Una amiga de Petra

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Alicia Giménez Bartlett *

Imagen de portada de 'El silencio de los claustros', última novela de la saga Petra Delicado.

Mi amiga Silvia quería que nos viéramos para hacerme una consulta profesional. Mal asunto, pensé. Un policía no es como un médico, un psicólogo o un diseñador de moda. Todos esos trabajos admiten preguntas orientativas, consejos o, simplemente, sirven para saciar un arrebato de curiosidad. Pero un policía… un policía se ocupa de temas que difícilmente alguien puede aplicar a su vida personal. Aun así, acudí a la cita que pactamos en una cafetería del centro de Barcelona.

Conocía a Silvia desde los años de la Facultad y habíamos ido encontrándonos de vez en cuando, siempre con alegría y placer por ambas partes. Ahora era una cuarentona espectacular ( de hecho siempre lo fue), con larga melena rubia y unos ojos azules que irradiaban claridad. Estaba casada con un notario y no habían tenido hijos. Ella trabajaba al frente de una importantísima galería de Arte y dividía el tiempo entre su quehacer, una agenda imponente de actos sociales y un esmerado cuidado personal. Muchas veces había pensado que nuestros destinos nos habían conducido hasta dos extremos de la línea vital. Silvia  habitaba un planeta de glamour, y yo me las componía como podía en un submundo de cutrez. Pero, recurriendo al lugar común diré que, desde siempre, la vida es así. Hay quien nace preservado de la realidad y quien escarba en ella hasta encontrar los últimos estratos de lo peor.

Se presentó ataviada con un elegante traje sastre y un moreno envidiable bañando su piel. Nos abrazamos efusivamente, sustituyendo los golpazos que suelen darse los hombres en la espalda, por varios besos en las mejillas, que es el modo femenino de demostrar máximas emociones. Su sonrisa, amplia y generosa, se apagó en cuenta nos sentamos, dejando paso a un ceño fruncido y un gesto de preocupación. Pedimos café y no tuve que esperar demasiado para saber por qué su expresión había cambiado con tanta celeridad.

– Estoy muy preocupada.  – declaró. Y ante mi ademán interrogativo continuó: – Creo que Gabriel me la pega con otra.

– ¿Gabriel? –dije con incredulidad. –¡Pero eso es imposible!

– ¿Por qué es imposible?

– Un señor notario nunca engaña a su mujer.

– Si me vas a tomar a cachondeo mejor lo dejamos.

Silvia siempre había destacado por su sentido del humor, de modo que su arranque intempestivo me indicó hasta qué punto se encontraba seriamente perturbada.

– No lo tomo a cachondeo, pero… en fin, se me hace difícil de creer. Gabriel siempre te ha adorado.

– Últimamente está raro, casi no habla conmigo, llega más tarde a casa, corta la conversación telefónica en cuanto me ve entrar y, bueno, un sinfín de detalles que no te voy a especificar. La consecuencia de todo ello es que… estoy casi segura, tiene un lío.

– Tú lo has dicho: “casi” segura.

– Para despejar ese “casi” es por lo que recurro a ti.

– No te entiendo, ¿qué puedo decirte yo, has hablado con él?

– ¡Petra, no me jorobes!, para recibir consejitos de buena voluntad tradicional no hubiera buscado a una policía.

– ¿Entonces…?

– Quiero que tú misma o alguno de tus hombres investigue esa posible infidelidad.

Mi sorpresa fue tan enorme que me dio por reír.

– ¡Pero, Silvia, eso es absurdo!

– ¿Absurdo? Si necesitara una receta y tuviera un amigo cocinero se la pediría. Si estuviera pensando en hacerme una casa nueva, buscaría el parecer de un amigo arquitecto, ¿por qué entonces no podría pedirte a ti….

La interrumpí, seria y cargada de razones.

– ¡Quieta ahí! La policía es un servicio público y solo podemos actuar a instancias de un juez. Investigar por nuestra cuenta sería algo anómalo, incluso ilegal.

– No veo por qué.

– ¿Cómo explicarte? Si tuvieras un amigo general del ejército podrías pedirle un poco de estrategia, pero no que un batallón irrumpiera en el jardín de los vecinos que te molestan.

– Es un ejemplo ridículo.

– Igual que tu petición. Voy a ser muy clara y brutal contigo, Silvia, la respuesta es: no. Insisto en que hables con tu marido, en que le plantees la situación…

– ¡No sigas por ahí! Primero quiero saber la verdad, luego ya hablaré todo lo que tenga que hablar.

Nos quedamos ambas sin argumentos. Yo, con cara de enfado. Ella, de frustración. Removí el azúcar de mi café de mala gana. De pronto ella volvió a hablar.

– ¿Y qué me dices de un detective privado? Tú debes saber de alguno que sea bueno.

– Sí, conozco a algunos, pero te aseguro que el mundo de los detectives es espantoso. No creo que te guste, es cutre, rastrero, inmoral…

– Me importa un carajo. Recomiéndame uno o lo buscaré yo.

Resignada, eché mano de mi agenda. Fui descartando nombres. Todos los que habían colaborado con nosotros en alguna ocasión eran tipos que vivían rodeados de gente del hampa, metidos en asuntos de baja estofa y peor filiación. No podía enviarle a aquella mujer sofisticada a alguien que fuera un perfecto gañán. De pronto se me iluminó la mente. Recordaba un caso de bancos. Había un tipo de una agencia de seguridad, un hombre educado y de buena presencia… Busqué la página y enseguida hallé sus datos.

– Mira, Silvia, quizá… hay un hombre que se llama Marcelo, trabaja actualmente como jefe en una agencia privada de seguridad, pero sé que acepta algunos trabajos personales y si le pagas bien…

– Garante.

– ¿Cómo?

– Que la agencia de seguridad donde trabaja Marcelo Subiela se llama Garante S.A. Pero ese hombre no es detective privado.

– Sí lo es. Algunas agencias importantes buscan detectives titulados para llevar la dirección. Pero ¿cómo es que lo conoces?

– Garante se ocupa de la seguridad de la galería de Arte donde trabajo.

– ¡No me digas, vaya coincidencia! Pues bueno, tema solucionado, puedes acudir a él.

De repente, un ataque de risa furioso la agitó en convulsiones. Casi no podía hablar. Por fin articuló con esfuerzo:

– No sé si me conviene contratarlo.

– ¿Por qué motivo? –dije sin entender nada. Ella reía y reía como una posesa. Entre espasmos y con un hilo de voz exclamó:

– Es mi amante.

Cuando acerté a cerrar la boca, que tenía de par en par por la sorpresa, reí yo también.

– ¡Silvia, siempre fuiste la pera!

– Pues ya ves, sigo igual.

Y seguimos riendo un rato más.

Vinaroz 4-8-2011

(*) Alicia Giménez Bartlett. Escritora. Premio Nadal 2011 por Donde nadie te encuentre (Destino). Creadora del popular personaje de Petra Delicado, la inspectora que ha protagonizado ocho de sus novelas, además de una serie de televisión.
2 Comments
  1. celine says

    Me encanta el tono gamberro de estos diálogos; real como la vida misma. Qué fortuna poder leerla en cuartopoder, Alicia. Gracias.

  2. lectorpenitente says

    Realmente, un lujo para cuartopoder. Da gusto leerla.

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