La tía Julia

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Alejandra Díaz Ortiz *

Pues sí, yo tengo una tía puta, como el que tiene un tío militar.

Pero, ¡ojo! Que la tía Julia es la mejor puta que ha habido en muchos años. Al menos, eso es lo que aseguran sus felices clientes.

La recuerdo siempre cariñosa, con una sonrisa que muestra una perfecta hilera de blancos dientes.  Luce una hermosa mata de pelo negro, suave y sedoso, aunque ahora se lo tenga que teñir. Ya se sabe, la edad no perdona.

La tía Julia no ha sido de muchos clientes, pero los suyos siempre se han mantenido fieles a su puerta y a su cama. Nunca tuvo la necesidad de salir a la calle a buscar. «Ahí no se me ha perdido nada», presume. De hecho, salvo por el pequeño detalle de que sus visitantes le dejan el dinero sobre la mesita que tiene al lado de la puerta, se podría asegurar que esos hombres son, simplemente, sus mejores amigos.

De vez en cuando, le llevan flores. Por navidad, le  hacen regalos. También, si toca, en su cumpleaños suele recibir algún detalle. De hace tiempo, recuerdo que un mes tuvo que guardar cama por culpa de una apendicitis. Los clientes siguieron cumpliendo con sus citas, con la única intención de animarla y desearle una pronta recuperación. Ninguno olvidó dejar su voluntad en la mesita.

De niña, yo no entendía la naturaleza del oficio de la tita Julia que, por suerte, siempre fue bien recibida en mi casa. Mis padres, a pesar de no estar de acuerdo con su particular profesión, nunca la juzgaron ni miraron mal. Más bien al contrario, mi madre se ponía muy contenta cuando venía de visita y se metía a la cocina.

Años después entendí la razón: además de una buena puta era una excelente cocinera. Mi madre, explotaba lo segundo.

Crecí y llegué a la edad de entender el asunto, aumentando la admiración que ya sentía por mi tía. Me llamaba la atención que, a sus sesenta recién cumplidos, siguiera cosechando nuevos clientes.

Una tarde que fui a visitarla no pude evitar preguntarle, así sin más, la razón de que a su edad continuara trabajando. La tía Julia se echó a reír a carcajada limpia. ¿Me estás llamando vieja, querida mía?, preguntó socarrona, fingiendo sentirse ofendida. Moví la cabeza de un lado a otro, avergonzada. Me acarició la cabeza con ternura.

― Mira, sobrina, te voy a confiar mi único secreto y que, espero, sepas utilizar a lo largo de tu vida. Es la mejor lección que pudo darme mi tutora de profesión. Como verás, ha resultado infalible. Escucha con atención y jamás lo olvides: «Un amor bien comido y bien servido, jamás se va del nido»

― ¿Nido… servido? ― pregunté extrañada.

― Si, servido… eso… bien servido ― entonces hizo un gesto muy explícito con las manos y la cadera,  que no me dejó  lugar a otra interpretación.

― ¡Pero, tía! ― me removí incómoda.

― ¡Ay, pequeña, lo qué te queda por aprender!... Verás, en esta casa, mis clientes comen y se sirven. El orden se puede invertir, dependiendo de la hora. Pero, igual que encuentran una buena cama encuentran una buena mesa.

Por ejemplo, a Don José le encanta la tortilla francesa, con su buen par de huevos bien batidos, generosamente rellena de queso, acompañada por un tomatito bien aliñadito con aceite y ajo picado.

Don Luis no se va de aquí sin un buen plato de croquetas. Dice que la bechamel, ya sabes, la masa de harina y leche, con su pizca de nuez moscada y su cebollita picada, me queda como a los mismísimos ángeles. A veces se las hago de jamón o de pollo o de las sobras del cocido. A Josechú, que es muy agradecido,  le gustan mucho las judías pintas que le pongo, con su buen arreglo de chorizo, tocino, morro y oreja.

Prudencio, que tiene alto el colesterol, no para de alabar el puré de verduras. Claro, es que yo cuezo las verduras, todas las que tenga a mano. Hago un sofrito con ajo y tomate frito, un chorrito de vino blanco y una hojita de albahaca. Cuando está bien sazonado, le agrego las verduras trituradas. Un hervor más y ya está. ¡Así como no va a estar bueno!

Pero, ya te seguiré contando otro día, sobrina. Se me hace tarde. Está a punto de llegar mi fiel Paquito y a él le gusta el pollo al ajillo. Aunque sólo se trate de freír el ajo y el pollo troceado, todo debe llevar su tiempo. Ni al amor ni a la cocina, se debe entrar con prisas…

Tratando de memorizar cada una de las palabras de la tía Julia, me metí al mercado del barrio. Aquella misma noche, Carlitos, el chico que me gustaba, y al que había invitado a cenar a casa, disfrutaría de la mejor mesa de su vida…

(*) Alejandra Díaz Ortiz. Escritora. Mexicana de nacimiento. Autora de Cuentos chinos (Trama editorial, 2009).
10 Comments
  1. Rauxa says

    «Pues sí, yo tengo una tía puta, como el que tiene un tío militar» La introducción es genial ¿quien puede resistirse a leer una historia que empieza con semejante frase?
    Me ha gustado mucho, Alejandra, además estoy de acuerdo en lo del «amor bien comido y bien servido». La buena comida y el buen sexo dos de los grandes placeres de la vida.
    Bexos

  2. Erprofe says

    Maravilloso relato, me ha encantado.

  3. Frederic Samuel Pérez says

    Pues no se que decirte, me ha enviado a leerlo Cristina, que estaba entusiasmada. Y, quizá por esperar mucho, me he quedado algo cortado. Vamos a ver o es puta o cocinera, las dos cosas a la vez no cuadra. Eva Peron le cocinó unos huevos fritos a Onassis despues de un polvo interesado, pero cocinar…. no, no me cuadra nada.

  4. Panchita says

    Simplemente, ¡¡¡GENIAL!!!

  5. Panchita says

    Simplemente ¡¡GENIAL!!, ¿podría tu tía darnos unas clases?

  6. tanita says

    … a mi siempre me ha gustado tu tía Julia … envidiosa que es una …

  7. aquarius says

    la única ?

  8. rompeolas says

    Está muy bien. Se lee fácil y con mucho gusto, como un buen plato un día de apetito. Y me gusta también la moraleja.

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