consecuencias imprevisibles en Europa. Los grandes cambios ocurren siempre de manera imperceptible, con pequeños síntomas que captan espíritus extraños y curiosos. Esta exposición nos lo muestra de manera fehaciente.

1 Comment
  1. FRANCISCO PLAZA PIERI says

    Dice aquí, en el presente artículo su autor del arte ‘degenerado’ al decir de los asquerosos nazis, y es cierto. Pero, convendría pararse un poco, al menos, en eso de ‘proscripción de dichos movimientos’, siendo cierto que no pocos artistas hubieron de salir, no sólo de la Alemania nazi, si no de toda Europa, por si llegaban aquellos asesinos.
    ‘Proscribir: echar a uno de su patria, comúnmente por causas políticas’…
    Pues aquí es a donde deseaba llegar: los, insisto, asquerosos nazis, la mayoría de las obras de arte que requisaron (robaron) a coleccionistas, galeristas y demás propietarios, se las guardaron para hacer negocio con las mismas. Sabemos de no pocas que al paso del tiempo saliaron a la luz, tímidamente, pero luz…

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